domingo 7 de noviembre de 2010

Pequeñas HEREJÍAS

.
Mi padre fue un hombre bueno. El frío de agosto es casi insoportable, da la impresión que el mar se pone de acuerdo con el acantilado para enviarnos esa brisa que penetra como filudas chairas en el cuero de la gabardina. Yo no había dejado de mirarla, en sus ojos olvidaba mi tragedia, me evadía con ella, por eso no dejé de aferrarme a sus manos desde ese fatídico trece cuando el médico nos confirmó el cáncer terminal de un hombre bueno.
.
Aquella última noche miré el cuadro en el que aprendió a refugiarse para no sucumbir con la tristeza. Observé la cola de la gata, los libros apilados al fondo del pasadizo, el espejo donde se reflejaba alguien que no era yo, ni siquiera la física de mis manos; encendí un cigarrillo, pensé en la Carta a Rocamadour y me fui sin mirarla. Temí que mi angustia se quede en esos ojos y elegí salir disparado por la calle de vidrio en cuyos charcos Lima se detenía como una aliteración, como la sombra de alguien que retorna por sus cicatrices.
.
Mi padre había perdido la voz. Sus palabras mutaron a un papel y un lápiz a través de los cuales pronunciaba sus últimos consejos. Yo me quedaba mirando sus gestos, me conmovía con ellos, todavía me quiebro cuando proyecto su sonrisa cada vez que temo decir algo. Su pelo plomo, la barba que mi madre se esmeró en proteger hasta el último día. Su cuerpo delgado y resistente, su impecable agilidad para desplazarse con la silla de ruedas a la que aprendió a utilizar sin quejas. Y el libro negro entre sus manos. La Biblia a la que ahora le pregunto cómo es que semejante dolor le haya sido proferido a un hombre bueno.
.
Por supuesto no me responde. Los libros no siempre nos responden.
.
Entonces volví a su calle. Busqué sus pasos. Me pasé horas interrogando a la alameda sobre cómo ponerle punto final a su libro de poemas. Pensaba en esta ciudad, la llamaba por su nombre y no me respondía. Miré a los pájaros que copulaban sobre los cables, intenté perderme con la música de Wagner o pintar un cuadro en el que libere al monstruo que se agitaba en mi cabeza reclamándome por sangre.
.
Yo no era un hombre bueno. El odio creció como una hierba venenosa. Quise quemar el libro negro, degollar a los doctores y a su inútil ciencia. Lima me seducía salvajemente. Alucinaba con su presencia. Dibujaba ahorcados sobre las ventanas de los edificios; escenas en las que un hombre le quitaba la piel a un toro antes de matarlo y disfrutaba con ellas como quien sonríe después de una venganza.
.
No sé por qué confieso esto. Quizá necesito contar sobre los síntomas de la enfermedad que hicieron de mí esta especie de cínico que no aprendió las lecciones del viejo Catulo. Pero por qué a ti que desconoces el horror al que me enfrento cuando reconozco sobre el agua la piel de un lobo que se tuerce cada vez que recuerda la morfina ingresando por sus venas.
.
La muerte no sabe de esto. Apuesto que ahora mi padre le canta yaravíes para amortiguarle los remordimientos. ¿Y ella? Ya no debería escribirle. No sé por qué la asocio. Al filo del malecón, sobre el muro, un pájaro regresa cuando el agua se abre. En la arena, mi olfato de bestia lo reconoce y aúllo, desesperadamente, abatido por la niebla.