martes, 8 de julio de 2014

Diálogo entre Gustavo y Rosina Valcárcel (A propósito del lanzamiento de CUENTOS DESDE LA LUNA ROJA)


César Gustavo Valcárcel Carnero, mi hermano mayor, nació en Lima, el 24 de octubre de 1945. Día que la ONU fue fundada en San Francisco (California) por 51 países, al finalizar la Segunda Guerra Mundial (con la firma de la Carta de las Naciones Unidas). Gustavo, actualmente le da importancia al arte, antes la ciencia lo tenía jaqueado. Es un magnífico fotógrafo ecologista. Su afición y pasión por la narrativa verá sus frutos el jueves 10 de julio, a las 7 de la noche, cuando se realice la presentación de su libro CUENTOS DESDE LA LUNA ROJA, que Summa Editores lanza este año 2014.

R: ¿Qué remembranzas alegres y tristes evocas de la infancia en México?

Remembranzas tristes, sustancialmente no tengo, salvo el dejar ese hermano país (nuestra segunda patria, luego de seis años de destierro de papá), despedida de los amigos y el desprendimiento de nuestro adorado perro “Palomo”.
En cambio, la alegría brota en mis recuerdos con cada pasaje que nos hicieron vivir nuestros padres. El bosque de Chapultepec y su gigante castillo, donde se inmolaron niños cadetes defendiendo su territorio de la invasión francesa. El Club Deportivo Hacienda donde nos bañábamos en pleno invierno. Los viajes a Palo Bolero, a Cuernavaca, Veracruz, las películas infantiles soviéticas que veíamos de vez en cuando, etc. Las reuniones en casa con los “tíos” que queríamos: Luis de la Puente Uceda, Juan Gonzalo Rose, Manuel Scorza, el tío Willy Carnero Hoke, el tío Genaro Carnero Checa con nuestros primos (Genarito y Nuri), Jacobo Hurwitz (y Anita); Teodoro Azpilcueta y familia, etc.; eran reuniones de desterrados para armar la Revolución, leer, platicar, escuchar música criolla con sollozos y expresiones de alegría y soñar con el retorno al Perú Son innumerables los recuerdos que fluyen como cataratas al lado de nuestros padres, incluyendo nuestras “nanas queridas” Matilde y Dolores, que nos dieron su ternura en la compañía y crianza.

R: Cuando eras adolescente te gustaba escuchar música clásica, por ejemplo El Lago de los Cisnes, ¿qué otras piezas fueron de tu agrado y por qué?

En casa papá oía exquisita música, pero no era pedagogo con nosotros; siempre lo veía en un pedestal alto que no podía alcanzar. Pero, quien me empujó al mundo de la música clásica fue nuestro amigo de la adolescencia Enrique Romero Chigne (“Quique”). Con él escuchaba su colección de discos LP de los grandes clásicos universales. Me impresionó excesivamente la potencia de la 5ta. y la 9na; tronaron sus notas en mi caja toráxica. Sinfonías de Ludwing van Beethoven; además de la dulzura de “Para Elisa” y “Claro de luna”. La suavidad de clásicos con Tchaikovsky, Mussorgsky, Rimsky Korsakov, Chopin y otros. Fue mi inicio en la modesta cultura musical que sigo arrastrando, a mi lado más allá del tiempo.
La música imprime dulzura en el alma, te da calma o furor, te aísla del mundano quehacer que te rodea y te transportas a otras latitudes inimaginables. Además, te acondiciona la mente para producir como si estuvieras con la quietud del mar por las mañanas. En la actualidad, acercándome a los 69 años, mi ambiente laboral lo rodeo de clásicos y de música instrumental ligera. En Moscú, siendo estudiante universitario, asistí a varios conciertos y ballets en el Teatro Bolshoi: vi Giselle, El Lago de los Cisnes, La Bella Durmiente y otras obras.

Violeta caminando con su hijo Gustavo
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R: ¿Qué rescatas de tu viaje a Europa del Este, de la universidad Lumumba, de su enseñanza, de tus condiscípulos?

De los extintos países socialistas conocí, aparte de ciudades importantes de la URSS: Polonia, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria. Dentro de la URSS estuve varias veces en Leningrado, visité Bakú, Moldavia, Sochi, Bielorusia, Ucrania y ciudades menores. El común denominador de ellos fue la solidaridad, la amistad y la ausencia de lacra del capitalismo (robos, prostitución, etc.). No puedo negar que, eventualmente, encontré personas insatisfechas o frustradas, pero no era lo usual. Tampoco les di mayor importancia, pues era tanta mi pasión por el socialismo, que hacía oídos sordos a cualquier “raje”.
Mi universidad fue una de las mejores, pues las exigencias en el estudio eran altas. Quien salía mal en sus notas, lo regresaban a su país. Todos los fines de semana habían controles escritos de cada materia y exámenes los fines de mes. Así que la pasábamos estudiando. Contrariamente a lo que se dice o piensa la gente, el adoctrinamiento no se practicaba, pero –obviamente- sí nos enseñaban historia, geografía y cultura general del país. También teníamos prácticas pre-profesionales. Todo lo subsidió el pueblo ruso.
Mi mayor logro (porque no pude ejercer mi profesión a cabalidad) fue obtener una férrea disciplina en mi formación y, creo, una amplitud de criterio para tomar decisiones. Eso me ha permitido trabajar en disímiles puestos: traductor, jefe de proyectos ambientalistas, funcionario municipal, asesor y consultor en diferentes instituciones del Estado.
De mis amigos no sé nada, y me apena un poco. Cada quien marchó a su país de origen y jamás me carteé con nadie. No había Internet. Pero, sus rostros los llevo guardados en mi espíritu.

R: ¿Qué libros marcaron tu primera juventud?

Definitivamente, la avidez por la aventura, el conocimiento de la naturaleza, me la dieron las obras de Julio Verne y la Teoría de la Evolución de las Especies de Charles Darwin. Ambos escritores marcaron la huella que sigo en vida. Posteriormente, la serie televisiva de Jacques Cousteau me arrimó eternamente hacia el mar y la fascinación del mundo submarino con sus sistemas ecológicos, él dijo: “La felicidad de la abeja y la del delfín es existir. La del hombre es descubrir esto y maravillarse por ello”. Gran frase! Mi vocación ha sido siempre la naturaleza, la ciencia y la investigación. Las novelas de autores rusos. Libros como La Guerra y la Paz, Así se templó el acero. También, el Lobo Estepario de Hermann Hesse: ”Lo que más odiaba era todo lo mediocre, normal y corriente”. El Viejo y el Mar de Ernest Hemingway; las aventuras de Tom Swayer de Mark Twain; Robison Crusoe, la obra más conocida de Daniel Defoe (1719), considerada la primera novela inglesa. Más adelante, del cine extraigo filmes que participaron en mi formación: El Acorazado Potemkin, El 41, Pasaron las Grullas, películas sobre la Gran Guerra Patria (así denominan los rusos a la Segunda Guerra Mundial).

R: Desde hace dos décadas esbozas narraciones, ¿cómo así decidiste armar un libro finalmente?

Vaya, vaya, sí que te gusta rasquetear el alma. Comencé escribiendo un poema dedicado al Che Guevara, cuando el mundo quedó conmocionado con su asesinato: “Los poetas no deben escribir hoy día que han matado al Che/ porque su muerte no es causa de congoja/ Los poetas sí deben escribir esgrimiendo sus fusiles cotidianos…”. El tiempo se encargó de perderlo. Estaba yo en Moscú y desde ese entonces comencé a garabatear hojas en blanco, todas llenas de versos que finalmente iban a su destino: el basurero; pero me ejercitaba en la redacción, corrección y constancia. Cuando viví en Chiclayo se produjo el fenómeno de El Niño de 1982, no tenía trabajo fijo y el tiempo sobraba. Nació la curiosidad de anotar mis anécdotas, que he venido puliendo más de treinta años. Tengo de esa época a “Don José Suclupe”, “La enferma”, “El sueño de Angelina”, “Luna de miel” y “El brujo de Pichanaqui”. Los tres últimos, corregidos, integran mi libro, que saldrá a las calles en estos días, a ver quién se interesa, lo adquiere y lee.
Hace cuatro meses, aproximadamente, me puse a pensar en la vida. Me di cuenta que si no dejaba algo publicado, mi existencia por la Tierra iba a ser efímera Me puse las pilas, hablando en romance criollo, revisé lo que tenía y elegí a los tres cuentos citados. Ahora sí podré pasar a otra dimensión, pero con un libro que podría hacerme durar más de dos generaciones; al menos, así lo anhelo.

R: Tu labor en el Ministerio de Pesquería, ¿cuándo trabajaste en el Proyecto Bayóvar, qué experiencias te dejó?

Tuve a mi cargo a un grupo de 40 científicos, profesionales y técnicos que en 1975 partimos a Piura para ejecutar un proyecto que yo había concebido “Evaluación de la Bahía de Sechura para prevenir la contaminación ambiental”.
Corría el Gobierno Reformista del General EP Juan Velasco Alvarado. Ministro de Pesquería era el General EP Javier Tantaleán Vanini y –luego- el General Guillermo Arbulú Galliani. Entre químicos, oceanógrafos, meteorólogos, biólogos marinos, ingenieros pequeros, analistas de laboratorio, etc., montamos un centro de investigación, pionero en la historia de la evaluación de sistemas ecológicos del Perú. Pudimos cuantificar e identificar a las especies marinas originarias del lugar. Evaluamos las complejas corrientes de la bahía, registramos las condiciones meteorológicas, etc. Se publicaron tres artículos científicos, sentando las bases de cómo se hallaba el lugar antes del boom petroquímico, minero y pesquero de Bayóvar.
Un General infausto, cuyo nombre no deseo mencionar, dio golpe de Estado y a los pocos días nos quedamos sin el nuevo Gobierno, sin trabajo, sin pan, sin explicación alguna. Volvía al Perú el prejuicio anticomunista, con sabor macartista. Al poco tiempo mis compañeros tuvieron que partir a distintos lugares y el sueño, la inversión, quedaron truncas. Eso sí dolió en lo más profundo de mi ser. Sentí que, injustamente, me mutilaron, pues el gran trabajo planificado ambientalista, fue tirado al basurero.

R: ¿Amas la naturaleza de modo singular?

Sí, hermanita. Las especies animales y vegetales, la preservación de los ecosistemas, principalmente el marino, han sido mi pasión por años. Como ya el rigor de los años no me permite tener aventuras en el campo, me conformo y distraigo viendo todas las noches “Animal Planet” y los canales del Discovery, History, Nat Geo; además de los interesantes documentales del Canal 7 del Estado sobre el Perú. Felizmente, en la actualidad estoy conectado vía Inernet (Facebook) con centros de investigación ambiental de quienes recibo información y me mantengo actualizado.

R: ¿La figura paterna-literaria debe ser motivo de inspiración, pero también debe resultar una suerte de carga?

Eres medio brujita, hermana. Debe haber algo en la naturaleza que se transmite a través de los genes, llamado factor hereditario, como gigantes moléculas que pasan a tu torrente sanguíneo y se depositan en celdas dentro del cerebro. Yo debo haber recibido de papá una dosis de esas asombrosas moléculas, porque me apasiona escribir, desde una simple carta versos desentonados hasta relatos y cuanta colección de letras pueda juntar en un párrafo. Pero, te acuerdas que nunca tuve muy buena ortografía y me daba flojera buscar en el diccionario, ese gigantesco “burro” (a decir de papá) que había en casa, de la Real Academia de la Lengua Española. Sí que pesaba el condenado ese. Creo que ha terminado en tu biblioteca.
Un cambio radical y fascinante ha sido la incorporación del diccionario con corrector automático en el procesador de textos “Word”. Si te equivocas aparece un subrayado rojo, verde o celeste, según el tipo de equivocación tengas. Ahora es más fácil escribir y aprender ortografía. Desde ese instante mi dedicación a la escritura literaria se ha incrementado. A veces no sé lo que voy a escribir, pero pongo las yemas de los dedos sobre el teclado y se van solitas, apretando letra por letra para formar palabras, oraciones y párrafos. “¡Mostro!” como dicen los hijos y los queridos nietos.
En cuanto a la “carga” que ha significado la reputación de papá como literato ganador del Premio Nacional de Poesía y los Juegos Flores de San Marcos en 1947; y, después, tu imagen poética y de historiadora han sido (y son) una barrera muy dura de flanquear. Creo que esa es la causa principal por la que no he publicado antes. Razón por la cual me he esmerado en presentar al público un trabajo pulido y revisado. En fin, si no gusta, será porque no soy buen escritor, pero… eso sí, un aficionado apasionado o “un mal escritor sin errores”, (jajaja).
Ya tengo en mente mi siguiente cuento: “¿Quién mató a Blanca Estela Bisett?”. Iniciaré próximamente el trabajo de investigación, esbozo y redacción por fragmentos. Va a ser interesante, de suspenso, en ambiente moderno, que, considero, a más de uno le va a interesar y gustar.

Violeta Carnero y Gustavo Valcárcel
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R: ¿Qué virtudes y limitaciones rememoras de Violeta?

No creo distinguir ninguna limitación en mamá. Ella lo podía todo. Era muy resuelta para ejecutar sus decisiones. En mi memoria sólo he acumulado sus virtudes: Recibir el título honorífico de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos como Periodista, por su gran contribución en este campo, sin haber terminado sus estudios secundarios. Tenía nobleza, amor inconmensurable, amplia solidaridad con todas las personas. Su sensibilidad y relatos de tristeza no podía aguantarlos, se me exprimían lágrimas de los ojos. Y, fue una persona muy estoica, con principios morales, éticos, políticos y revolucionarios. En suma, una gran luchadora social y musa de la poesía romántica de nuestro padre. Violeta, como ella anunciaba, es inmortal, al menos para mí.

R: ¿”Cuentos desde la luna roja” resulta un proyecto cuyas intenciones devienen un tanto íntimas, algo musicales y un poco extrañas, más que rigurosamente literarios? ¿Por ello, en todos sus matices bebiste del testimonio, de la crónica, de la poesía, de los sueños, del periodismo, y, acaso un poco del ensayo, también? ¿O me equivoco?

¡Carambas!, ahora sí te graduaste de Maga. Tú sabes que jamás he estudiado Literatura. Tampoco, redacción (salvo el efímero curso de Legua Española en Secundaria), ni he asistido a círculos literarios. Por lo tanto, soy un lunar en medio del lado visible de la luna. Mi formación personal es científica y tengo experiencia en administración pública, sobre todo municipal. Me retiré de dos círculos de “escritores” en la Web, porque me puse a corregir ortografía (¡yo corrigiendo ortografía!) y redacción a personas que se vanagloriaban y sentían grandes escritores y se tiraban flores y alabanzas entre sí. Terminé “metiendo la pata” y me retiré. Esa es mi “formación” en este campo, que le voy tomando el gusto poco a poco. He redactado artículos periodísticos de modo autodidacta; he escrito versos y cuentos, sin ser literato; es decir, me estoy metiendo a la piscina sin haber aprendido a nadar bien. Ojalá que no salga maltrecho…
“Cuentos desde la luna roja” es la suma de tres narraciones fantasiosas de episodios que me han sucedido en la vida y las he trasladado a cuentos con personajes mestizos, algo reales, algo inventados. Todas las escenas son creadas sobre la base de ciertas ocurrencias que me han sucedido. Evidentemente no son cuentos 100% puros, nacidos de mi capacidad y conocimientos literarios. No lo tengo, como ya lo confesé. Sin embargo, me esmero en darle identidad a los personajes, veracidad circunstancial a las escenas y organización de una trama que atraiga al lector. Vamos, pues, no recibiré un Premio pero –de repente- algún comentario alentador en algún medio de comunicación. Me interesa que la gente lea mi trabajo y se emocione. A ello apunto.

R: A nivel nacional, ¿con qué autor te sientes más identificado? O con ninguno?

Definitivamente de quien fuera amigos de nuestros padres: Julio Ramón Ribeyro, el maestro del cuento y su técnica. Lo admiro, algo de él he tratado de asimilar. De antaño, Don Ricardo Palma y sus inagotables “Tradiciones Peruanas”. 
La poesía nacional con la que más me identifico es la de César Vallejo, nuestro paradigma. De ahí salto a Gustavo Valcárcel, Gonzalo Rose, César Calvo, Javier Heraud, Arturo Corcuera, Reynaldo Naranjo, Gladys Basagoitia, de las promociones del 50 y 60. Sabemos que en narrativa destacan Eduardo González Viaña, Carlos Calderón Fajardo, Jorge Nájar, Óscar Málaga, por ejemplo. He leído algunos libros suyos recientemente.

Arturo Corcuera, Rosina Valcárcel, Gustavo Valcárcel, Marcos Ana, Violeta Carnero y Winston Orrillo
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R: ¿Qué punto ha sido el más frustrante durante esta experiencia?

No tener dinero para aprender más de nuestro rico idioma y poder seguir escribiendo a dedicación exclusiva. En una sociedad más avanzada el Estado debería subvencionar a quienes se dediquen a la cultura, a la creación artística. Pero, ahora, ni César Vallejo podría vivir de la poesía sin trabajar como ayudante de contaduría. Hay que trabajar durísimo, sacrificar la vida personal, a la familia meterla en las limitaciones económicas hasta (si tienes cierto éxito) ser reconocido por las editoras para que “aflojen” dinero por adelantado. Ahora, dejas tu vocación a un lado para conseguir recursos económicos. Sólo tienes las noches, madrugadas, algo de los sábados y domingo, para dedicar unas horas a lo que te apasiona.

R: ¿Qué aspecto te está dando más alegría?

La satisfacción de haber cumplido con una de mis grandes aspiraciones en la vida: la de publicar un libro en el campo de la literatura. (Tengo en la rama de la ciencia y de la administración municipal). También, la expectativa, y la adelantada respuesta de parabienes de familiares y amigos que recibo vía el Facebook.
Es muy grato sentir el reconocimiento de familiares y amigos. Es saludable. Es una suerte de compensación a la dedicación, sacrificio, atrevimiento y riesgo personal.



martes, 15 de abril de 2014

Ronald Arquíñigo Vidal: ESCRITOR DE ANTEOJOS


Escribe: Jorge Nájar
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En las once historias que componen Cada uno con su infierno (Summa, 2013), Ronald Arquíñigo Vidal (Lima 1982) se enfrenta a la prueba de un invento literario que apuesta por todo o nada: si decae su carácter expectante o falla el desenlace, el invento puede caer en el vacío. Tal es el destino de los cuentos. Tal es el destino de los cuentistas.
En la historia con la que abre estamos en un tugurio limeño. El protagonista es un ser disminuido por el desprecio. Un narrador omnisciente narra su sufrimiento y nos conduce por un turbio acantilado para cobrarse la venganza: ¿de qué?, ¿contra quién? Lo que se apresta a realizar ese pobre diablo hace que el lector se mantenga en vilo, suspendido de la palabra que escarba con minucia y sin piedad en esa conciencia. No tiene ni una gota de grasa. Todo es fibra. En la segunda historia, el escenario se ha trasladado a Buenos Aires. A diferencia de la historia limeña, aquí las calles y los bares tienen nombres propios. Matías acude a una cita con su novia y se encuentra, en una situación equívoca, con el mensaje descubierto entre ceniceros y tazas en la mesa del Bar Suárez. El mensaje está dirigido a alguien cuyas iniciales no corresponden con las de Matías, pero la caligrafía se parece a la de su novia. El esclarecimiento de esa situación es el motor de una historia que avanza imperturbable hacia el meollo de la tragedia.
Más allá de las anécdotas está la música que resuena en cada una de ellas. La música de la prosa narrativa. La música de fondo. A lo largo de todo el conjunto el oído reconocerá esas entonaciones. En unas se oyen los desgarramientos del vals peruano y su preferencia por historias de callejón. En otras, las melancolías del tango. Y en casi todas el trasfondo del jazz. Se trata de un universo en el que se entreteje el mundo de las pasiones rebosantes de furias, odios y rencores que llevan al crimen en la intensa música de la noche. Se levantan ante nuestros ojos verdaderas ruinas de la existencia navegando entre habitaciones sombrías cuyas ventanas dan a jardines ruidosos, barrios degradados por la violencia, embarcaderos, bares, estaciones de trenes abandonadas. No son simples detalles de la anécdota. Es el nervio mismo de estas historias dramáticas. Pero lo que verdaderamente importa en su caso es el ojo y la voz que desde el fondo de esos infiernos, narra, pinta, describe, otorga olores, luces y sombras a la vida cotidiana de una serie de personajes marginales.


A lo largo de todas las historias el lector avanzará dividido entre esos dos mundos, entre esas dos melodías, hasta asistir a la aparición de “el escritor de anteojos”, descrito prácticamente con las características físicas del autor: “un tipo alto y flaco, bastante desaliñado” tal y como aparece en una de las solapas del libro. A partir de ese momento los cuentos ganan en luminosidad, los escenarios son más bien diurnos y sus personajes son escritores, músicos, gente inmersa en el arte, pero aún así, gente abandonada en el camino. Resulta pues tentador afirmar que el autor narra historias muy cercanas, tal vez vividas en sus trajines entre el mundo rioplatense y el universo que germina crece y agoniza en las tres veces coronada villa.
El cuento con el que cierra el volumen es de antología. El escritor de anteojos es presentado por el narrador omnisciente en su nicho ecológico, una habitación dentro de una vivienda urbana colectiva. Se trata de un conventillo en el que cada cuarto es alquilado por hombres solos. Los servicios son comunes para todos los inquilinos. Solitarios que se esquivan unos a otros. Gente ensimismada en sus propias preocupaciones: un escritor poco satisfecho de sus propios proyectos de escritura, un envejecido intérprete de tangos y milongas en su estrecha habitación. Seres anónimos que pasan como sombras por los pasillos y corredores. Allí el escritor recibe la visita de Andrea: “Lo previsible sucedió, pues terminaron haciendo el amor, espiados por la luz anochecida de la calle y anestesiados por la música melancólica del viejo.” Una verdadera delicia de discreción y hasta de solidaridad con ese mundo inundado de melancolía.
Como ya se señaló, las historias de Arquíñigo Vidal arrastran compases del sur, de milongas, de valses y, sobre todo de mucho jazz, de mucha noche, cervezas y whiskys. Y un gran desasosiego. Todo eso, más la minucia de los detalles para retratar tanto el mundo visible como el invisible, termina por plasmar en unos textos cargados de poesía órfica.

Narradores: Ronald Arquíñigo Vidal y Pablo de Santis.

lunes, 14 de abril de 2014

Entrevista a LU CAROLINA, autora de LA BULLA Y EL SILENCIO.


"Con este cuento quiero lograr que los niños enriquezcan su imaginación, fortalezcan sus valores y tengan libertad para crear, 
para que imaginen" (Lu Carolina)


El año pasado Summa editó LA BULLA Y EL SILENCIO, la ópera prima de Lu Carolina, la joven escritora que ha asumido muy en serio el oficio de narrar para incentivar en los niños el hábito de la lectura. Lu escribe poesía, hace cuentacuentos, es docente de educación primaria y tiene dos novelas que ya está corrigiendo. Les dejo esta entrevista que les ayudará a conocer más sobre la novel narradora. 

Por: Harold Alva

¿Desde cuándo escribes?

Escribo desde que estaba en la secundaria. Comencé a escribir porque cuando era adolescente me era muy difícil expresarme y decir lo que sentía o pensaba, a diferencia de ahora que sucede todo lo contrario. En esa época un lapicero y un cuaderno eran mis mejores aliados para manifestar mis sentimientos o emociones. Me costaba mucho hablar y prefería mil veces escribir cartas o simples escritos entre poemas, cuentos o breves relatos que hasta la fecha conservo.

¿Te sientes cómoda con el cuento, por qué lo elegiste?

Mucho, fue en realidad uno de los primeros cuentos que escribí en el 2010 cuando empecé a trabajar en el colegio donde laboro actualmente, Innova Schools. Lo elegí porque año tras año lo contaba a cada grupo de niños que tenía a mi cargo, para ser específica, segundo grado de primaria y veía que causaba un gran efecto en ellos: Empezaban a “hacer silencio” y aprendían a escuchar atentos las clases. Ese en realidad fue el objetivo del cuento, que en primera instancia sólo estuvo en mi cabeza por tres años y recién el año pasado decidí redactarlo y  publicarlo.

La bulla y el silencio, es un cuento para niños, para muchos es complicado trabajar textos para niños porque presupone otro tipo de sensibilidad, quizá inocencia ¿cuánto tiempo te demandó trabajar esa historia?

Sí es un cuento para niños desde el nivel Inicial hasta segundo grado de primaria o incluso hasta tercero. La verdad es que para mí no es nada complicado escribir cuentos para público infantil, para ser franca me encanta hacerlo, las ideas surgen en mi cabeza con tan sólo escuchar una palabra, empezar a imaginar un ambiente determinado o tener la necesidad de crear un cuento en el momento de  hacer mi clase con un tema específico. Muchas veces creo cuentos hasta para el área de matemática en tan sólo minutos cuando dicto mi clase.
Concebir ese cuento me tomó unos minutos y redactarlo menos de una hora. Con respecto a la sensibilidad para escribir, sí soy alguien bastante sensible aunque a simple vista no se note, llevó una niña interior como todo adulto, creo, que le encanta revivir momentos de juego, risa, canciones y viajar muchas veces por el país de la fantasía, como dice la canción de Roberto Gómez Bolaños en unos de sus programas.
A esto le agrego que tuve una infancia muy linda con momentos inolvidables, sobre todo en las noches cuando mi papá me contaba cuentos de terror para dormir y mi mamá cuentos de hadas e incluso mis tíos lo hacían pero, la verdad, nunca llegaba a dormirme, ellos se dormían y yo tenía que despertarlos para que me cuenten el final de los cuentos a pesar de que ya los sabía.



¿Cómo seleccionaste tus personajes, por qué quisiste darle vida a esa polaridad y no sólo juntarla sino interrelacionarla?

Más que seleccionarlos, me vi en la necesidad de hacerlo porque, como te dije, suelo mucho crear cuentos en el momento que los necesito, además todo docente siempre va a estar en contacto con la bulla y el silencio en sus clases y muchas veces vamos a necesitar del silencio más que la bulla. Ese día me presenté ante los niños y necesitaba su atención y al ver que hacían bulla, se me ocurrió el cuento en unos minutos, donde el silencio gana al final. Y viendo el punto de la polaridad y tomándolo desde un aspecto más personal, creo que nada existiría si no hubiera contradicción o contraposición, cada polo es importante y en mi cuento ambos lo son, ambos aprenden.

¿Hacia dónde crees que nos lleva la literatura, o hacia dónde quieres que te lleve a ti, o hacia dónde quieres tú llevarla?

Nos lleva a un mundo mágico de expresión, emoción, sensación y contradicción, creo que toda persona que escribe viaja por diferentes lugares que quizá no existan en la vida real. Cada vez que escribo me transporto.
Por otro lado considero que la literatura infantil es un mundo abierto para cada niño, un mundo que no podemos imponer a que lo visiten, sino invitarlos a conocerlo. Con este cuento quiero lograr que los niños enriquezcan su imaginación, fortalezcan sus valores y tengan libertad para crear, para que imaginen.

¿Qué te deja la escritura?

Deja un sabor delicioso entre mis dedos. Publicar mi primer libro ha sido realizar un sueño que ha permitido que me crezcan las alas y aumente esta sensación por seguir escribiendo y concebir otros proyectos literarios.

¿Cuál es tu próximo proyecto? ¿Hay un próximo proyecto?

Sí, tengo muchos proyectos, el que se viene será una novela para niños un poco más grandes. Se llamará “Mi mamá es una bruja” y aunque el título suene bastante fuerte, tratará de los poderes mágicos que tienen todas las madres que representan a una bruja buena que con sus hechizos permiten que sus hijos las admiren y las amen. En realidad me inspiré en mi madre para escribirla porque la considero mi modelo a seguir al igual que mi padre al que también próximamente dedicaré otra novela titulada “Mi papá es un sapo”.

Otro de los proyectos que tengo en mente es escribir la continuación de “La Bulla y El Silencio” y publicar un libro de cuentos exclusivamente para docentes y finalmente desarrollar mi  faceta de “cuentacuentos”.

Con el editor de Summa, en la presentación de LA BULLA Y EL SILENCIO. 

lunes, 7 de abril de 2014

“Para ser poeta, hay que haber vivido en el infierno”: reseña de libro “Vallejo en los infiernos” de Eduardo González Viaña


Escribe: Blanca Estela Bisset

Una de las pocas cosas buenas que tiene este fenómeno nuestro de la globalización, es que podemos acceder a mundos que antes nos estaban vedados, a personas distantes, a culturas antes inaccesibles. Así, pues, por mi parte abuso de este beneficio y disfruto del errático descubrimiento de libros, autores, experiencias, sensaciones, casi todas virtuales, pero no por eso menos ciertas y presentes. Hace apenas un día llegó a mis manos este libro épico, monumental, asombroso. “Vallejo en los infiernos” Una biografia casi novelada del amado poeta ausente, aquel que se nos murió en París, un jueves de aguacero. Antes de ésta, leí con avidez y gratitud, dos biografías, una de Espejo Asturrizaga y otra de Córdoba. Ambas eran un encomiable intento, pero desde mi humilde opinión, faltó la perspectiva del tiempo y la cercanía afectiva de ambos con el poeta, restó rigor objetivo a sus escritos. 
Hasta que llegamos a esta ambiciosa empresa del escritor Gonzalez Viaña. La primera cosa que debe decirse sobre la obra es que no permite respiro. Tal vez sea el poeta, quien atrapa, o el biógrafo, pero desde que se abre la incitante cubierta con el aliento contenido, no se puede sino llegar hasta la última letra; y llorar, de gratitud, de admiración, del bendito estado de gracia que producen las obras maestras. Escribo esta poca cosa, insomne, hambrienta y agotada, pero con el inmenso gozo de haber penetrado un arcano.


Vallejo fue encarcelado en Trujillo bajo la acusación de haber participado en un oscuro pero sangriento incidente ocurrido en su localidad natal de Santiago de Chuco. Las circunstancias que rodearon el suceso (Vallejo había pronunciado allí unos días antes una conferencia en la que defendió apasionadamente a los campesinos pobres y atacó con idéntica pasión a las instituciones que permitían impunemente los abusos a los poderosos), o las razones que adujeron las autoridades para acusar y encarcelar al poeta nunca quedaron del todo claras. Aunque también es posible que tales razones carecieran de importancia y lo único relevante fuera que Vallejo se había creado unos enemigos muy poderosos y capaces de recurrir a la compra de jueces y testigos o a un monumental fraude procesal.
El propio director de la prisión, impresionado por el aspecto del preso que acaban de poner bajo su custodia se asombra del poder y la mala fe de unos enemigos que además de encarcelarlo han presionado para que sea llevado al ala más peligrosa y temida de la prisión, al infierno. El término guarda analogía con el misticismo omnipresente en la obra del poeta, y sus antecedentes de aspirante a clérigo. Para nada es casual esa elección. González Viaña – casi camarada del poeta en su calvario – elije la expresión dantesca, sólo después de haber sopesado cuidadosamente la dimensión de su significado.
Gracias a una campaña popular que puso en pie de guerra a los sectores más combativos del país, las autoridades no se atrevieron a mantener en tan espantosas condiciones a su preso más conocido y en marzo de 1921 (es decir, más de cien días después de su ingreso en prisión) aceptaron concederle una suerte de libertad condicional que no le exoneró de las acusaciones, pues la idea era seguir más adelante la causa judicial abierta contra él.


Ese es el comienzo del exilio parisino de Vallejo, que alternará con residencias temporarias en España. Nunca más pudo regresar a su país, tal como lo profetizó en su “Piedra negra, sobre piedra blanca””. Las algo más de quinientas páginas se leen con avidez sedienta. Ahí está presente el poeta en su pequeña vida cotidiana. Produce la extraña sensación de que González Viaña formó parte de esa familia torturada y heroica; que estuvo ahí, aliviando penas, enjugando llantos. Hermano de César en la cárcel de Trujillo. Mi segunda conclusión, es que luego de la lectura de “Vallejo en los infiernos” debo releer toda la obra vallejiana. No serán los mismos ojos, quienes lean “Trilce”, ahora que lo sé todo. Ahora que el poeta me abrió su alma atormentada, y que yo también – de algún modo – descendí con él a ese abismo. Nuevos serán también sentimientos y sensaciones al leer “Poemas humanos” o “La cena miserable”.
Para la última de mis conclusiones, invocaré a un notable. Dijo alguna vez, León Tolstoi: “Siento que no debo escribir, cada vez que veo a otros, hacerlo mejor de lo que yo pueda quizá hacerlo nunca”. Y es que me deslumbra la prosa elegante y a la vez coloquial, asequible, pero erudita. El señor González Viaña - me temo – ha desalentado para siempre mis pretensiones de escritora. Destino será el mío, de seguir leyendo, sus obras y las otras que me lleguen.
Vallejo es y será por siempre mi preferido. Por la intensa sensibilidad que trasuntan sus poemas, por la fuerza expresiva de su palabra, tremolando cual bandera. Porque es un símbolo, no del Perú, ni tan siquiera de la América Latina. Es emblema de una humanidad que no se resigna, combativa, comprometida, heroica. Esta obra sobre su vida, es tal vez el más digno homenaje que se haya hecho a su epopeya. Feliz de mí, de haber podido ser testigo. 
Gracias Eduardo González Viaña por “Vallejo en los infiernos”, gracias Perú, por César Abraham Vallejo Mendoza.

domingo, 6 de abril de 2014

HAROLD ALVA EN LA INSOMNE CIUDAD DESIERTA

 “Tú escribes como quien ha roto su lengua
para penetrar con los nervios las respuestas de la tarde”.

               H.A.
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Escribe: Winston Orrillo
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“Una poesía con otra forma de decir las cosas”, dice, acertadamente, el vate y crítico, Dimas  Arrieta, en la nota de contracarátula de CIUDAD DESIERTA, Summa editores, 2012, la más reciente obra del joven (Piura, 1978) poeta y hombre de letras,  Harold Alva Viale.
Un breve volumen, para decirlo de entrada, que es congruente con una poética del desasosiego, de la angustia, de todo aquello que nos visita en lo que el maestro Borges llamaba “la atroz lucidez del insomnio”. Y esto último no es una casualidad, porque una suerte de subtítulo del texto es “Apuntes para convivir con el insomnio”
La columna del suscrito es, lamentablemente, exigua en espacio, por lo que, si nos detenemos en el desmesurado currículo de Harold, se nos va la mitad de aquél, por lo que nos limitamos a señalar su más de media docena de poemarios, una novela, una saga de cuentos para niños y otras seis antologías, amén de sus viajes al extranjero, como invitado especial a certámenes de líridas, la traducción de sus versos y su trepidante condición de editor, Altazor, 2009/2011 y, actualmente, Summa, así como la dirección de la revista de cultura y política “Contrapoder”; y, por si fuera poco, fue Editor de la Revista del Foro del Ilustre Colegio de Abogados de Lima. (Habrá, el curioso lector, de preguntarse cómo se hace para tener tal multiforme y plural cúmulo de actividades. Sólo él lo sabe, aunque sotto voce se comenta que, gracias a su insomnio pertinaz, puede vivir, al mismo tiempo engolfado en actividades tan exigentes y disímiles).
El presente es un libro, al parecer, producto de aquél (el insomnio) y, por ello, las imágenes nocturnas se suceden y abarcan la gran continuidad de estos versos (en prosa), con ecos precisos de Lautremont, Rimbaud y Artaud, en su violencia lingüística y en el cúmulo de desazón que nos transmiten: “NOCHE QUÉ PRETENDES AHORA cuando he sido declarado un hombre muerto Yo pensé que evitar el respiro había sido suficiente para que me exculpes de tu salivazo siniestro”.



El poeta, como sucede desde Baudelaire, es un animal urbano: la ciudad, en este caso Lima, es su leit motiv, y su retrato no deja de producirnos una sensación de escalosfrío: “LIMA LLEGA CON LOS BRAZOS helados a tocarme y yo me refugio en tus palabras que aparecen como leños Me abrigo con ellas…”
Y, en cuanto al estilo, la singularidad de Alva, en la poética peruana ad usum, se da en la extremada situación límite de su tratamiento literario: “Tú escribes con la lengua muerta de los resucitados Con la visión de un ángel que destroza lo inefable Tú escribes con los huesos Tu palabra tiene sentido porque en sus llagas reconozco  el osario de la niebla Las hojas que tiritan al contacto de fantasmas que retornan para liquidar tu nacimiento”.
Pero, paradójicamente, aquí está la clave: la poesía es, entonces,  la única salvación. El poetizar es un maderamen en el que el bardo, transido, se refugia: es su boya con la que puede cruzar el piélago, dilacerado y fragoroso, de la urbe: “Miré los postes Me conmoví con la sombra de un pájaro que volaba sobre el hotel Bolívar y corrí hacia donde tú estabas”.
No hay mucho, pues, de diáfano en estos versos en prosa retorcida, nocturna y terebrante: “UN POEMA COMO LA NOCHE  que se difumina con la luz solitaria de los postes Un poema como tus manos sobre el vidrio Como tu don para quebrar mi hábito de asceta  Como tu risa Como el aire que intenta romper la lengua de las puertas”.
Y aquí está una clave que, por fin, nos permite hallar una salida: el poema de amor, expresado con una aguda sensibilidad, que es como un camino por el que se nos conduce de vuelta a la vida: “TOCO TU VOZ: sepulto mi corazón en una esquina La tarde abandona su sombra con la inquietud de un pájaro que silba como un semiota confundido frente a un quipu Y nadie se acerca Toco tu aire La velocidad de tu emoción suspendida  en los símbolos de una pununa Y nadie nos cerca Nadie ahora que mis ojos se quiebran". (Repárese en el no uso de la puntuación).
Y así, como éste que hemos escogido al azar, hay varios otros: un espléndido ejemplo es el que citamos para concluir: “PUEDO DETENERME TODA LA NOCHE a mirar el mundo desde tus ojos Lo sabes: y si los cierras dejaría de verlo pero no de recorrerlo Cuando cierras los ojos me acercas el mundo: tu mundo  Mi único mundo”
Hay, igualmente, en el libro, una colección de preseas poéticas, en cierta forma como haikus, de los cuales escogemos los siguientes: “SI ESTUVIERA ALLÍ no solo estarías/ en mis brazos”, “GRACIAS POR ESTAR ALLÍ Contigo la noche/ tiene otra distancia Otro sabor Otra música a/ pesar de mi inestabilidad auditiva”, “INTENTO DETENER LOS CABALLOS de tu furia/ Me sujeto de tus crines  En tu ira reposo mi/ violencia con la ternura de una ola” “TÚ CREES EN DIOS Yo creo en tus dientes/  Creo en la lengua imperativa de tu espalda”, y “UN PÁJARO CANTA Y LA TRISTEZA LE EXIGE que a su trino le borre el nombre de su pájara”.
Y, el último, congruente con la temática misma del breve volumen: “TU BOCA COMO LA MANO DE UNA ACUARELA/ de Delacroix difuminándose a medianoche/ mientras mi voz se detiene sobre el mármol/ de una banca y la niebla ya no se aproxima”.
Harold Alva nos informa que el presente libro es solo parte de una publicación mayor que, por cierto, esperamos con viva ansiedad.

lunes, 31 de marzo de 2014

JORGE NÁJAR Y UNA NOVELA ALUCINADA

Uno parte en busca de felicidad y regresa como puede”
                                                               J.N.

Escribe: Winston Orrillo
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Conocido ampliamente como poeta, Jorge Nájar (Pucallpa, 1946), fue uno de los puntales del Movimiento Hora Zero, y su obra ha discurrido, sin prisa pero sin pausa, en medio de las estancias de numerosas distinciones literarias. Entre las más importantes se hallan el Premio Copé de Oro, 1984, con su libro Finibus Terrae, y, en el 2001 el galardón de Poesía Juan Rulfo, en el  certamen que convoca Radio Francia Internacional.
Con el título significativo de Formas del delirio, Nájar reunió toda su poesía escrita hasta 1999. En 2007 apareció Allí donde brota la luz. Como traductor seleccionó una Antologia de Poesía Contemporánea de Expresión Francesa, así como la obra –escrita en idioma galo- por Ventura García Calderón. En narrativa ha publicado, en 2010, Penúltima odisea y otras ficciones, mientras que, en Altazor su Vallejo y la célula non plus ultra, primera parte de un ciclo que dedica a la vida y obra del autor de Trilce. Gran parte de la obra poética, de Nájar,  traducida al francés, ha sido lanzada por las editoriales La Difference y Folle Avoine.
Él vive en París, donde, precisamente, se desarrolla el meollo de El alucinado, novela breve, que acaba de publicarle la dinámica Editorial Summa de Harold Alva.



Este libro, como su nombre lo indica, es una verdadera vorágine alucinada: la historia de uno de los tantos militantes ultraizquierdistas que llegaron a la patria de Rimbaud, seguramente para la ilusa recomposición de sus maltrechas células políticas, pero inficionados por una mélange de ideología, chamanismo y pleno delirio, en medio de una vida bohemia que tenía más de un viso autodestructivo, con evocación,seguramente, de los bienaventurados “poetas malditos”, de la antepasada centuria.
El personaje –por momentos, sin duda. alter ego de Jorge Nájar-  viene de escapar de una acción confiscatoria –fue la época de la expropiación de los bancos y de una militancia desaforada que aprovechó las ingentes energías de jóvenes insuflados de idealismo que lo dieron todo sin medir las consecuencias –o midiéndolas mal- de sus acciones, por lo que dejaron sendas huellas que fueron fácilmente seguidas por los “encargados del orden”, con la consiguiente detención y tortura y muerte –o “desapariciones” que, para el caso, es lo mismo- de aquellos imberbes mílites idealistas. Todo lo cual le vuelve, le obsede, mediante el “perro de la memoria” (no se olvide que nuestro narrador es un poeta de relieve: de allí el lenguaje pleno de imágenes y analogías), al protagonista de la obra.
Pedro Toledano, el personaje principal, es un joven poeta, que comparte mucho con el autor: ”Cerrando los ojos Toledano cantó evocando su vida amazónica. Hay un río, monarca de los ríos/ único, inmenso, de beldad sin par:/ humilde nace entre picachos fríos,/ soberbio muere rechazando al mar”.
Las vicisitudes de su amor por Judith, son el meollo de la novela. Ella es otra joven militante, igualmente fugitiva de la represión peruana,  con la que se reencuentra en París, lo cual conforma el  núcleo del corpus narrativo, pues ambos están asediados por el complejo persecutorio, y una justificada paranoia, que los paraliza en más de una oportunidad:
Hay escenas de amor -que, obviamente, solo podrían haber sido escritas por el poeta de polendas que es Nájar- como la siguiente: “Ella le acarició las venas del brazo y él besó nuevamente sus manos antes de subir por los hombros, pasar por las mejillas y hundirse, tembloroso, en la fruta madura de su boca…”
Pero llega, como siempre llega, la hora del esclarecimiento, de lo que ella llamara “de los grandes balances”: “La idea que los había hecho vivir estaba en crisis y ellos o estaban presos, o muertos, o escondidos, o metamorfoseados en porquerías en cualquier rincón del planeta, cagándose de miedo ante la amenaza de ser recuperados y sancionados por el violento pasado….Ella lloraba ocultando la cara en la almohada, convencida ahora sí de que  Toledano se había hundido en un camino sin regreso…” Y vino una larga noche de recuerdos de lo que fue su vida, de lo que los unió y separó: “las razones por las que en varias oportunidades dejaron de verse y el juego del azar  que los llevó a encontrarse”. Reproches mutuos y reapegos, pero ya se columbraba el corolario, que no podía ser otro que la separación definitiva, con lo que, a su vez, se sellaría la suerte de Toledano: solo en un París despiadado, indiferente, del que aprehendemos –por él- sus escondrijos debajo de los puentes. Pero, antes: “Volvieron a descubrir sus cuerpos, a reconocerse los secretos, las huellas dejadas por la vida antes de llegar a las exigencias y servidumbres de la pasión. Y ya agotados, él sintió que ella se ponía a llorar contra su cara iluminada por el brillo de un nuevo cigarrillo, otorgándole un halo misterioso a unos ojos que solo sabían contemplar la noche y sus sombras. Ella se quedó dormida pero él no podía hacerlo como hubiese querido, sin tener que desenredar los hilos que se trenzaban en su vida”.
Poetas de Hora Zero; Tulio Mora, Jorge Nájar y Jorge Pimentel
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Ella, Judith,  se fue, pero le dejó un bolso y un sobre con una carta “de caligrafía temblorosa”, en la que se revelan algunas de las verdades de esta relación sui generis, cuya conclusión  determina, a su vez, el fin de Toledano, quien acaba por reconocer la verdad de lo que aquélla señala: “Aquí en París, como allá en Lima, nuestros encuentros no son más que una escala fácil para alguien que en realidad está huyendo de su propia vida. Y yo estoy cansada de jugar a las escondidas. Lo mejor de mi vida ya fue entregada a lo que yo consideré el ideal más alto del hombre: luchar por pasar del reino de la necesidad al de la libertad.(Subrayado nuestro). Y mira en lo que estoy terminando, en una pordiosera de afectos que tú no sabes dar”.
Fue el final: Pedro, aunque lo sabía inútil, salió a buscarla, y cayó presa de un último delirio en medio del cual acabó, porque, antes: “Sintió que el mundo temblaba, que debajo de sus pies se abría un pozo de arena. Se apoyó en el borde cerrando los ojos y tuvo la impresión de que ya antes, en otra época y en otra sociedad había vivido la misma situación. Sintió como si se abriera un agujero en el tiempo, (Otra vez el alter ego).Se vio en la tierra de su infancia bajando en una balsa por el curso precipitado de un río. Pero no supo a qué correspondía todo ese violento desfile de imágenes que le hacían daño”. Y viene, entonces,  una mescolanza de imágenes en las que confunde a Judith con la diosa Shiva y, junto con el ron que no dejaba de beber,  “desfilaron por su memoria rostros difusos en la maraña del tiempo, palabras temblorosas, promesas incumplidas, el gran poema que todavía no había escrito. (Subrayado nuestro). Pero, en su interior,  el recuerdo de Judith permanecía indemne. Tan complejo es el amor…”
Y, en medio de esa alucinación, se lanzó al río, del que es rescatado, para caer en manos de un grupo fascista de jóvenes con el cráneo rapado, con los que intercambia insultos hasta que ellos no vacilan en arrojarlo al río “riéndose por lo que acababan de hacer”. Felizmente es rescatado, rápidamente, por la Cruz Roja y la policía,  pero, para nada, pues él se hunde, definitivamente, en su delirio final, en el que seguía persiguiendo las aguas del Río de la Iluminación.
La Amazonia peruana, Lima, La India, París, escenarios poliédricos que, al fin, convergen en una sola y única circunstancia: la de una generación peruana–que como la añeja y ya famosa “perdida” de Hemingway y otros- que, igualmente, sigue en busca de un destino que, al parecer, no nos está reservado para los humanos.

Nájar poeta es el cabal substrátum de Nájar narrador.