lunes, 3 de febrero de 2014

LA MEMORIA



Escribe: Harold Alva

Ahora entiendo por qué mis padres se preocuparon por ejercitarme la memoria. Jugábamos a las sumas y las restas con cifras a las que hoy saludo con respeto, o con el clásico abecedario donde cada letra era un animal o una planta a la que teníamos que recordar en cualquier orden, o frente al maniquí vestido de colores al que me hacían mirar durante veinte segundos y luego me preguntaban (tenía que responder con los ojos cerrados) sobre el color de los bolsillos, las mangas de su camisa o sobre cuántas letras tenía la marca del sombrero. Después llegaron los poemas, los extensos poemas de Guillermo Aguirre y Fierro, su popular “El brindis del bohemio” o de Juan de Dios Peza y la magistral “Leyenda del paredón”, yo tenía ocho años, los aprendía de memoria y como para demostrarlo me apuntaba voluntario en las verbenas donde salía, disfrazado, a declamarlos frente al asombro de los profesores que no entendían cómo ese chico de ocho años, podía repetir tremendos documentos, pero los repetía: los aprendí con facilidad gracias a mis padres. A esa edad, los ejercicios de memoria, fueron el juego con el que yo me divertía, hoy ya no lo asumo como eso, ahora la memoria se ha transformado en ese báculo con el que me sostengo para no tropezar con los errores a los que nos tiene acostumbrado nuestra historia. 

Sin embargo, no a todos nos ejercitaron la memoria. Estoy seguro que no a todos nos ejercitaron la memoria, de lo contrario hoy no tendríamos a Castañeda Lossio pretendiendo, otra vez, el sillón municipal, o a Alex Kouri quien orondo acaba de presentarse como un aguerrido aliado aprista, lo lamentable es que a ese ejercicio no solo fueron ausentes los hombres y mujeres que eligen la política: conozco escritores que justifican la bochornosa gestión de Susana Villaran. La señora no sólo perdió su capital de líder sino que arrastró a lo poco que queda de la izquierda a eso que desesperadamente han denominado Frente Amplio, un conglomerado de facciones que no ha entendido que, para resolver su crisis, es necesario la autocrítica. No se puede hacer política sin asumir errores y subsanarlos no sólo con acciones sino con replanteamientos ideológicos frente a lo que ahora tenemos como mundo, un escenario que ha mutado a la velocidad de las nuevas formas de comunicación donde palabras como “capital”, “mercado” o “bolsa de valores” ya no deben resultar abominables. Y lo mismo sucede al otro extremo donde continúa como líder del PPC una Lourdes Flores Nano que debió retirarse cuando descubrimos que era la abogada de Cataño y la asalariada de Raúl Diez Canseco, ese señor que se vio obligado a renunciar como Vicepresidente de la República por el escándalo familiar en el que se involucró, cojudamente. Sin embargo allí la vemos, ponderando sobre buenas prácticas, en cada programa donde la invitan.

O, en qué país del mundo, dos sujetos como Alan García y Alejandro Toledo, podrían tener posibilidades de volver a ser Presidentes después del sinnúmero de pruebas que los sindican como delincuentes. Uno, liberador de narcotraficantes y, el otro, experto en lavado de activos. Cínicos y como tales, sin el más mínimo de los respetos, se burlan de una población que estoy seguro, en su mayoría, los desprecia. Pero allí están, libres, cómplices de una prensa que si bien, todavía, no ha puesto un Presidente, los apuntala como líderes legitimados por las encuestadoras, curiosos cenáculos especialistas en darle sentido a los argumentos que “los posicionan”. Un poder que en contubernio con las grandes empresas no han dejado de sortearse en nuestras narices esto que hemos recibido como patria. 

Y, aquí estamos: observándolos, mirándolos atentos como quien contempla el corso de una macabra primavera. Los hermanos Fujimori victimizando al padre, Ollanta Humala ofreciéndonos el más vergonzoso de los espectáculos, cobarde, convocando a quienes pueden el 2016 llegar a ser gobierno, como si con eso determinará alguna posición sobre el fallo de La Haya. Por la “unidad”, dice. Y se olvida de las denuncias contra ambos y pretende que nosotros nos olvidemos de las denuncias en su contra, de Óscar López Meneses, de los sospechosos ascensos en las fuerzas armadas, de las denuncias contra su Ministro de Defensa, cuando lo que debió hacer fue convocar a los representantes de la sociedad civil, a quienes todavía reconocemos como la reserva moral de este país. Ollanta Humala debió reunirse con Vargas Llosa, con Miguel Gutiérrez, con César Lévano, con Víctor Delfín, con Salomón Lerner Febres, con Susana Baca, con Hugo Neira, con Arturo Corcuera, con Helí Ocaña (Presidente de la Derrama Magisterial), con el presidente de la Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Perú, con el presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, con Vicente Ugarte del Pino, con el padre Gastón Garatea, por citar algunos nombres; no con esos vergonzosos personajes que en vez de unirnos, hacen que nos polaricemos. 

El Perú es grande por su historia, por los hombres que entregaron su vida para que gocemos de esta libertad y de esta democracia, este es un momento para ejercitar nuestra memoria, para que recordemos lo que hizo de este país un imperio fuerte y poderoso, pero recordemos también a quienes lo desmembraron hasta entregarnos esta caricatura en la que se ha convertido nuestra escena, los insultos a nuestro honor de ciudadanos, recordemos para no volver a repetir tragedias y señalemos, con el índice, a quienes estamos obligados a no entregarles el futuro. 

Este debe ser el momento de la memoria.
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