jueves, 16 de julio de 2015

HISTORIA DE ARTIDORO O LIMA COMO PROPUESTA DE TRANSGRESIÓN EN LA OBRA DE WÁSHINGTON DELGADO



Debo advertir que mi lectura sobre la obra HISTORIA DE ARTIDORO de Washington Delgado es el apunte de un lector apasionado por lo que considera el mejor libro del poeta, mis argumentos no son los de un crítico literario ni los de un especialista. Gracias, Róger Santiváñez por convocarme, yo tuve la fortuna de conocerlo el año 2000 en la Universidad Federico Villarreal, pero aprendí a leerlo en el colegio. Su poema “Para vivir mañana” fue como un himno en mi adolescencia. El año 2002 hice un ciclo de actividades culturales al que denominé “La nave dorada” en honor al poderoso libro de Alcides Spelucín, el poeta de La Bohemia de Trujillo, y fue precisamente Washington Delgado quien lo inauguró. Por eso para mí es especial estar aquí para pretender un acercamiento en torno a Artidoro. Posteriormente empecé a visitarlo en su casa de Miraflores donde exploté al máximo su don de gran conversador, de viejo legendario en el que cada tema era una lección de lo más didáctica. Con él aprendí a interpretar a los poetas de su generación, me dio claves para asimilarlos desde otras perspectivas. La última tarde me habló durante seis horas de los estructuralistas. Por él conocí a Lacan y a Foucault, criticaba a Barthes, pero siempre retornaba a la poesía y cuando leía daba la sensación que saboreaba cada palabra, por eso cuando partió -quienes escribimos- sabíamos que no volveríamos a tener ningún otro maestro capaz de interpretarnos el proceso de nuestra literatura con ese fervor y esa paciencia, con esa devoción propia de quien ama lo que hace.

Mi propuesta pretende una aproximación a la ciudad desde los textos de uno de los máximos exponentes de la generación del 50, pero, sobre todo, pretenderé identificar la variación de un registro que de un alumbramiento conservador, sin traicionarse, culminó siendo un aporte escritural que supo asimilar la consolidación de una sociedad mestiza, sus causas, sus consecuencias, las proyecciones y sus riesgos. Washington Delgado ejerció una prudente pero muy marcada influencia en los jóvenes poetas porque su propuesta estuvo signada por una transgresión que más allá de textos de hondo contenido social, tuvo como primera preocupación el lenguaje y, en HISTORIA DE ARTIDORO, por la construcción de un personaje mimetizado con una ciudad donde la historia deja de ser un registro de la memoria para constituirse en un conducto referencial para todos quienes pretendemos acercarnos a Lima, a la nueva Lima, a su identidad migrante.
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Entre el tiempo y los hombres
Se levanta el poema
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El poeta se preocupa por identificar el espacio del poema, las calles por donde recorrerá su Artidoro que más que un hombre es el propio poema, es él mismo que después de tantas décadas se atrevió a colocar a un lado el viejo modo para arriesgar un discurso que bien pudo haber sido escrito por cualquiera de los poetas de la promoción del setenta. Esa promoción donde los Hora Zero y la Sagrada Familia bien pudieron ser los precursores de ese Artidoro a quien Washington se atrevió a sacar de sus cuadernos para con él recorrer Lima y con Lima la historia de nuestra república, esa eterna promesa a la que el poeta cuestiona cuando ya libre, en la gran urbe, señala con la precisión de quien verdaderamente está recorriendo sus calles.  
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Caopolicán, Mariátegui, Martí,
Nombres de gentes muertas
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Señala como para refrendar a quienes lo antecedieron, el suyo no será un recurso para poetizar, Wáshington que dominaba los recursos y las técnicas no tenía necesidad de valerse de ellas para reconfigurar su propuesta, pero si tenía la responsabilidad de cruzarse a sí mismo para reinventar su discurso, transgredirlo desde una posición de protagonista. Por eso arriesgó todo, y lo que pudo ser un cambio de tuerca en su proyecto escritural terminó consolidando un discurso que empezó en Formas de la ausencia el 55, que puntualizó con El extranjero el 56 y aparentemente había concluido con Para vivir mañana el año 1959. Lo que el poeta no imaginó fue que en su interior iría creciendo alguien que sería él y que estaría más allá de él, como esta ciudad, que somos nosotros, pero que siempre estará más allá de nosotros. Dejemos que él mismo nos los explique: Si antes de descubrirlo yo lo perseguía, ahora me perseguía él. Iba detrás de mí por toda la casa y aun por la calle. Se asomaba a mis sueños cuando yo dormía. Enderezaba mi pluma y corregía mis textos cuando me ponía a trabajar. Poco a poco, a medida que nuestra colaboración se acentuaba, fui percibiendo que la historia de Artidoro se confundía con la historia peruana o la historia del mundo. Al final, me di cuenta de que los latidos de su sangre eran solo una parte del fragor de los tiempos, de los tiempos oscuros que nos tocó vivir. Precisa en la introducción.
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Artidoro se adentra en estas calles,
de este modo retorna
a la pampa infinita donde halló
una tarde violenta
y en la cúpula misma del estruendo
su ser resucitado.
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Acaso Washington resucitó con Artidoro, acaso Washington necesitaba resucitar con Artidoro, acaso Artidoro necesitaba resucitar para devolvernos al poeta que durante décadas se internó en la cátedra universitaria y fue testigo de cómo sucesivas promociones fueron haciendo de Lima un espacio en el que poetizar fue sinónimo de confirmar una identidad pero a la vez significaba destruir una historia, enterrar las raíces para fundar otro imaginario, otra plataforma de hábitos y costumbres que tuvo como resultado esta Lima mestiza, esta Lima chola, esta lima chicha y achorada que nada tiene que ver con aquella otrora ciudad de los reyes. Y entonces se dejó invadir por Artidoro, le entregó su lenguaje para refundarlo y revitalizar una propuesta consolidada como una de las más atendibles de la generación del cincuenta.
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Artidoro se encuentra despistado
en solitario prado de amargura
y su viejo reloj
se detiene vencido por estólido
impenetrable sueño.
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Es en estos quiebres donde avizoro no sólo la belleza de lo que expresa, sino el temor y la duda de continuar, ese asombro al que se refirió Jasper necesario para alcanzar el estremecimiento. La convicción de que está reescribiendo una historia para cerrarle la puerta a la derrota, a nuestro pasado de derrotas, a nuestro ADN violento, mezclado y estoico.
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Guardo un caballo en mi casa
desesperadamente encadenado
a mi sueño de libertad.
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Considero que Wáshington Delgado le tapó la boca con Historia de Artidoro a quienes lo calificaron de eterna promesa. Aquí, el maestro, no sólo nos dejó un libro, sino que nos puso frente a un reto, frente a una misión: afirmar desde la pluralidad de esta ciudad algo que nos cruce, una identidad por la que es preciso transgredirnos, romper con nosotros, arriesgar y asumir con coraje esta responsabilidad que nos entrega la historia: la eterna misión de recuperarnos. Él lo hizo con Artidoro, él ya cumplió su tarea. 
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 (Discurso pronunciado en La Casa de la Literatura Peruana, el día jueves 16 de julio del 2015, en el Coloquio PARA VIVIR MAÑANA, en homenaje a Wáshington Delgado.)