sábado, 8 de junio de 2019

La república caviar


La “república caviar” deviene en el programa máximo de la correspondencia entre coyuntura e historicismo en el Perú de hoy. Se trataría principalmente de una forma de gobierno, o curiosidad, consiste en un cierto régimen de asamblea popular cuyos miembros serían elegidos directamente por las instituciones de la sociedad civil, como son las universidades o los gremios profesionales, y sin intermediación de los partidos políticos. Este modelo aún ideal de democracia, por cierto, tiene los claroscuros propios de la arena movediza que es nuestro proceso político. Pero, aun así, ese parece ser el sentido de una ley de tendencia, o el sentido caviar de la historia.

Táctica y estrategia le dan forma a esta urdiembre política: hilos colocados en paralelo y a lo largo parecen conformar la siguiente trama, o camino histórico “por etapas e ininterrumpido”: Primera etapa: De la vigilancia y del dominio de la hermenéutica, al extremo de imponer un lenguaje hegemónico, altamente coercitivo, consistente en categorías postmateriales, devenidas en fetiches, pero movilizadoras como “la lucha contra la corrupción” e incluso “la reforma política de la Constitución”. Segunda etapa: Del castigo y la posesión de los cuerpos de los políticos opositores con la cárcel y la muerte, como son las prisiones de la candidata presidencial Keiko Fujimori, y de los presidentes Alberto Fujimori, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, y en el suicidio de Alan García. Tercera etapa: De la intervención de los órganos constitucionales con el fin de controlarlos, de cooptarlos, como son el Ministerio Público y el Consejo Nacional de la Magistratura. Cuarta etapa: De la depauperación y si es posible del aniquilamiento de las instituciones políticas, como son el Congreso de la República y los partidos políticos. Quinta etapa: De la convocatoria a una Asamblea Constituyente que haría de poder constituido y poder constituyente, a la vez.

Este sendero luminoso caviar tendría una sexta etapa: De la república caviar, que llegado el momento habitaría principalmente una especie de gran esfera de la sociedad civil, por supuesto en relación de poder de dominio respecto de la para entonces ya casi inexistente esfera de la sociedad política. Pero, a esta quimera le ocurre la lógica al revés: Se pretende empoderar a la sociedad civil por la vía del proceso político, y no por la vía del proceso previo de individuación y de satisfacción de las necesidades materiales; y se pretende, además, empoderar a la sociedad civil a partir de una nueva Constitución del Estado que cambie la forma de gobierno y no a partir de un nuevo Código de Comercio que sí es en verdad la ley fundamental de la sociedad. La república caviar aparece desproveída de teoría, y de realidad: Si los caviares hicieran una lectura liberal del marxismo, su proceder político e histórico sería diferente. Técnicamente, la sociedad civil peruana casi no existe, y la república caviar no tiene morada.

Por cierto, la república caviar, o utópica, tendría su tradición política en las ucronías nacionales que, entre las décadas setenta y ochenta del siglo pasado, constituyeron la Asamblea Nacional Popular que la izquierda legal buscó estatuir como nuevo gérmen de poder popular, y la República Popular del Perú por la cual Sendero Luminoso también poseyó los cuerpos de los políticos opositores con el terror y con la muerte. Por lógica y sólo por ella, analogía de por medio, los caviares estarían logrando hacer la revolución en el Perú.
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Juan Antonio Bazán: Analista político y abogado. Profesor asociado de la Escuela Profesional de Ciencia Política de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde imparte los cursos de Análisis Político de Coyuntura, Análisis Político Comparado, y Teoría Política Moderna y Contemporánea.(Artículo publicado en el Diario Expreso. Sábado, 8 de junio de 2019)

domingo, 28 de abril de 2019

Entrevista a Liliana Miranda

Liliana Miranda es poeta y fotógrafa: una artista que aprendió a capturar la fugacidad del instante. Música, color, costumbres, ingenio, resistencia, palmeras, aire, giraron en torno a su ojo poético. Dialogamos con ella.
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Por: Harold Alva

Poeta o fotógrafa ¿cómo te defines?

No es fácil decidir por una sola de estas artes que cohabitan en mí, porque las dos se fusionan, se complementan, son como espejos.

¿Qué te movilizó para ir de la fotografía a la poesía?

Primero llegó la escritura. La fotografía fue un descubrimiento casual, de esas situaciones fuertes que desvían tu camino y te llevan, no sé si a mejor puerto, pero sí a un destino que era para ti. Mi cámara es compañera fiel y no hay forma de salir de viaje sin ella y evidentemente, en las sesiones de estudio. Es una especie de necesidad o vicio. Mientras tenga un cuaderno, un block, cualquier medio donde escribir, anotar, y mi cámara fotográfica, me siento bien, me siento acompañada así sea en el lugar más recóndito de la tierra.

¿Por qué Cuba?

Porque Cuba es poesía. Es un país detenido en el tiempo y eso permite mostrar una belleza distinta. Con la muestra cerré una trilogía de viajes que me dieron la oportunidad de tomar el pulso a ese país y conocer a la controversial poeta Carilda Oliver.

¿Quiénes son tus referentes gráficos favoritos?

La española Isabel Muñoz por su elaborada técnica y deslumbrantes fotos en blanco y negro. El italiano Franco Fontana que en pleno auge de la fotografía artística en blanco y negro introdujo el color rabioso. El peruano Heinz Plenge, por sus capturas magistrales y porque pude escucharlo contar sus alucinantes y peligrosas aventuras en la selva peruana.

¿Cómo fue el proceso?

El proceso de asumir una muestra representa un trabajo arduo, que al final tiene el sello de quien lo realiza. En cualquiera de los proyectos que he asumido el desarrollo del mismo ha sido similar: intenso y complejo. A Cuba la quiero desde el 2013. Han sido tres viajes aparentemente diversos. A lo largo de estos cinco años fueron emergiendo las experiencias, los diálogos, las situaciones, los rostros que me impactaron, las respuestas del inconsciente. El Pulso de tu Son se fue gestando desde la composición del título con mi recorrido mental y sensorial por las ciudades cubanas donde estuve. Hice una primera selección de fotos donde opté por las que proyectaran los eventos que me marcaron y los descubrimientos más representativos. Quise que esta narración estuviera acompañada con elementos que traje de mis viajes, como las sombrillas con reproducciones del arte local. El primer verso surge del impacto que me genera la llegada al aeropuerto de La Habana, que inicia el poema “Cuba”. Las razones del óxido que se gestaron en el huerto de Niurka, la señora con quien me tocó convivir unos días, artífice con sus historias de “El jardín de Niurka”. Las leyendas describen mis emociones, puedo contarte que cada palabra colocada, el enmarcado de los cuadros, evoca la textura y el tono de sus muros. Todo tuvo una razón de ser.

¿Qué sigue? ¿Cuba de nuevo?

El Pulso de tu Son me está proporcionando experiencias muy valiosas y agradecimientos especiales a las personas que pasaron por allí. Hay mucho material, la vida es vertiginosa. En mi portafolio hay temas que en algún momento espero mostrar que van desde las Bahamas, Paracas, nuestra serranía, nuestra selva. Después sentir a Cuba en una exposición donde me sumergí cuidando cada detalle, fungiendo de curadora (con la lección aprendida), solo resta organizarse, porque material abunda. Sobre tu pregunta si Cuba continúa; te diré que, mi Cuba, va hacia donde la quieran llevar. 

Liliana Miranda es Poeta, fotógrafa y atleta. Escribe cuentos para niños y crónicas de viaje. Ha publicado dos poemarios: Aligerando mi paso (2005) y Piel de Setiembre (2012), ambos con imágenes de la autora. Como atleta máster obtuvo 75 medallas en las pruebas de 100 / 200 mts. y salto largo.

Ronald Arquíñigo Vidal y "La ausencia de Phoebe"

(En la foto: Carlos Germán Belli, Víctgor Escalante, Arturo Corcuera y Ronald Arquíñigo Vidal. Plaza San Martín, 2016)

Entrevista: Juan Ochoa López

-¿Esta nueva obra mantiene el estilo que identifica a tu trabajo, es decir, la novela negra con paisaje de Lima?

En principio, Lima o Barranco —donde sitúo la novela—, es para el personaje un estado de ánimo. El estilo o “poética” de la novela responde a una inquietud personal que me ha acompañado en toda mi obra. No quiero parecer pretencioso, pero este apego por el estilo marcadamente obscuro se explica por una percepción personal que tengo sobre la realidad que me ha tocado vivir; su atmósfera, la impresión que tengo de las relaciones humanas, el insondable viaje hacia uno mismo, la forma como encaramos la vida ante situaciones un poco difíciles. En resumen, me interesa mucho el peso decisivo e influyente que tiene el entorno en el ánimo de los personajes, medir su autoestima y temperamento de acuerdo a un ambiente, a una atmósfera. Así se justifican el estilo narrativo y el clima de la novela, se da la mano dando como resultado ese ambiente neblinoso que es la impresión romántica que tengo de Lima.

- Háblanos más de “Phoebe”, la protagonista que se “evade” en esta trama.

Phoebe es el amor en abstracto, es una entelequia. Un sueño apremiante, un deseo irresistible, como también un anhelo persistente. Para el personaje Sergio Vidal, Phoebe, su mujer, encarna el amor hecho materia, pero como todo hecho esplendoroso para una persona insegura, Phoebe es también el equivalente de confusión: es mucho más joven, es muy hermosa, es una artista íntegra, en cambio él, es un escritor ensimismado en su mundo, es mucho mayor que ella —tanto que se considera un viejo—, su temperamento es gris, permanentemente vive el pasado y recuerda, se considera un tipo sin virtudes y por su condición paranoica no acepta el deslumbramiento del amor en su capacidad sensible, carente de aprecio. Quien se evade siempre es Sergio Vidal, mientras Phoebe está ahí, esperando atención, esperando ser amada. Al final hay una intención, un amague de Phoebe por evadirse, pero más que una evasión, es un reclamo a la evasión de Sergio, a su vida dubitativa, a sus neurosis y su frecuente y absurdo recurso de vivir evasivo.

-  Coméntanos sobre la exigencia intelectual que afronta un escritor para ejecutar su novelística, teniendo en cuenta que tú también has escrito cuentos breves.


La novela exige una distancia que el cuento no te exige necesariamente. Esta novela la escribí en Buenos Aires, en un taller de narrativa donde acudían todo tipo de escritores, aunque muy pocos, realmente, y que me permitió —dicho sea de paso—una exigencia y disciplina que no creo vuelva a recuperar. Asistía al taller los días martes a las cinco, llevando cada capítulo de la novela para ser leído y confrontado, y recuerdo al profesor del taller, un docente porteño de gran sensibilidad artística y mejor amigo con quien tuve una afinidad especial desde el inicio, Fernando Daniel Alonso, y a quien dedico esta novela, de manera que él se convirtió en un auténtico confidente. En otro taller de narrativa afronté la tarea de escribir varios cuentos por semana de acuerdo a las pautas que nos decía, en este caso, la profesora del taller, todo esto en un año febril de escritura. Así escribí muchísimo, sobre todo cuentos. En el caso de la novela, esta reposó durante mucho tiempo, exigiéndome volver a revisarla una y otra vez, me obstiné tanto en esta empeño que llegué a memorizar páginas enteras y a recitarla mientras la leía, un trabajo agotador desde luego, no así los cuentos que en casi dos años a mi regreso, fueron reunidos en dos libros. La novela reposó estoicamente, mientras la revisaba y corregía hasta que tomó el cuerpo que tiene ahora.

- ¿Por qué eliges siempre personajes conflictuados, marginales, neuróticos, en escenarios sórdidos y asfixiantes?

Los personajes me acechan. Siento que ellos pasan bajo mi ventana exigiendo que les dé una tribuna que les es esquiva. Es como un bullicio que me llega a molestar y que tengo que atender para calmar ciertos desasosiegos. Estos personajes han encontrado en mí al narrador para hacerlo y me muestran sus diatribas y obsesiones. Como un paseador de perros —en el caso mío, un paseador de perros rabiosos, excitados—, tengo que sacarlos a pasear para poner un poco en orden la casa. No son pocos los que me han dicho esto, algunos incluso han definido a mis libros como “tristes”, pero no creo que haya tristeza, sino una exploración a las distintas formas de soledades que vive el Hombre contemporáneo.

-¿Algún próximo proyecto literario?    

Durante mucho tiempo hice mía esa expresión del novelista chileno Jorge Edwards de que las novelas no se cuentan, sino se escriben. Pero ya a estas alturas del partido, siento que los libros que escribimos también merecen contarse para respirar un poco luego de nadar compulsivamente durante mucho tiempo. Ahora tengo en proyecto dos libros de cuentos que espero salgan juntos, pero no escribo mucho, o en todo caso corrijo más: un diario de mi estadía en Buenos Aires, un libro de párrafos breves y poéticos sobre San Telmo, el barrio tradicional porteño; una novela breve y dos cuentarios más, además de otros libros que deseo publicar poco a poco para quitarme ese peso de encima que llevo en la espalda.

 “En ausencia de Phoebe” es la segunda novela de Ronald Arquíñigo Vidal. Publicada por Editorial Summa. 

jueves, 18 de abril de 2019

AGP: La última lección

Escribe: Harold Alva
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Lo conocí en 1986 en una de sus visitas a Cascas. Mi padre era policía y mi tío diputado aprista por Cajamarca. Fue mi primer contacto con la política. Yo tenía ocho años y quedé con el recuerdo de aquel joven que, a su edad, ya era Presidente Constitucional de la República. Entonces quise aprender sobre su vida, sobre quiénes fueron sus maestros, dónde nació, qué estudió. Por él conocí la existencia de Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien leí con la voracidad de la infancia y aprendí a entender durante mi juventud cuando, después de leer las biografías de Luis Alberto Sánchez y de Felipe Cossío del Pomar, me sumergí en las lecturas de “Por la emancipación de América latina”, “El antiimperialismo y el APRA”, “Treinta años de aprismo” y “Mensaje de la Europa nórdica”.
Posteriormente, en Trujillo, ciudad a la que llegué para realizar mis estudios universitarios, fue el local del PAP, ubicado en la cuadra seis del Jr. Pizarro, la primera institución política donde me presenté con la voluntad de mis dieciséis para abrazar formal y activamente el credo aprendido durante mi adolescencia. Era diciembre de 1994, el fujimorismo había hecho del nombre de Alan García Pérez un estigma, una leyenda negra que se acentuó cuando lo declararon reo contumaz y la prensa transmitía reportajes dando cuenta de los informes de la comisión que integró Lourdes Flores Nano, Fernando Olivera, Fausto Alvarado y Pedro Cateriano. Ser aprista en los noventa era por decir lo menos, sinónimo de inmoral. Ser aprista significaba ser cómplice de la matanza de los penales, de las coimas del tren eléctrico y de las cuentas en Gran Caimán.
Sin García en el Perú, el APRA sufrió una aplastante derrota en las elecciones de 1995 cuando lanzó como candidata a Mercedes Cabanillas. Muchos no resistieron el ataque de las hordas fujimoristas y abandonaron el PAP, otros, como Hernán Garrido Lecca, Javier Velásquez Quesquén y el propio Javier Valle Riestra, lo acusaron de ser el responsable del desprestigio partidario.
Mi generación creció con esa leyenda negra y mientras eso sucedía en el PAP, una tragedia hizo que mi familia decida radicar en Lima. En enero del año 2000 me incorporé a las juventudes independientes que lucharon contra la autocracia fujimorista. En aquellas luchas conocí a jóvenes liberales, apristas y de izquierda, que aún ahora continúan consecuentes en sus ideales: Juan Antonio Bazán, Álvaro Vargas Llosa, Leo Silva, Yomar Meléndez, entre otros. Caído el régimen fujimorista, Valentín Paniagua convocó a elecciones generales y cuando todos tenían la certeza de que los actores políticos serían Alejandro Toledo, Luis Castañeda Lossio, Fernando Olivera y Alberto Andrade; Alan García Pérez retornó al país como candidato presidencial del Partido Aprista Peruano.
La convocatoria para el denominado mitin del reencuentro, fue El 27 de enero del 2001. Motivado más por ver con mis ojos adultos al ex presidente que conocí cuando tenía ocho años, fui con un grupo de compañeros de trabajo que se mofaron de mi “enceguecido aprismo”. “Te acompañaremos para pifiarlo”, me dijeron. Yo no les hice caso. A las ocho de la noche, logramos ubicarnos frente al estrado. De pronto apareció García, saludó a Jorge Del Castillo, tomó el pabellón nacional, lo flameó desplazándose de un lugar a otro, y cuando se dirigió a la multitud vi en mis compañeros a siete hipnotizados ciudadanos aplaudiéndolo con la histeria de quienes estaban frente a un acontecimiento extraordinario. 
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Ese año, convencido por el discurso de refundación y de relevo, retorné a mi antigua militancia. “Jóvenes, tomen el partido”, repitió Alan. “Basta de política de comité, ha llegado el momento de abrir las puertas”, fue otra de sus frases. A mis veintidós me uní al equipo de jóvenes liderados por el entonces treintañero Javier Barreda Jara. Hicimos un trabajo de campaña singular; recuerdo que pintamos Mafaldas para capturar la atención de los electores setenteros y ochenteros y en un acto de riesgo y atrevimiento pintamos a los personajes de Dragon Ball Z, para capturar el voto joven.
El trato de García hacia nosotros siempre fue horizontal. Por respeto, le decíamos “compañero Presidente”, pero él rompía el hielo contando alguna anécdota. Recuerdo dos hechos: 1. Durante la campaña hubo un debate con los miembros del equipo de juventudes de Perú Posible en Los Delfines. Una de las bromas habituales entre los compañeros era imitar la voz de Alan. Yo estaba imitándolo cuando sentí sobre mi hombro una mano gigante; como todos reían pensé que era por mi improvisado libreto y continué, hasta que volteé con la esperanza de que no sea quien pensaba. No tuve suerte. Efectivamente era Alan. Me quedé en silencio y antes de que le pida disculpas, Alan sugirió: “continúe”, y empezamos a dialogar, él mofándose de los defectos de Toledo y yo imitándolo. 2. Una semana después de la campaña nos reunimos en el local de San Isidro. Recordamos a mi tío Elmo Palacios, ex diputado por Cajamarca quien lo había recibido en Casagrande con una damajuana de cachina. “Y a usted, qué poeta le parece más importante”, me preguntó. Yo sabía que a él le gustaba Chocano y por ir más allá, me remití al fundador del modernismo. “Rubén Darío”, respondí. García me miró con un gesto inquisitivo: “¿Qué poema?”, volvió a preguntar y le respondí con la primera estrofa de “Yo soy aquel que ayer nomás decía”; Alan con su mano pidió que me detenga y continuó con el poema. Su memoria era impresionante.  
Lo que vino después fue el desencanto con una forma de hacer política que no entendí. Alan retornó al Perú dispuesto a recuperar el control del partido que, en sus palabras, lo tenía Del Castillo; por eso en las internas del 2004 se eligió una secretaría colegiada: dos secretarios generales: Jorge Del Castillo, Mauricio Mulder y Mercedes Cabanillas, como jefa de la Dirección Nacional de Política. Alan recuperó el control, pero postergó a los jóvenes. Nos pidió paciencia. “Juramentaré una secretaría colegiada, postularé el 2006, ganaré la presidencia y el 2008, en las próximas internas, los jóvenes estarán a cargo”. No cumplió.
Yo dejé de activar el 2004. Desde afuera, fui testigo de cómo ganó las elecciones el 2006 y aunque, más de una vez, mis antiguos compañeros me invitaron para que participe en el gobierno, no acepté. Leyendo a Víctor Raúl aprendí a ser coherente y consecuente, por eso decidí mantenerme al margen, concentrado en otra forma de hacer política: desde los libros, desde la promoción cultural y fui testigo de la hora crepuscular del aprismo, con un líder que ya no leía la voluntad popular, que dejó de interpretarla en un momento cuando el país requería de sus políticos. El resultado: el copamiento del legislativo por el fujimorismo, aquel lastre que mi generación combatió desde los noventa y la toma del poder por la anti política, primero por Ollanta Humala Tasso y después por Pedro Pablo Kuczynski. 
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Pienso que García se equivocó cuando impidió la renovación de cuadros, cuando se volvió un opositor de su propio discurso de refundación. Alan prefirió sostener el poder con un entorno con el que fracasó en la última contienda, donde apenas alcanzó el 5.8% con su también equívoca alianza electoral. Eso, más las sospechas de corrupción, el cobro de coimas por sus más cercanos colaboradores y ex funcionarios, la tragedia en Bagua y la liberación de más de cinco mil acusados por narcotráfico, desconfiguraron la imagen del político de encendido verbo, con experiencia y autoridad para gobernar.
Lo comenté, hace algunos días, en una reunión con los escritores Marco García Falcón, Sixto Sarmiento y Pedro Pablo Angulo: Alan elegiría morir antes que ir a la cárcel. García jamás superó el trauma de la prisión de su padre. Sufrió con esa ausencia los primeros años de su infancia, por eso le tenía terror, pánico. La cárcel para García era mucho más que la privación de la libertad, significaba humillación, ofensa, escarnio. Y él que creció con la historia del padre a quien sus compañeros de prisión conocieron como “El mudo”, se convirtió en el más grande de nuestros oradores, pero también en el mayor escapista. Si evitó la prisión por los crímenes que le imputaron de su primer gobierno, si logró librarse de las acusaciones que le hicieron por el segundo, él no caería por los señalamientos que tuvieron tras las rejas a Ollanta Humala, que lograron una orden de captura contra Alejandro Toledo y la prisión preliminar de Pedro Pablo Kuczynski. Para García la prisión sería el circo preparado por sus enemigos, por esa izquierda a la que le ganó en 1985 y por la derecha con la que tuvo que aliarse en el 2006.
No sé si el suicidio de Alan García Pérez responda a su respeto por el APRA, lo puntual es que su muerte ha logrado poner los ojos del mundo sobre un partido donde, si podan ese entorno que lo llevó al fracaso, es muy probable que el sueño de Víctor Raúl tenga esperanza. Esa responsabilidad está en la voluntad de sus jóvenes, aquellos a quienes formó y que, en un acto por devolverle el honor, deberían iniciar su lucha por la reconstrucción.
Mientras sigo con atención las exequias, no puedo dejar de conmoverme con esa disciplina que tiene a miles de apristas haciendo cola para despedir a su líder y duele que, aún en esta hora trágica, sus enemigos no respeten estos días de duelo.
Este es el Perú: un país donde no hemos aprendido a respetar el dolor. Que el suicidio del ex presidente Alan García Pérez no sea un pretexto para el regocijo de los odiadores sino un llamado de atención para reflexionar sobre qué estamos haciendo como ciudadanos frente a un sistema que nos ha desnaturalizado. Y, aunque terrible, sea también una enseñanza para los políticos y para quienes aspiran activar políticamente: la hipocresía, el complot, la traición y la ingratitud, solo tienen desenlaces fatales.  
Alan fue un político, la muerte fue su última lección.

martes, 30 de agosto de 2016

Y el poeta me leyó como si yo fuese alguien


Estuve a punto de conocerlo en 1996 cuando participé en los Juegos Florales Luis Hernández Camarero que organizó el Centro de Estu­diantes de Medicina de la Universidad Nacional de Trujillo. Era uno de los miembros del jurado junto a Reynaldo Naranjo el poeta de “Usted aquí” y Nicolás Yerovi. Sabía de memoria su poema “Y la muchacha me amó como si yo fuese alguien”, tenía su libro “Ángel de hierro” y lo había leído en algunas antologías, por eso la noche de la premiación fui, más que a ten­tar la posibilidad de ser uno de los premiados, a conocerlo. Fue la primera vez que vi a un poeta reír a carcajadas cuando hablaba de poesía. Nicolás Yerovi fumaba y reía cuando recordaba cómo Luis Hernández se hizo más amigo suyo a medida que sus hermanos se hacían mayores. Naranjo y su voz grave tratándonos de “cómplices” y decenas de jóvenes atentos a que abran los sobres con los nombres de los ganadores. Pero aquella noche de 1996 no lo conocí. El poeta no viajó a Trujillo. Fue en 1999 cuando llegué a Lima y asistí a una presentación en La Noche de Barranco cuando pude co­nocerlo. Era el lanzamiento de “Ritual de los prójimos” de Renato Cisneros y Luis La Hoz fue uno de los presentadores. Finalizado el acto me acerqué, le obsequié el libro que presentaría la semana siguiente. Lo observó, leyó las primeras páginas. Se detuvo en el prólogo. “Con tu permiso”, me dijo y rompió las cuatro páginas. “No lo necesitas”. Posteriormente incluí dos de sus poemas en una antología que publicó el Fondo Editorial Cultura Pe­ruana el 2003 y el último 23 de agosto tuvo la generosidad de invitarme a leer en el Salón Dorado del Teatro Municipal de Lima. Muchas gracias por valorar mi poesía, Poeta Luis La Hoz.


(Columna publicada en el diario Expreso. Martes 30 de agosto de 2016)

domingo, 8 de mayo de 2016

EN MANOS DE PPK

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Las cifras de las últimas encuestas nos confirman que la historia cuando no se repasa se repite. A fines de la década de los 80, frente a la catástrofe alanista, cuando todo indicaba que el futuro presidente sería Mario Vargas Llosa, irrumpió en nuestra política un desconocido ingeniero que supo capturar la atención de aquellos millones de independientes que ya le había dado una lección al FREDEMO cuando eligieron a Ricardo Belmont alcalde de Lima. Alberto Fujimori fue firme en su rechazo a la partidocracia, le dijo no a los políticos tradicionales y, si bien recibió el apoyo subrepticio del partido aprista, derrotó a un triunfalista Vargas Llosa ante la mirada atónita de los grupos de poder que no imaginaron que aquel descendiente de japoneses tendría alguna posibilidad de siquiera acceder al senado. Hoy, 26 años después, con Alberto Fujimori preso, acusado por corrupción y por crímenes de lesa humanidad, el panorama se repite. El 5 de abril la voluntad popular le dijo de nuevo no a quienes representan la política tradicional. El APRA con las justas logró ingresar cinco congresistas, el PPC ninguno, Perú Posible desapareció del mapa y las izquierdas han retornado con fuerza al parlamento, 22 congresistas es algo que no se puede subestimar. ¿Frente a esto qué están haciendo los candidatos que corren en esta segunda vuelta? 


Pedro Pablo Kuczynski en un inesperado acto de torpeza está haciendo alianzas con los perdedores, ha recibido el apoyo de César Acuña, el cuestionado líder de APP, a quien el JNE lo sacó de carrera por entregar dinero en la campaña; ha recibido el apoyo de Daniel Urresti, el pintoresco ex candidato del nacionalismo y todo indica que el PAP, a pesar de que García ha dicho que dejará que sus militantes voten con libertad, también respaldará su candidatura (el dirigente Javier Barreda ha sido claro en sus declaraciones); Keiko mientras tanto está aplicando la misma estrategia de su padre: está capturando el voto de la sociedad civil agrupada por ejemplo en asociaciones de mineros artesanales, en la iglesia evangélica, en los gremios como Construcción Civil, esto al margen de lo que se diga de quienes representan dichos bolsones electorales. Y mientras Pedro Pablo Kuczynski incorpora en su equipo a Acuña Peralta, Fujimori presenta como su asesor a Hernando de Soto, las diferencias por supuesto son notables. No sé quiénes son los asesores de Kuczynski pero todo indica que quieren perder esta elección. Lamentable en un momento cuando lo que está en juego es la democracia. Ya el fujimorismo tiene el legislativo, son 73 congresistas que hasta el momento han hecho un bloque sólido. Particularmente soy un convencido que cuando una persona concentra el poder, cualquier gobierno, incluso los bien intencionados, degenera en corrupción y pueden pervertir en dictaduras o tiranías. Nosotros ya vivimos el fujimorismo, lo conocemos; si bien la población le dio la mayoría a Keiko, pienso que ese voto fue un voto de castigo a quienes han detentado el poder durante los últimos años. Si Pedro Pablo Kuczynski no entiende que hay sumas que restan lo que sucederá el 5 de junio será una aplastante derrota. El futuro de nuestra democracia está en manos de quienes manejan su campaña. 

sábado, 13 de febrero de 2016

III FESTIVAL INTERNACIONAL PRIMAVERA POÉTICA 2015

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ENTREVISTA A HAROLD ALVA
Por: Rosina Valcárcel (setiembre del 2015)
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El escritor, poeta, periodista político y editor Harold Alva, hace un alto a sus labores múltiples para entregarle a Lima el III Festival Internacional de Primavera Poética, una singular aventura que ha alcanzado citar a más de setenta poetas nacionales y extranjeros y sin contar con el auspicio de institución alguna. H. Alva ha editado una veintena de libros, entre los que sobresalen Lima: la épica del desastre (2012) y Ciudad desierta (2014), dirige la Editorial Summa. HAROLD ALVA es el Organizador del Festival Internacional Primavera Poética, el Director de Editorial Summa. Platicamos con él.
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—Poeta Harold Alva, se lee, se escucha: "LIMA DISFRUTA DEL III FESTIVAL INTERNACIONAL PRIMAVERA POÉTICA", ello acerca a los países, a sus capitales, a sus autores...has logrado convocar a más de 70 poetas nacionales y extranjeros sin mayor auspicio ¿verdad? ¿Podrías desarrollar cuál es el objetivo central, cuáles las metas? ¿La lucha por la verdad, la belleza, la libertad u otro?
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Te respondo querida Rosina: El objetivo central del Festival es demostrarnos que podemos realizar este tipo de acciones con la sola voluntad de llevar poesía a todas partes, de reunirnos en torno a ella, al margen de si hay apoyo institucional o no. La lucha por la libertad y la belleza es un hecho concreto cuando asistimos a eventos como este, la fortalecemos, le devolvemos su prioridad. El Perú es un país maravilloso que necesita de este tipo de festivales para consolidar su tradición, ese proceso que nos ha entregado poetas que se han constituido como referentes trascendiendo nuestras fronteras. Nosotros no hemos tenido apoyo de ninguna empresa privada ni de ninguna institución estatal, hemos llegado a esta tercera versión gracias a la participación de mi compañera y de amigos que saben que es necesaria esta plataforma de poesía y que no han escatimado esfuerzos para que lleguemos bien a esta fecha que esperamos constituya un referente entre los festivales que se realizan en América.
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¿Desde el inicio con qué criterio se han ido seleccionando a los poetas homenajeados? ¿La mayoría son políticamente independientes, humanistas, centro-izquierda, o apolíticos?
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No hemos hecho una clasificación por ideologías o tendencias. Aquí ha primado la calidad de sus propuestas poéticas, esa libertad a la que te referías en tu primera pregunta, esa independencia de poder reunir en un evento a escritores que pueden ser antagónicos en su militancia pero unidos por su experiencia como guerreros de la palabra. Los poetas homenajeados son referentes de las tradiciones poéticas de sus países, hombres de gran trayectoria y de mucho reconocimiento. Invitarlos a Perú, ser su anfitrión, caminar con ellos por estas calles, escucharlos durante estos siete días, fortalece más que el vínculo literario, el vínculo fraterno entre nuestros países.
De pie: Benjamín Chávez (Bolivia), Melissa Patiño, Justo Jorge Padrón (España), Roberto Arizmendi (México), Eduardo Arroyo, Harold Alva, pintor Víctor Escalante, Adrián Alberto (Trujillo), Alicia del Puerto (Argentina), Jacobo Rauskin (Paraguay). Sentados: Elí Urbina (Chimbote), Jorge Ariel Madrazo (Argentina). 
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¿La juventud participa en qué medida? ¿Por qué algunos autores claves no están incluidos en la programación? Claro, cada Festival es libre de elegir a sus invitados...
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No sé a qué te refieres cuando dices “autores claves”. De 73 poetas que participan, 20 son poetas jóvenes, una cuota representativa de quienes están escribiendo ahora, y no sólo de Lima, varios de estos jóvenes vienen de provincia. Esta es la tercera versión, la idea no es hacer un festival donde participen siempre los mismos, se trata de mostrar todas las propuestas y eso no se logrará en uno ni en dos festivales, todos serán convocados, unos más temprano que otros, y eso no dependerá tanto de nosotros sino de la disponibilidad de los invitados. Hay poetas importantes que no han sido convocados a esta tercera versión porque ya participaron en las anteriores y otros a los que seguro invitaremos en las próximas.
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¿Los poetas del interior participarán en el futuro?
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Cuando decidimos realizar el Primavera Poética, una de las razones que lo motivó, fue precisamente que no sea un evento centrista, la pretensión siempre fue ir más allá de Lima, mirar más allá de Lima. En el primero, en el segundo y en este tercer festival tenemos y hemos tenido un grupo importante de poetas que invitamos de otros centros que trabajan activamente más allá de Lima, incluso entre los poetas homenajeados tuvimos a poetas que viven más allá de Lima. Este año viene una delegación de seis poderosas voces de Trujillo y cinco de Ancash, por ejemplo. Los poetas del interior siempre han tenido y tendrán un espacio importante en nuestro festival.
Con los poetas de Trujillo: Adrián Alberto, Luis Eduardo García, Raúl Pastor Gálvez, Jorge Hurtado y David Novoa.
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¿Cuáles son los paradigmas poéticos que unen a los poetas Invitados?
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Convocamos a poetas de siete países, si bien no todos coinciden con los mismos paradigmas, sí tienen referentes que los cruzan. Vallejo (1892-1938); Borges (1899-1986); Neruda (1904-1973); Paz (1914-1998); Rojas (1916-2011); Ginsberg (1926-1997); Rodríguez, muchos de ellos incluso han sido amigos o conocieron a sus paradigmas. Lo didáctico de este festival son las anécdotas, el cómo empezaron a escribir poesía, a quiénes conocieron, qué estaban leyendo cuando salieron al destierro, qué los asiste para que sigan persistiendo en un oficio al que le han entregado sus vidas. Escuchar platicar en una mesa a Juan Cameron de Chile con Jacobo Rauskin y de pronto al maestro Jorge Ariel Madrazo interviniendo para sugerir algo mientras Justo Jorge Padrón le comenta cómo conoció a Borges a Roberto Arizmendi es sin duda una experiencia irrepetible que me deja inolvidables lecciones.
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¿Se tendrán Actas o informe final?
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Como en las versiones anteriores, he publicado para este festival un libro de cada autor homenajeado: ALGUNOS POEMAS de Juan Cameron, SALMOS DE SANGRE de Óscar Málaga, LAS MANOS VACÍAS de Jacobo Rauskin, EL ARTE DEL POEMA de Justo Jorge Padrón, ALMA QUE HAS DE VIVIR de Jorge Ariel Madrazo y DESAFÍO CONTRA EL OLVIDO de Roberto Arizmendi. Y sí, definitivamente publicaré una antología en la que estarán incluidos todos los poetas que participaron ahora que la presentaremos en nuestro próximo festival, en setiembre del año 2016.
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-Colega Harold, gracias.
Harold Alva con la poeta Rosina Valcárcel en la Feria del Libro de Miraflores. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El escritor de verdad


El escritor de verdad vive para su obra, en su radio de acción no hay lugar sino para fabular, para construir los argumentos que le darán consistencia. No se mide con nadie, no está pendiente de las reseñas periodísticas, no anda solicitando entrevistas. El escritor de verdad compite consigo mismo, su lucha es contra sus fantasmas, contra la inestabilidad del lenguaje, porque sabe que la vida es demasiado corta como para distraerse con la estupidez de la moda. El escritor de verdad no busca ponerse “de moda”, no está pendiente de cuántos “likes” consigue su estado de Facebook. Su tiempo lo dedica a leer, a construir sus historias, a corregirlas y en ese ejercicio aprende a destruirse porque sabe que sólo destruyéndose alcanzará la perfección, el remate lírico, el final sorprendente. Y retorna al reto de su pantalla como quien acepta una pelea. El escritor de verdad sale a la calle, se contamina con el esmog de la vía expresa, se detiene sobre los puentes y observa los edificios, la velocidad de los autos, el vuelo de aquellos pájaros que lo observan con misericordia. El escritor de verdad no está a la caza del reconocimiento ni anda pidiendo que lo incluyan en antologías, al escritor de verdad no le importan las antologías, no está pendiente de seminarios o conferencias, no solicita que lo pongan como crítico en las presentaciones, no anda buscando presentaciones. El escritor de verdad no se hace propaganda, no busca organizarse en argollas o capillas porque hacerlo significa inseguridad, pánico a que nadie lo tome en cuenta, al escritor de verdad no le interesa que lo tomen en cuenta. El escritor de verdad es un bello salvaje que se entrega a lo que ama sin proyección ni cálculo, el resto son las credenciales para alcanzar el olvido.

El golpe de Victoria


El título de un libro suele ser una puerta, pero cuando esa puerta tiene que ver con el azar, la intriga es lo primero que nos asalta. No es lo mismo ingresar (o salir) con la certeza de que adentro (o afuera) hay algo a intuir que después de dar el paso decisivo nos espera la sospecha, la duda como relacionante a esa decodificación que hará del personaje no la punta del icerberg sino ese ochenta por ciento que el narrador nos entrega de forma sistemática como quien se arranca la piel, su historia, página tras página. Victoria Guerrero, la poeta de “Ya nadie incendia el mundo”, “Berlín” y “Cuadernos de quimioterapia”, ha publicado “Un golpe de dados (novelita sentimental pequeño – burguesa)”, un texto de autoexploración que nos entrega como quien necesita saldar una deuda con la nostalgia, con las calles donde no sólo conoció el amor sino sobre las que fue creciendo una generación con la que participa como quien detona una bomba, un grito, un poema de redención. Victoria Guerrero, consecuente con su propuesta poética, ha escrito un relato político que bien puedo asociar a sus “Documentos de barbarie”, por ese tono de inventario que a pesar de lo personalísimo constituye un manifiesto colectivo. El valor agregado, más allá de la historia, radica en su técnica, en su estilo para domar el lenguaje: la destreza con la que narra cómo se gesta la reacción popular y, a contracorriente, nos deja el final como esa puerta que constituye la punta del icerberg, lo que se ve: Guerrero termina su texto sin escribir lo que sabemos, es reticente. Nos propina un knockout, una lección de clase con la que no podemos dejar de perturbarnos. Léala: “La palabra no existe en medio de la guerra”.

El viejo LAS


Le enseñaron a caminar en la oscuridad, su madre le vendaba los ojos y así lo hizo conocer la casa paterna, me contó Hugo García Savatecci, el filósofo, acaso uno de los intelectuales que estuvo más cerca del maestro. Tenía un gran sentido de la reacción –continuó-, una mañana salíamos del Legislativo y me preguntó quién se acercaba, a Luis Alberto le gustaba ser él quien saludase primero, pero era obvio que su ceguera no se lo permitía, entonces preguntaba; se acerca su sobrino Javier Diez Canseco, le dije. Muy bien, respondió. “Hola Javier”, le dijo. “Hola tío, cómo la ves”, respondió el parlamentario jugándole una broma. “Bien, bien, y tú cómo andas”, replicó LAS, Diez Canseco sólo sonrió ante los reflejos del viejo y continuó. Otro día, prosiguió García Salvatecci, se fue la luz durante un pleno, los legisladores confundidos intentaban salir, tropezándose. “Orden en la sala”, “orden en la sala”, repitió LAS, “Quien quiera salir, sígame”, hicieron una cadena de brazos y salieron gracias a la destreza que desarrolló desde su niñez, pero a Luis Alberto Sánchez no le gustaba poner en evidencia su ceguera y cuando pronunciaba sus discursos, se ponía al frente, sacaba su portafolio, lo ponía sobre el púlpito, lo abría y pronunciaba el discurso como quien lo estuviese leyendo, era un orador impecable. Cuenta la leyenda que el rey Juan Carlos le pidió a uno de sus secretarios que le pregunté sobre su técnica, el hombre se acercó a Sánchez, lo observó de cerca y, sorprendido, regresó al lado del rey: “su técnica es poner las hojas al revés”, le confesó al rey. En otra ocasión, durante un acalorado debate, un senador del PPC lo insultó: “es usted un cornudo”, profirió. LAS, tranquilo, frunció el ceño y agregó: “en el lejano caso que tenga razón, lo mío se cura cambiando de mujer, sin embargo, usted no podrá cambiar nunca de madre”.

Tarja Turunem


Lo primero que escuché de Tarja fue su interpretación de “El fantasma de la ópera”, cuando era vocalista de Nightwish, la banda finlandesa de donde, después de nueve años de ascendente carrera en la escena del power metal mundial, fue expulsada el 2005. Su impactante voz hizo que investigue sobre su registro más que sobre la historia de la banda. Ella fue quien les marcó la pauta, ella fue la estrella; paradójica virtud que determinó la extraña decisión de Tuomas Holopainen por entregarle una sombra a su carrera con la desatinada expulsión. “Tenía aires de diva”, declaró. Argumento que pierde piso cada vez que la soprano se pone en contacto con su público. Tarja Turunem nació en Kitee, en 1977. Después de grabar seis discos con Nightwish, inició su carrera como solista. Es soprano, compositora y pianista. La diosa del metal ha hecho del rock una invitación a lo gótico que captura especialmente a quienes invadidos por el arte, nos trasladamos a escenarios disímiles en los que podemos liberar los demonios a quienes hemos aprendido a observar en silencio cuando escuchamos el crepitar de una garganta que sacude como el filo de la conmovedora y oscura voz de la sirena de Finlandia. Su dimensión en la escena de la música, alcanza territorios inéditos gracias a su rompimiento con lo que conocemos como power metal. Su mezcla del heavy tradicional con particularidades escolásticas hace de su propuesta una vertiente en la que lo melódico triunfa con ventaja sobre esa agresividad con la que dosifica cada una de sus interpretaciones, va más allá del thrash. Su aporte es precisamente esa tensión que la eleva y la independiza lo suficiente como para dejar de esquematizarla cual representante de un subgénero. Tarja Turunem se independiza como tendencia: ella ha fundado su propia tendencia.

Claudia, en el camino



Su primer libro: “Noche infiel”, capturó la atención de quienes ya veníamos escribiendo en los noventa. Una portada oscura con la silueta de una mujer en la ventana nos sugirió que estábamos frente a una mujer para quien el atrevimiento era parte de su vida. Claudia Pacheco tenía diecinueve años. La primera imagen que tengo de ella es en la Plaza de Armas; su cabellera corta, en jean, medio hippie, el maletín con pinceles en una de sus manos y, en la otra, el estuche de su guitarra. Estudiaba en Bellas Artes, escribía poesía y, con Rafael Mercado, fundaron “Noise”, el dúo de música electrónica. Después le perdí la pista. Los vertiginosos noventa segregaron a una generación que supo resistir aferrándose a su lado más salvaje: el arte. El nuevo siglo se encargó de reunirnos a muchos. El internet, el famoso Messenger de inicios del dos mil fue el culpable de la reintegración de aquellos que suponíamos los vestigios de una década que casi nos vence. Claudia Pacheco había continuado con su búsqueda, recorrió el mundo, conoció otras culturas, aprendió algo que no habríamos vislumbrado: magia. Se convirtió en la única mujer ilusionista de Latinoamérica inscrita en la “International Brotherhood of Magicians” y continuó escribiendo. Tenía otro libro: “Love my way”, en la portada la reconocemos a ella al volante reflejada en el retrovisor, un conjunto de poemas que marcó su retorno a la primera Claudia: “No puedo describir con exactitud lo que me rodeaba / lo sórdido y perverso lo ocupaban todo / lo apacible e ingenuo no cabían más en el contexto”, pero con la precisión de quien continúa enfrentándose a un mundo perverso. La poeta se atreve y “atreverse ya es conquistar un lugar en el paraíso de la belleza”, afirmó Roger Santiváñez. Yo lo suscribo.

Santiváñez, el sobreviviente


Roger Santiváñez es el único escritor que ha sido protagonista de lo acontecido durante los últimos cuarenta años de poesía. Su inicio en Piura, su posterior arribo a Lima, la urbe salvaje, la bestia a la que se enfrentó con los Hora Zero, con La Sagrada Familia, con el rock subterráneo que dinamitó la ciudad a inicios de los ochenta, con Kloaca, el movimiento que fundó con Domingo de Ramos en el que participó Mariela Dreyfus, Polanco, y otros intensos artistas que marcaron la década, sobrevivió a los noventa, a los lumpenescos noventa. Una de sus acciones de rechazo al sistema fue detenerse al centro de la Plaza San Martín para cortarse las manos sujetando la bandera. Vivió en los sótanos de la perdición, en la selva agreste de los alucinógenos, de la decadencia como contrasentido de afirmación a los que cruzó como un balido aferrándose a la noche, aferrándose a ese amor que acaso lo detuvo para que no siga exponiendo la vida. Y escribió, escribió siempre: “Antes de la muerte” (1979), “Homenaje para iniciados” (1984), “El chico que se declaraba con la mirada” (1988), “Symbol” (1991), “Cor Cordium” (1995), “Santa María” (2001), son una serie de documentos que lo confirman como uno de nuestros poetas de mayor proyección y trayectoria. Pero Santiváñez necesitó más y experimentó con la narrativa, publicó “El corazón zanahoria”, un texto sobre sus primeros años en un barrio del norte y “Santísima trinidad”, nouvelle donde el descubrimiento de la sexualidad es un pretexto para retornarnos a la urbe y a su pasión por escribir sobre los tejados, sobre las sucias ventanas de las zonas marginales donde no se admite otra sombra que no sea el reflejo de la violencia, su insípida ternura, y la memoria, su memoria como la victoria de un sobreviviente.

domingo, 25 de octubre de 2015

4 meses en Expreso

A esta columna le debo haberme reconciliado con la disciplina. La primera vez que me volví lector del diario Expreso fue en 1999 cuando editó la colección “Escritores del siglo XX”, vía fascículos que se publicaron durante varios meses, los días jueves. Yo tenía veintiún años. Hoy cumplo cuatro meses escribiendo de martes a domingo gracias a la apertura de su director y de los responsables de esta página, quienes aceptaron la recomendación del jurista y catedrático universitario Willy Ramírez Chávarry. A ellos mi reconocimiento por permitir que en trescientas palabras escriba sobre lo que acontece en la literatura, la investigación, la música, el cine, la pintura, la fotografía, pero sobre todo por su compromiso con este columnista en las actividades que humildemente ha realizado por la poesía. Recuerdo la tarde cuando me reuní con Antonio Ramírez Pando para solicitarle escribir en la página política y me sugirió que lo haga en su página cultural. “Escribir en un diario es una gran responsabilidad, te reto a que lo hagas todos los días”, fueron las palabras del director, lo miré como quien procesa la invitación, “acepto”, le respondí y, desde ese 24 de junio, los domingos como hoy, programo qué lectura, o música, compartir o qué conferencia o exposición recomendar, con la diligencia de un hombre que sabe la importancia de esta ventana, de esta puerta a la que pretendo no fallar. Pienso que sólo la educación y la promoción cultural harán de nuestros lectores ciudadanos comprometidos con el desarrollo de este país, evitaremos que sigan aumentando las poblaciones en riesgo y demarcaremos el rol de quienes tenemos la oportunidad de entregar lo poco que sabemos. La política nunca tendrá importancia subalterna: leer un libro, deslumbrarse con una obra de arte y apuntar a la cabeza, acaso y sirva como herramienta.  .
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Artículo publicado el domingo 24 de octubre de 2015 en el diario Expreso.

sábado, 24 de octubre de 2015

Ricardo González Vigil

Gracias a él aprendí a leer a César Vallejo. Tuve la oportunidad de asistir al reconocimiento que le hizo la Pontificia Universidad Católica por sus cuarenta años como catedrático. Aprendí a respetarlo leyendo sus comentarios en un diario de circulación nacional, primero en el suplemento, después en su columna de los jueves, pero sobre todo en los muy bien solventados estudios que sirvieron como prólogos a obras cuyas lecturas deberían ser imperativas: su trabajo sobre la poesía vanguardista del Perú, sus investigaciones sobre José María Arguedas, sus acercamientos a Joyce, Proust, Kafka, Mann  y el mundo judío; pero sobre todo su preocupación por hacer de sus discípulos verdaderos críticos. Presidente del jurado de los más importantes premios literarios, Miembro de Número de la Academia Peruana de la Lengua, poeta con varios libros publicados,” Lectura Mundo”, su poesía reunida nos reconcilia con el bardo fundador de una generación que continúa marcándole la pauta a las nuevas propuestas. Se inició con CIRLE, el grupo de escritores de la PUCP que tuvo entre sus integrantes a Luis La Hoz y Nicolás Yerovi. Ricardo González Vigil es propietario de una obra que le ha dado a nuestro proceso páginas notables. Con él la crítica literaria fue asimilada con atención en el tablero de la investigación latinoamericana. Valiente defensor de temas que para muchos son polarizantes, su conocimiento lo ha legitimado como un referente: nuestro referente. Su famoso Recuento de Fin de Año es una de las páginas más esperadas por quienes hacen literatura en el Perú. Por él han pasado miles de libros cuyas aproximaciones valieron para considerarlos entre nuestras más inquietantes lecturas. Honrar su trabajo debería ser motivo para reunirnos y entender el curso de los movimientos y tradiciones que se han sucedido a lo largo de todas estas décadas.  

EL ESCRITOR NOVEL


Cuando Arthur Rimbaud publicó “Una temporada en el infierno” a sus 19 años, pocos imaginaron que con ese libro la literatura mundial asistía a una de sus cimas. Nos sucedió a nosotros cuando a inicios del novecientos un delgado joven barranquino publicó una extraña obra: “La casa de cartón”, a la que escritores consagrados como José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez le dedicaron acertados textos laudatorios y le sucedió a Trujillo cuando, después de décadas, un inquieto adolescente, Lizardo Cruzado (se autoproclamó padre del “realismo chistoso”), publicó “Este es mi cuerpo”, un poemario irreverente que marcó un hito en la poesía trujillana. Posteriormente o no volvieron a publicar o publicaron obras de diferente calibre. El riesgo, la aventura de decir sin restricciones, la belleza de lo espontáneo, nos demostraron que para escribir no se necesitan demasiados años; Andrés Caicedo, el colombiano, fue más radical. Escribo esto ahora que he culminado de leer “El Heliogábalo”, ópera prima del novísimo Esteban Vega Landa quien edificó Ciudad Central, un espacio intemporal para que sus personajes se desaten con las características de quienes sobreviven un mundo apocalíptico como símil de esta democracia, de esta república que asimilamos con la conformidad de quien es consciente de las limitaciones de una raza que involuciona con la convicción del suicida que sabe que más allá del precipicio está la nada, y persiste. Esteban Vega Landa ha tejido una estructura del desastre que pasa por la destrucción psicológica de sus personajes (Antonio, Edward, Ludovico, Apaza), hasta entregarnos un documento que calza bien con la personalidad del Heliogábalo imperial que sucumbió a las bajas pasiones que terminaron por complotar su asesinato. Pienso en Vega Landa y no puedo dejar de asociarlo con aquellos referentes que no escribieron obras para el entretenimiento sino para recordarnos que la literatura vence cuando es visceral, cruda y contundente.

LOS POETAS DEL 90


Con soberbia leo a algunos poetas -de la llamada promoción post 2000- referirse a la década del noventa como si se tratara de una época donde la poesía fue anoréxica. Critican que no les haya dejado algún poeta que les sirva como referente y se jactan que gracias a ellos el poema recuperó su vigor (como si lo hubiese perdido). No sé si lo dicen por inmadurez o porque todavía no han sido capaces de escribir algo superior a lo que sí escribió esa generación que nació -en su mayoría- durante la dictadura de Velasco, padeció la incipiente democracia de los ochenta, resistió la autocracia fujimorista y sobrevive aún al desencanto y la decepción de este sistema vilipendiado por los Toledo, los García y los Ollanta. Esa generación le dio al proceso de nuestra literatura libros emblemáticos como “Zona Dark” (Montserrat Álvarez), “Las quebradas experiencias” (Xavier Echarri), “Itinerario del alado sin cielo” (David Novoa), “Elogio a la nada” (Tomás Ruiz), “Este es mi cuerpo” (Lizardo cruzado), “El libro de las señales” (José Carlos Yrigoyen), “Lima o el largo camino de la desesperación” (Carlos Oliva), “La virgen negra” (Johnny Barbieri), “Libro del sol” (Josémari Recalde), “De este reino” (Victoria Guerrero), “Sinfonía del kaos” (Rodolfo Ybarra), “Bajo el cielo de Satán” (Enrique Hulerig), “Casa de familia” (Selenco Vega), “Vestigios” (Miguel Ildefonso), “Abajo sobre el cielo” (Roxana Crisólogo), “Alveron o toda el agua de la noche” (Manuel Medina Velázquez), “Ritual de los prójimos” (Renato Cisneros), “En los sótanos del crepúsculo” (Héctor Ñaupari), “Reclamo a la poesía” (Rafael Espinoza), “Por la identidad de las imágenes” (Leoncio Luque Cotta) y “Pista de baile” (Martín Rodríguez Gaona), por sólo citar algunos. La tarea pendiente es escribir sobre esa generación que no sólo tiene sus mártires sino que continúa afirmándose como una de las más consistentes, de pie, escribiendo.
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(Publicado en el diario Expreso el jueves 22 de octubre de 2015)