sábado, 17 de abril de 2010

La muerte, esa oscura dama

Tenía lista la crónica del concierto de Korn en mi cabeza, "la colgaré en la tarde", pensé. Aún veía a los poetas Mesías Evangelista y Luis Espejo pogueando fréneticos con el poder de Jonathan Davis en el estadio de San Marcos; salí un toque, a veces almuerzo, es sábado además, no tenía por qué ser impuntual. Cuando llegué a la casa de mi madre me entero de una trágica noticia que hizo que olvide la crónica de Korn (sorry Lucho, sorry Mesías): mi primo Martín ha muerto.
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Martín Olivos Viale era hijo de la hermana mayor de mi madre. Vivía en Los Órganos (Talara). La primera imagen que tengo de él se remonta a una madrugada del 87 cuando llegamos a la casa de la abuela para pasar las vacaciones. Nosotros vivíamos en Trujillo. Martín tenía 26 años, era un gordo inmenso recontra carismático; hasta hoy escucho su risa. Martín, grandote, yo tenía diez, sale cubierto por una sábana: su tremenda humanidad privó a Slim, el menor de mis hermanos, yo nunca había visto a alguien tan enorme así que saqué un lapicero de mi maletín y dibujé mi primer Jaba. Martín se emocionó y a pesar de sus 26, se pasó conversando conmigo durante toda la noche. Nos hicimos patas. Así fue en los siguientes veranos.
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El 92 vivíamos en Tumbes, en Cañaveral, un caserío de la provincia de Contralmirante Villar; mi papá me envió con Stalin, el segundo de mis hermanos (el onceavo de padre) a la casa de Martín a pasar las vacaciones; el fenómeno del Niño fue fuerte ese año y sabía que en Cañaveral no íbamos a disfrutarlas. ¿Vamos? le pregunté a Stalin, "claro" respondió el flaco a quien no veo hace algunos meses (lo último que supe es que el 22 de marzo nació su última hija). Ese verano fue alucinante; los primeros quince días comimos cebiche en el desayuno, el almuerzo y la cena, cebiche de todos los pescados y mariscos; el gordo era un especialista en la cocina, con él aprendí a preparar algunos de los platillos con los que solía sorprender a ciertos personajes.
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Recuerdo que tenía una vecina (la llamaré Cristina para evitarle problemas); Cristina fue la chica más linda que vi hasta mis 14, yo me sentaba en el muro de cemento de la entrada y la veía pasar como si fuese una aparición, alguien de otro mundo, Cristina tenía 18 años, era casada; una noche, se fue el agua, no hubo agua en todo Los Órganos, así que salimos con Martín con unos baldes hacia un pozo ubicado en Pueblo Nuevo, habíamos caminado algunos metros, antes de cruzar la segunda calle, estaban construyendo una casa, cuando de pronto el gordo me pregunta: "Jaito ¿esa no es Cristina?" (me decía Jaito), yo miré bien, a los catorce tenía una vista fenomenal, ahora estoy perdiendo el ojo derecho; y sí, efectivamente era Cristina que de la mano, cruzaba corriendo sujetando a un panzón que no era su esposo y con quien subrepticia se metió a la construcción. Nos olvidamos del agua. "Vamos", me dijo Martín. Fue la primera vez que vi cómo se volvía de carne un ángel. Dos horas después nos quitamos por el agua. Fue nuestro primer secreto. Nos volvimos los espías de Cristina, así empezó la fijación voyeur. Cuando empecé a escribir poesía, Martín fue uno de mis primeros lectores. Él escribía cuentos, pero nunca publicó.
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A los catorce años me publicaron en Tumbes una plaqueta. Cuando fui a Los Órganos, Martín trabajaba como locutor en una radio. "Ve a las 4 a mi programa", pensé que para ir a comer algo, pero no, fue para entrevistarme. Martín fue quien me hizo la primera entrevista. Dos semanas después me sorprendió con una noticia increíble: "Te quieren en radio Galáctica, solo tienes que poner música romántica y leer en cada bloque un poema, dos horas". Tenía catorce y Martín confiaba en mí, me consiguió un programa de dos horas, todas las noches, el verano del 92. "Tu cita con el amor" era el nombre cursi y efectista del programita, funcionaba, tenía llamadas, enviaban cartas, saluditos, allí aprendí a respetar la Nueva Ola. Escuchar a Leonardo Favio, a Camilo, a Sandro, a Manolo Otero se lo debo al gran Martín, mi primo, el gordo, quien debió ser Alcalde de Los Órganos. No sé por qué no fundaste el MIG 21, ¿recuerdas?: El Movimiento Independiente Generación 21, era el 95 cuando me confesaste que querías fundar ese movimiento, yo ya no estaba en Cañaveral sino de nuevo en Trujillo, en la Universidad y sabías que me apasionaba la política, me gustaba debatir contigo, mi tía era Alcalde, entró por Garrido ¿lo apresaron? No importa, no sé cuándo se bloqueó nuestro contacto, lo último que supe es que postulaste el 2001, y hoy, esta tarde mi madre me dice que ya no estás, que has muerto. ¿Cómo, primo? ¿Cuándo? ¿Por qué trágica razón desapareces cuando aún faltaba tanto? Y sin despedirnos. Estoy apagado, Martín.
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Miro alrededor. No quiero irme así, de sorpresa. Debo meditar seriamente sobre eso. Ya nos reuniremos Martín en algún lugar del universo, no creo que Cristina siga linda, pero estoy seguro que tú no cambiarás ese gesto buena onda que te ubicó como al primo más querido. Cuida al tío Armando y, por favor, visita de vez en cuando a mi papá. Ambos eran expertos contando chistes, riánse de nuevo y sáquenle cachita a la dama de la oscura sonrisa o carcajéense con ella, quien sabe y no es tan jodida como la pintan. Mientras tanto yo seguiré acá, alerta a los ojos de alguien, atento a las señales. Y si puedes, desde donde estás, darme una manito, genial. Un abrazo fuerte, primo. Descansa en paz.
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Descansa en paz.