jueves, 10 de marzo de 2011

EL ANIMAL SOBRE TUS HOMBROS: escrito al alimón


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El inquieto animal gritaba sobre su hombro. Ella detenía el mundo con sus ojos. No lo creía, sin embargo, allí estaban inmóviles los autos, la cabellera de los transeúntes, el crepitar de las alas de los pájaros, mi voz detenida al filo de la lengua; tus manos como el corazón de un muerto hastiado de su sangre ¿Eran tus manos o acaso la sombra de mis pesadillas en las que nos fundíamos sobre un lecho de rosas negras? ¿Tus manos o el orín que limpiabas con los dientes que se clavaban furiosos en mi espalda? Quizá esta calle esconde el infierno que nos vuelve tan apáticos y nos obliga a insultarnos durante la madrugada para no perder la irreversible situación del pájaro cazado, para no perdernos y pensar que el horizonte es una lágrima que nos retorna al mar, hacia esta tierra que nos fue maldita desde siempre. Todo sigue inmóvil. Tú detienes el mundo, tú lo detienes mientras la gente pasa y nuestra oscuridad los agiganta. Observa cómo las luces de los postes han callado, escucha el ladrido estático de los tres canes que asustan nuestro sueño, siente cómo la tarde clava su alfanje en el ocaso y nadie se da cuenta que sobre tus hombros el animal no existe. Ellos están ciegos: sus ojos han sido penetrados por tus ojos y sus cuerpos solo alimentan el paisaje, lo visten, le dan color, lo dosifican.