lunes, 14 de abril de 2014

Entrevista a LU CAROLINA, autora de LA BULLA Y EL SILENCIO.


"Con este cuento quiero lograr que los niños enriquezcan su imaginación, fortalezcan sus valores y tengan libertad para crear, 
para que imaginen" (Lu Carolina)


El año pasado Summa editó LA BULLA Y EL SILENCIO, la ópera prima de Lu Carolina, la joven escritora que ha asumido muy en serio el oficio de narrar para incentivar en los niños el hábito de la lectura. Lu escribe poesía, hace cuentacuentos, es docente de educación primaria y tiene dos novelas que ya está corrigiendo. Les dejo esta entrevista que les ayudará a conocer más sobre la novel narradora. 

Por: Harold Alva

¿Desde cuándo escribes?

Escribo desde que estaba en la secundaria. Comencé a escribir porque cuando era adolescente me era muy difícil expresarme y decir lo que sentía o pensaba, a diferencia de ahora que sucede todo lo contrario. En esa época un lapicero y un cuaderno eran mis mejores aliados para manifestar mis sentimientos o emociones. Me costaba mucho hablar y prefería mil veces escribir cartas o simples escritos entre poemas, cuentos o breves relatos que hasta la fecha conservo.

¿Te sientes cómoda con el cuento, por qué lo elegiste?

Mucho, fue en realidad uno de los primeros cuentos que escribí en el 2010 cuando empecé a trabajar en el colegio donde laboro actualmente, Innova Schools. Lo elegí porque año tras año lo contaba a cada grupo de niños que tenía a mi cargo, para ser específica, segundo grado de primaria y veía que causaba un gran efecto en ellos: Empezaban a “hacer silencio” y aprendían a escuchar atentos las clases. Ese en realidad fue el objetivo del cuento, que en primera instancia sólo estuvo en mi cabeza por tres años y recién el año pasado decidí redactarlo y  publicarlo.

La bulla y el silencio, es un cuento para niños, para muchos es complicado trabajar textos para niños porque presupone otro tipo de sensibilidad, quizá inocencia ¿cuánto tiempo te demandó trabajar esa historia?

Sí es un cuento para niños desde el nivel Inicial hasta segundo grado de primaria o incluso hasta tercero. La verdad es que para mí no es nada complicado escribir cuentos para público infantil, para ser franca me encanta hacerlo, las ideas surgen en mi cabeza con tan sólo escuchar una palabra, empezar a imaginar un ambiente determinado o tener la necesidad de crear un cuento en el momento de  hacer mi clase con un tema específico. Muchas veces creo cuentos hasta para el área de matemática en tan sólo minutos cuando dicto mi clase.
Concebir ese cuento me tomó unos minutos y redactarlo menos de una hora. Con respecto a la sensibilidad para escribir, sí soy alguien bastante sensible aunque a simple vista no se note, llevó una niña interior como todo adulto, creo, que le encanta revivir momentos de juego, risa, canciones y viajar muchas veces por el país de la fantasía, como dice la canción de Roberto Gómez Bolaños en unos de sus programas.
A esto le agrego que tuve una infancia muy linda con momentos inolvidables, sobre todo en las noches cuando mi papá me contaba cuentos de terror para dormir y mi mamá cuentos de hadas e incluso mis tíos lo hacían pero, la verdad, nunca llegaba a dormirme, ellos se dormían y yo tenía que despertarlos para que me cuenten el final de los cuentos a pesar de que ya los sabía.



¿Cómo seleccionaste tus personajes, por qué quisiste darle vida a esa polaridad y no sólo juntarla sino interrelacionarla?

Más que seleccionarlos, me vi en la necesidad de hacerlo porque, como te dije, suelo mucho crear cuentos en el momento que los necesito, además todo docente siempre va a estar en contacto con la bulla y el silencio en sus clases y muchas veces vamos a necesitar del silencio más que la bulla. Ese día me presenté ante los niños y necesitaba su atención y al ver que hacían bulla, se me ocurrió el cuento en unos minutos, donde el silencio gana al final. Y viendo el punto de la polaridad y tomándolo desde un aspecto más personal, creo que nada existiría si no hubiera contradicción o contraposición, cada polo es importante y en mi cuento ambos lo son, ambos aprenden.

¿Hacia dónde crees que nos lleva la literatura, o hacia dónde quieres que te lleve a ti, o hacia dónde quieres tú llevarla?

Nos lleva a un mundo mágico de expresión, emoción, sensación y contradicción, creo que toda persona que escribe viaja por diferentes lugares que quizá no existan en la vida real. Cada vez que escribo me transporto.
Por otro lado considero que la literatura infantil es un mundo abierto para cada niño, un mundo que no podemos imponer a que lo visiten, sino invitarlos a conocerlo. Con este cuento quiero lograr que los niños enriquezcan su imaginación, fortalezcan sus valores y tengan libertad para crear, para que imaginen.

¿Qué te deja la escritura?

Deja un sabor delicioso entre mis dedos. Publicar mi primer libro ha sido realizar un sueño que ha permitido que me crezcan las alas y aumente esta sensación por seguir escribiendo y concebir otros proyectos literarios.

¿Cuál es tu próximo proyecto? ¿Hay un próximo proyecto?

Sí, tengo muchos proyectos, el que se viene será una novela para niños un poco más grandes. Se llamará “Mi mamá es una bruja” y aunque el título suene bastante fuerte, tratará de los poderes mágicos que tienen todas las madres que representan a una bruja buena que con sus hechizos permiten que sus hijos las admiren y las amen. En realidad me inspiré en mi madre para escribirla porque la considero mi modelo a seguir al igual que mi padre al que también próximamente dedicaré otra novela titulada “Mi papá es un sapo”.

Otro de los proyectos que tengo en mente es escribir la continuación de “La Bulla y El Silencio” y publicar un libro de cuentos exclusivamente para docentes y finalmente desarrollar mi  faceta de “cuentacuentos”.

Con el editor de Summa, en la presentación de LA BULLA Y EL SILENCIO. 

lunes, 7 de abril de 2014

“Para ser poeta, hay que haber vivido en el infierno”: reseña de libro “Vallejo en los infiernos” de Eduardo González Viaña


Escribe: Blanca Estela Bisset

Una de las pocas cosas buenas que tiene este fenómeno nuestro de la globalización, es que podemos acceder a mundos que antes nos estaban vedados, a personas distantes, a culturas antes inaccesibles. Así, pues, por mi parte abuso de este beneficio y disfruto del errático descubrimiento de libros, autores, experiencias, sensaciones, casi todas virtuales, pero no por eso menos ciertas y presentes. Hace apenas un día llegó a mis manos este libro épico, monumental, asombroso. “Vallejo en los infiernos” Una biografia casi novelada del amado poeta ausente, aquel que se nos murió en París, un jueves de aguacero. Antes de ésta, leí con avidez y gratitud, dos biografías, una de Espejo Asturrizaga y otra de Córdoba. Ambas eran un encomiable intento, pero desde mi humilde opinión, faltó la perspectiva del tiempo y la cercanía afectiva de ambos con el poeta, restó rigor objetivo a sus escritos. 
Hasta que llegamos a esta ambiciosa empresa del escritor Gonzalez Viaña. La primera cosa que debe decirse sobre la obra es que no permite respiro. Tal vez sea el poeta, quien atrapa, o el biógrafo, pero desde que se abre la incitante cubierta con el aliento contenido, no se puede sino llegar hasta la última letra; y llorar, de gratitud, de admiración, del bendito estado de gracia que producen las obras maestras. Escribo esta poca cosa, insomne, hambrienta y agotada, pero con el inmenso gozo de haber penetrado un arcano.


Vallejo fue encarcelado en Trujillo bajo la acusación de haber participado en un oscuro pero sangriento incidente ocurrido en su localidad natal de Santiago de Chuco. Las circunstancias que rodearon el suceso (Vallejo había pronunciado allí unos días antes una conferencia en la que defendió apasionadamente a los campesinos pobres y atacó con idéntica pasión a las instituciones que permitían impunemente los abusos a los poderosos), o las razones que adujeron las autoridades para acusar y encarcelar al poeta nunca quedaron del todo claras. Aunque también es posible que tales razones carecieran de importancia y lo único relevante fuera que Vallejo se había creado unos enemigos muy poderosos y capaces de recurrir a la compra de jueces y testigos o a un monumental fraude procesal.
El propio director de la prisión, impresionado por el aspecto del preso que acaban de poner bajo su custodia se asombra del poder y la mala fe de unos enemigos que además de encarcelarlo han presionado para que sea llevado al ala más peligrosa y temida de la prisión, al infierno. El término guarda analogía con el misticismo omnipresente en la obra del poeta, y sus antecedentes de aspirante a clérigo. Para nada es casual esa elección. González Viaña – casi camarada del poeta en su calvario – elije la expresión dantesca, sólo después de haber sopesado cuidadosamente la dimensión de su significado.
Gracias a una campaña popular que puso en pie de guerra a los sectores más combativos del país, las autoridades no se atrevieron a mantener en tan espantosas condiciones a su preso más conocido y en marzo de 1921 (es decir, más de cien días después de su ingreso en prisión) aceptaron concederle una suerte de libertad condicional que no le exoneró de las acusaciones, pues la idea era seguir más adelante la causa judicial abierta contra él.


Ese es el comienzo del exilio parisino de Vallejo, que alternará con residencias temporarias en España. Nunca más pudo regresar a su país, tal como lo profetizó en su “Piedra negra, sobre piedra blanca””. Las algo más de quinientas páginas se leen con avidez sedienta. Ahí está presente el poeta en su pequeña vida cotidiana. Produce la extraña sensación de que González Viaña formó parte de esa familia torturada y heroica; que estuvo ahí, aliviando penas, enjugando llantos. Hermano de César en la cárcel de Trujillo. Mi segunda conclusión, es que luego de la lectura de “Vallejo en los infiernos” debo releer toda la obra vallejiana. No serán los mismos ojos, quienes lean “Trilce”, ahora que lo sé todo. Ahora que el poeta me abrió su alma atormentada, y que yo también – de algún modo – descendí con él a ese abismo. Nuevos serán también sentimientos y sensaciones al leer “Poemas humanos” o “La cena miserable”.
Para la última de mis conclusiones, invocaré a un notable. Dijo alguna vez, León Tolstoi: “Siento que no debo escribir, cada vez que veo a otros, hacerlo mejor de lo que yo pueda quizá hacerlo nunca”. Y es que me deslumbra la prosa elegante y a la vez coloquial, asequible, pero erudita. El señor González Viaña - me temo – ha desalentado para siempre mis pretensiones de escritora. Destino será el mío, de seguir leyendo, sus obras y las otras que me lleguen.
Vallejo es y será por siempre mi preferido. Por la intensa sensibilidad que trasuntan sus poemas, por la fuerza expresiva de su palabra, tremolando cual bandera. Porque es un símbolo, no del Perú, ni tan siquiera de la América Latina. Es emblema de una humanidad que no se resigna, combativa, comprometida, heroica. Esta obra sobre su vida, es tal vez el más digno homenaje que se haya hecho a su epopeya. Feliz de mí, de haber podido ser testigo. 
Gracias Eduardo González Viaña por “Vallejo en los infiernos”, gracias Perú, por César Abraham Vallejo Mendoza.

domingo, 6 de abril de 2014

HAROLD ALVA EN LA INSOMNE CIUDAD DESIERTA

 “Tú escribes como quien ha roto su lengua
para penetrar con los nervios las respuestas de la tarde”.

               H.A.
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Escribe: Winston Orrillo
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“Una poesía con otra forma de decir las cosas”, dice, acertadamente, el vate y crítico, Dimas  Arrieta, en la nota de contracarátula de CIUDAD DESIERTA, Summa editores, 2012, la más reciente obra del joven (Piura, 1978) poeta y hombre de letras,  Harold Alva Viale.
Un breve volumen, para decirlo de entrada, que es congruente con una poética del desasosiego, de la angustia, de todo aquello que nos visita en lo que el maestro Borges llamaba “la atroz lucidez del insomnio”. Y esto último no es una casualidad, porque una suerte de subtítulo del texto es “Apuntes para convivir con el insomnio”
La columna del suscrito es, lamentablemente, exigua en espacio, por lo que, si nos detenemos en el desmesurado currículo de Harold, se nos va la mitad de aquél, por lo que nos limitamos a señalar su más de media docena de poemarios, una novela, una saga de cuentos para niños y otras seis antologías, amén de sus viajes al extranjero, como invitado especial a certámenes de líridas, la traducción de sus versos y su trepidante condición de editor, Altazor, 2009/2011 y, actualmente, Summa, así como la dirección de la revista de cultura y política “Contrapoder”; y, por si fuera poco, fue Editor de la Revista del Foro del Ilustre Colegio de Abogados de Lima. (Habrá, el curioso lector, de preguntarse cómo se hace para tener tal multiforme y plural cúmulo de actividades. Sólo él lo sabe, aunque sotto voce se comenta que, gracias a su insomnio pertinaz, puede vivir, al mismo tiempo engolfado en actividades tan exigentes y disímiles).
El presente es un libro, al parecer, producto de aquél (el insomnio) y, por ello, las imágenes nocturnas se suceden y abarcan la gran continuidad de estos versos (en prosa), con ecos precisos de Lautremont, Rimbaud y Artaud, en su violencia lingüística y en el cúmulo de desazón que nos transmiten: “NOCHE QUÉ PRETENDES AHORA cuando he sido declarado un hombre muerto Yo pensé que evitar el respiro había sido suficiente para que me exculpes de tu salivazo siniestro”.



El poeta, como sucede desde Baudelaire, es un animal urbano: la ciudad, en este caso Lima, es su leit motiv, y su retrato no deja de producirnos una sensación de escalosfrío: “LIMA LLEGA CON LOS BRAZOS helados a tocarme y yo me refugio en tus palabras que aparecen como leños Me abrigo con ellas…”
Y, en cuanto al estilo, la singularidad de Alva, en la poética peruana ad usum, se da en la extremada situación límite de su tratamiento literario: “Tú escribes con la lengua muerta de los resucitados Con la visión de un ángel que destroza lo inefable Tú escribes con los huesos Tu palabra tiene sentido porque en sus llagas reconozco  el osario de la niebla Las hojas que tiritan al contacto de fantasmas que retornan para liquidar tu nacimiento”.
Pero, paradójicamente, aquí está la clave: la poesía es, entonces,  la única salvación. El poetizar es un maderamen en el que el bardo, transido, se refugia: es su boya con la que puede cruzar el piélago, dilacerado y fragoroso, de la urbe: “Miré los postes Me conmoví con la sombra de un pájaro que volaba sobre el hotel Bolívar y corrí hacia donde tú estabas”.
No hay mucho, pues, de diáfano en estos versos en prosa retorcida, nocturna y terebrante: “UN POEMA COMO LA NOCHE  que se difumina con la luz solitaria de los postes Un poema como tus manos sobre el vidrio Como tu don para quebrar mi hábito de asceta  Como tu risa Como el aire que intenta romper la lengua de las puertas”.
Y aquí está una clave que, por fin, nos permite hallar una salida: el poema de amor, expresado con una aguda sensibilidad, que es como un camino por el que se nos conduce de vuelta a la vida: “TOCO TU VOZ: sepulto mi corazón en una esquina La tarde abandona su sombra con la inquietud de un pájaro que silba como un semiota confundido frente a un quipu Y nadie se acerca Toco tu aire La velocidad de tu emoción suspendida  en los símbolos de una pununa Y nadie nos cerca Nadie ahora que mis ojos se quiebran". (Repárese en el no uso de la puntuación).
Y así, como éste que hemos escogido al azar, hay varios otros: un espléndido ejemplo es el que citamos para concluir: “PUEDO DETENERME TODA LA NOCHE a mirar el mundo desde tus ojos Lo sabes: y si los cierras dejaría de verlo pero no de recorrerlo Cuando cierras los ojos me acercas el mundo: tu mundo  Mi único mundo”
Hay, igualmente, en el libro, una colección de preseas poéticas, en cierta forma como haikus, de los cuales escogemos los siguientes: “SI ESTUVIERA ALLÍ no solo estarías/ en mis brazos”, “GRACIAS POR ESTAR ALLÍ Contigo la noche/ tiene otra distancia Otro sabor Otra música a/ pesar de mi inestabilidad auditiva”, “INTENTO DETENER LOS CABALLOS de tu furia/ Me sujeto de tus crines  En tu ira reposo mi/ violencia con la ternura de una ola” “TÚ CREES EN DIOS Yo creo en tus dientes/  Creo en la lengua imperativa de tu espalda”, y “UN PÁJARO CANTA Y LA TRISTEZA LE EXIGE que a su trino le borre el nombre de su pájara”.
Y, el último, congruente con la temática misma del breve volumen: “TU BOCA COMO LA MANO DE UNA ACUARELA/ de Delacroix difuminándose a medianoche/ mientras mi voz se detiene sobre el mármol/ de una banca y la niebla ya no se aproxima”.
Harold Alva nos informa que el presente libro es solo parte de una publicación mayor que, por cierto, esperamos con viva ansiedad.

lunes, 31 de marzo de 2014

JORGE NÁJAR Y UNA NOVELA ALUCINADA

“Uno parte en busca de felicidad y regresa como puede”
                                                               J.N.

Escribe: Winston Orrillo
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Conocido ampliamente como poeta, Jorge Nájar (Pucallpa, 1946), fue uno de los puntales del Movimiento Hora Zero, y su obra ha discurrido, sin prisa pero sin pausa, en medio de las estancias de numerosas distinciones literarias. Entre las más importantes se hallan el Premio Copé de Oro, 1984, con su libro Finibus Terrae, y, en el 2001 el galardón de Poesía Juan Rulfo, en el  certamen que convoca Radio Francia Internacional.
Con el título significativo de Formas del delirio, Nájar reunió toda su poesía escrita hasta 1999. En 2007 apareció Allí donde brota la luz. Como traductor seleccionó una Antologia de Poesía Contemporánea de Expresión Francesa, así como la obra –escrita en idioma galo- por Ventura García Calderón. En narrativa ha publicado, en 2010, Penúltima odisea y otras ficciones, mientras que, en Altazor su Vallejo y la célula non plus ultra, primera parte de un ciclo que dedica a la vida y obra del autor de Trilce. Gran parte de la obra poética, de Nájar,  traducida al francés, ha sido lanzada por las editoriales La Difference y Folle Avoine.
Él vive en París, donde, precisamente, se desarrolla el meollo de El alucinado, novela breve, que acaba de publicarle la dinámica Editorial Summa de Harold Alva.



Este libro, como su nombre lo indica, es una verdadera vorágine alucinada: la historia de uno de los tantos militantes ultraizquierdistas que llegaron a la patria de Rimbaud, seguramente para la ilusa recomposición de sus maltrechas células políticas, pero inficionados por una mélange de ideología, chamanismo y pleno delirio, en medio de una vida bohemia que tenía más de un viso autodestructivo, con evocación,seguramente, de los bienaventurados “poetas malditos”, de la antepasada centuria.
El personaje –por momentos, sin duda. alter ego de Jorge Nájar-  viene de escapar de una acción confiscatoria –fue la época de la expropiación de los bancos y de una militancia desaforada que aprovechó las ingentes energías de jóvenes insuflados de idealismo que lo dieron todo sin medir las consecuencias –o midiéndolas mal- de sus acciones, por lo que dejaron sendas huellas que fueron fácilmente seguidas por los “encargados del orden”, con la consiguiente detención y tortura y muerte –o “desapariciones” que, para el caso, es lo mismo- de aquellos imberbes mílites idealistas. Todo lo cual le vuelve, le obsede, mediante el “perro de la memoria” (no se olvide que nuestro narrador es un poeta de relieve: de allí el lenguaje pleno de imágenes y analogías), al protagonista de la obra.
Pedro Toledano, el personaje principal, es un joven poeta, que comparte mucho con el autor: ”Cerrando los ojos Toledano cantó evocando su vida amazónica. Hay un río, monarca de los ríos/ único, inmenso, de beldad sin par:/ humilde nace entre picachos fríos,/ soberbio muere rechazando al mar”.
Las vicisitudes de su amor por Judith, son el meollo de la novela. Ella es otra joven militante, igualmente fugitiva de la represión peruana,  con la que se reencuentra en París, lo cual conforma el  núcleo del corpus narrativo, pues ambos están asediados por el complejo persecutorio, y una justificada paranoia, que los paraliza en más de una oportunidad:
Hay escenas de amor -que, obviamente, solo podrían haber sido escritas por el poeta de polendas que es Nájar- como la siguiente: “Ella le acarició las venas del brazo y él besó nuevamente sus manos antes de subir por los hombros, pasar por las mejillas y hundirse, tembloroso, en la fruta madura de su boca…”
Pero llega, como siempre llega, la hora del esclarecimiento, de lo que ella llamara “de los grandes balances”: “La idea que los había hecho vivir estaba en crisis y ellos o estaban presos, o muertos, o escondidos, o metamorfoseados en porquerías en cualquier rincón del planeta, cagándose de miedo ante la amenaza de ser recuperados y sancionados por el violento pasado….Ella lloraba ocultando la cara en la almohada, convencida ahora sí de que  Toledano se había hundido en un camino sin regreso…” Y vino una larga noche de recuerdos de lo que fue su vida, de lo que los unió y separó: “las razones por las que en varias oportunidades dejaron de verse y el juego del azar  que los llevó a encontrarse”. Reproches mutuos y reapegos, pero ya se columbraba el corolario, que no podía ser otro que la separación definitiva, con lo que, a su vez, se sellaría la suerte de Toledano: solo en un París despiadado, indiferente, del que aprehendemos –por él- sus escondrijos debajo de los puentes. Pero, antes: “Volvieron a descubrir sus cuerpos, a reconocerse los secretos, las huellas dejadas por la vida antes de llegar a las exigencias y servidumbres de la pasión. Y ya agotados, él sintió que ella se ponía a llorar contra su cara iluminada por el brillo de un nuevo cigarrillo, otorgándole un halo misterioso a unos ojos que solo sabían contemplar la noche y sus sombras. Ella se quedó dormida pero él no podía hacerlo como hubiese querido, sin tener que desenredar los hilos que se trenzaban en su vida”.
Poetas de Hora Zero; Tulio Mora, Jorge Nájar y Jorge Pimentel
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Ella, Judith,  se fue, pero le dejó un bolso y un sobre con una carta “de caligrafía temblorosa”, en la que se revelan algunas de las verdades de esta relación sui generis, cuya conclusión  determina, a su vez, el fin de Toledano, quien acaba por reconocer la verdad de lo que aquélla señala: “Aquí en París, como allá en Lima, nuestros encuentros no son más que una escala fácil para alguien que en realidad está huyendo de su propia vida. Y yo estoy cansada de jugar a las escondidas. Lo mejor de mi vida ya fue entregada a lo que yo consideré el ideal más alto del hombre: luchar por pasar del reino de la necesidad al de la libertad.(Subrayado nuestro). Y mira en lo que estoy terminando, en una pordiosera de afectos que tú no sabes dar”.
Fue el final: Pedro, aunque lo sabía inútil, salió a buscarla, y cayó presa de un último delirio en medio del cual acabó, porque, antes: “Sintió que el mundo temblaba, que debajo de sus pies se abría un pozo de arena. Se apoyó en el borde cerrando los ojos y tuvo la impresión de que ya antes, en otra época y en otra sociedad había vivido la misma situación. Sintió como si se abriera un agujero en el tiempo, (Otra vez el alter ego).Se vio en la tierra de su infancia bajando en una balsa por el curso precipitado de un río. Pero no supo a qué correspondía todo ese violento desfile de imágenes que le hacían daño”. Y viene, entonces,  una mescolanza de imágenes en las que confunde a Judith con la diosa Shiva y, junto con el ron que no dejaba de beber,  “desfilaron por su memoria rostros difusos en la maraña del tiempo, palabras temblorosas, promesas incumplidas, el gran poema que todavía no había escrito. (Subrayado nuestro). Pero, en su interior,  el recuerdo de Judith permanecía indemne. Tan complejo es el amor…”
Y, en medio de esa alucinación, se lanzó al río, del que es rescatado, para caer en manos de un grupo fascista de jóvenes con el cráneo rapado, con los que intercambia insultos hasta que ellos no vacilan en arrojarlo al río “riéndose por lo que acababan de hacer”. Felizmente es rescatado, rápidamente, por la Cruz Roja y la policía,  pero, para nada, pues él se hunde, definitivamente, en su delirio final, en el que seguía persiguiendo las aguas del Río de la Iluminación.
La Amazonia peruana, Lima, La India, París, escenarios poliédricos que, al fin, convergen en una sola y única circunstancia: la de una generación peruana–que como la añeja y ya famosa “perdida” de Hemingway y otros- que, igualmente, sigue en busca de un destino que, al parecer, no nos está reservado para los humanos.

Nájar poeta es el cabal substrátum de Nájar narrador.

lunes, 24 de marzo de 2014

MARUJA VALCÁRCEL BORDA SUAVEMENTE LA POESÍA



Escribe: Winston Orrillo

Un leve discurrir entre la intensidad, atemperada por el ánimo sutil y la suave intensidad (valga el oxímoron), caracterizan al libro de Maruja Valcárcel, “Bordando suavemente el viento, otro acierto en la multánime publicacion de editorial Summa, que dirige el poeta Harold Alva. 
Subscribo las palabras del buen poeta y crítico, Dimas Arrieta, quien, en su enjundioso prólogo al volumen, señala que  el presente es un “Poemario hecho en el amor y el ardor hacia la vida, con esas lluvias interiores que se convierten en un océano que no moja el cuerpo, pero sí empapa el alma.  Por lo tanto,  manifiesta a un ser humano vivo, bien aferrado a su temple, a su misión, que sabe lo que dice y bien dice, hasta cuando se sumerge en su silencio”.
Y, en efecto, algo de lo que llama la atención, en alguien como Maruja, a quien muchísimos conocen por su denodada labor de lo que en Europa se llama publicística, y aquí es, simplemente, editora de periodismo; algo que llama, repetimos, poderosamente  la atención en ella (que no es lo que se puede decir una profesional , stricto sensu,de la literatura) es su excepcional capacidad para decir, y decir bien, las cuestiones que atañen al arte, a la expresividad,  como cuando escribe: “Escucha..” y dice, acercándose, así, a lo inefable: “Tanto jugar con las palabras,/  tanto decir con la mirada,/ la palabra/ y la risa/ aquellas frases, con sin sentido,/ con los poetas,/ para armarlas y amarlas,/ dentro/ y también fuera. Para lo que fuera./  Y qué importaba!//  Pero ahora, las frases se esconden,/  detrás del ruido,/  ese trueno serpenteado por la risa,/ sin sospecha,/ del que sabe escuchar  tu silencio”.
Este, asimismo, es, por cierto,  un libro de amor,  de ese difícil tema –Rilke lo señalaba al advertirnos del peligro de escribir versos sobre los sentimientos.  Pero lo importante es que, dentro de lo difícil, es donde se prueba la calidad del artista de la palabra.
Veamos, pues, cómo sale, bien parada, la expresividad lírico-amorosa de Maruja Valcárcel cuando nos dice, en “Tú”: “Trigo, semilla y pan,/  maná de mis días tristes,/  tú…/  Fuente clara y encantada / de las risas de cristal.// Ave plateada, tú,// reloj intemporal/  que marca mi hora exacta,/ tú…/ que a mi piel has vestido de poemas/ y sembrado de rosas/  mis mejillas,//tú…// Gladiador, vencedor de mis fantasmas,/  lector de mis angustias,/  traductor del cuerpo mío,// noche de Pascua,/ tú… Ven, atraviesa el horizonte/ y encuentra otro, y otro más…/// Ven, lava mis ojos de toda pena/  y, ya en silencio,/  bebe en mi copa/ que es tuya sola.”

Arturo Corcuera, Maruja Valcárcel, Harold Alva y Óscar Málaga

Rotundo remate que, por cierto, nos enfrenta con una escritora en la plenitud de sus facultades, como que aquellos versos no fueron un hallazgo casual, pues, en “Arquitectura”, podemos leer: “…Ahora voy a dormirme,/ hermoso y alado hombre,//luego, mañana armaré/ los versos que hice esta noche/ y, si faltara una estrofa,/ tú ya sabrás completarla/ con tu cuerpo,/ y con tus versos,/ para nacerme de nuevo/  como la última vez”.
Hace tiempo que venimos sosteniendo que, la gran poesía, no solo es una danza de palabras, sino que, ella misma, es un intentar aprehender el devenir, y  que los elementos del ser y el tiempo, o del ser y la nada, nimban sus esquinas más conspicuas.
Maruja no es ajena a aquello. Y, en su poema, “Donde vive el tiempo” se halla, explícito, lo enunciado en el párrafo anterior: “A mí qué me importa el tiempo,/  yo lo encabrito/ conozco de su aliento, yo lo siento/ en la boca de los músicos.// A mí el tiempo me lleva de la mano/ por las tabernas/  y lo bebo a sorbos/ en cada mirada.// A mí el tiempo me regala  madrugadas/ con los dedos entrelazados,/ tamborileando/  sobre la mesa/ un ritmo nuevo/ de risa y de vergel.// Y me trae de vuelta a la caverna,/ fuerte, desnudo,/ sin temor a la noche que acicala/ mis cabellos negros,/ porque necesita que yo dance/ sobre él.// A mí qué me importa el tiempo,/ ese tiempo del que hablan/ los habitantes/ del alma envejecida,/ enmohecida.// Yo hablo del otro…//Ese tiempo me busca con la mirada,/ cada día,/ cada noche/ y me enseña / cómo tomarme un vodka eterno,/ con la vida ovillada/ entre  sus brazos.// Quién será que lo puso allí…/ cómo será que de pronto/ apareció/ con su guitarra,/ el tiempo…”
Pero una relevante poesía, igualmente, no puede fulgir sin hacer una invocación a la ruptura del solipsismo, de la propia torre de marfil (tentación de tantos poetas), por lo que entendemos perfectamenete congruente, remarcar  nuestro comentario con la cita, casi íntegra, del texto, “De Gris y Piel”, cuyos versos finales nos dan la clave de adónde apunta esta relevante poesía de Maruja Valcárcel: “Un saco a suaves cuadros…/ una corbata,/ la camisa perfecta,/ una bufanda.// No debe el frío de la tarde/ lastimarte,/ por eso yo te abrigo,/ y es preciso/   que te acerques,/ ya desnudo,/ para encender una hoguera,/ todos, todos,//   porque somos tantos,/  cuando estamos juntos. (Subrayado nuestro). Y un rasgo que no puede faltar, en todo escritor de relieve: el humor, y, a veces, en su variante del “noir”.Veamos,  para concluir nuestras abundantes, pero necesarias, citas de las palabras de la autora: en su sintomático poema “Nada”, escribe, como versos finales: “Qué será, por qué será que uno termina/ convertido en minutero,/ siempre,/ del reloj de  la casa/ de enfrente”.

viernes, 28 de febrero de 2014

Zarumilla y José Panta


Escribe: Harold Alva


La última vez que lo vi fue hace 24 años. Todos lucíamos impecables. Era la clausura del año escolar. Yo me había ubicado al fondo, al lado de mi madre, inquieto y resignado.
Aquel 1990 no recibiría diploma, empecé el primero de secundaria en el José Carlos Mariátegui de Papayal. En mayo inició una huelga del SUTEP que a los alumnos de los colegios nacionales casi nos hizo perder el año académico. En agosto, mi padre, preocupado por nuestra situación, realizó todos los esfuerzos que le permitió su sueldo de policía para matricularnos en el único colegio particular de la provincia. Estudiar en el San Agustín significó algunos cambios. Papayal está ubicado a media hora de Zarumilla: tuvimos que ponernos al día del primer y segundo bimestre, en paralelo a no descuidar el tercer bimestre en curso; viajar todos los días por aquella carretera en el camión de tropa que movilizaba a los hijos de los oficiales del ejército. Fueron otros hábitos. Tuvimos que vestir el buzo celeste de educación física, rotarlo con el típico uniforme, cambiamos de insignia. Fueron quizá los meses más tediosos de mi vida. No le deseo a nadie tener que estudiar tres bimestres al mismo tiempo y dar exámenes de matemática o de historia con todas las fechas y las cifras de golpe.   
            Jamás fui un alumno que se sentara adelante de la clase, mi sitio siempre fue atrás, al fondo desde donde inventaba los apodos que mis compañeros repetían, o desde donde dibujaba a mis profesores para no aburrirme con las a veces innecesarias explicaciones de dos horas. Atrás era el lugar de los guerreros, atrás estábamos los rebeldes, el grupo con el que todo el salón quería lucirse en los recreos. Aquel 1990 fue distinto. La primera semana me di cuenta que si quería aprobar el primero de secundaria necesitaría dejar atrás aquellos hábitos y sentarme adelante. Tuve que transformarme en el muchachito chancón que caminaba con sus libros y cuadernos, el que leía en todas partes. Era eso o no pasar el año. Me ponía al día en los recreos, venía leyendo sobre el camión que nos traía y retornaba escribiendo haciendo equilibrio con los baches de la carretera. Así fue hasta que llegó diciembre.
            Fui el adolescente que no pudo darse el lujo de tener muchos amigos.
         Acabé el primer año sólo habiendo departido con Panta que se sentaba adelante, con Garrido y mi hermana Holenka que, como yo, sólo tuvo a Paola y Patricia como amigas. No tuvimos tiempo.
            Y allí estaba aquella mañana, de la mano de mi madre, nervioso y resignado esperando que anuncien a los primeros puestos para ir por mi libreta de notas. Adelante estaban juntos  todos los alumnos de primer año. Atrás, aún ajenos y extraños, mi hermana Holenka y yo. Una vez que terminó la ceremonia llegó el turno de la entrega de diplomas. Llamaron al tercer puesto en aprovechamiento y conducta, después anunciaron que hubo empate con el segundo puesto, anunciaron el nombre de uno de los que había empatado y cuando me disponía a salir de la Iglesia, herido en mi vanidad; pronunciaron mi nombre. Frente a mi sorpresa y resignación, aquel vertiginoso 1990, empaté el segundo puesto. Mi madre emocionada casi aplaude como doña Florinda a Kiko, menos mal que su emoción la detuvo y fui por ese diploma, el primer cartón que sentí que realmente me había costado.
Contento retorné a mi lugar del fondo, orgulloso y en silencio, a observar quién era el primer puesto. Lo intuí: Panta Quiroga, José. Mi amigo José Panta obtuvo el primer puesto y yo sentí que supe darle pelea a aquellos meses en los que casi pierdo el año. Fue un buen primer puesto, creo que ganamos bien, pero aquella mañana fue también la última vez que les di la mano a mis compañeros del San Agustín.
El año siguiente retornamos a Cañaveral.
Ahora Panta es contador. Vivió en Lima diez años, fue funcionario en el Ministerio de Economía, catedrático de la UNI y asesor de la contraloría. Ha sido Gerente de la Municipalidad de Tumbes y es el virtual candidato a la alcaldía de Zarumilla. Anoche nos reunimos después de 24 años y cruzamos caminando Miraflores y Barranco.
“Ahora ya puedo decir que caminamos juntos”, me dijo.
Coincidimos en política, coincidimos en que la nuestra es la generación del relevo, coincidimos en que tenemos una responsabilidad histórica, coincidimos en que debemos seguir preparándonos para los retos del bicentenario. “De niño quería ser astronauta”, le dije. “Yo todavía quiero”, respondió.

Ahora sabemos que otra fue la altura y el viaje siempre fue nuestro Perú. 


lunes, 3 de febrero de 2014

¿CONCENTRACIÓN DE MEDIOS?


Escribe: Harold Alva

Un viejo amigo me preguntó porqué no me pronunciaba sobre la concentración de medios y sobre "la amenaza" que representa que un grupo como El Comercio pretenda monopolizar la información. Sonreí y le di una respuesta gracias a la que me acusó de apocalíptico. Le dije que se trataba de una cortina de humo y le expliqué porqué mi conclusión: Necesitamos ser demasiado ingenuos o haber perdido nuestra memoria política para imaginar que esto se trata de un atentado contra la libertad de expresión. 

Recapitulemos, de qué hablábamos antes de que Ollanta Humala le brinde la entrevista a Mávila Huertas y Josefina Towsend? El tema de interés nacional, sin duda, es el contencioso Perú / Chile en La Haya; pero miremos acá: discutíamos sobre cuatro hechos puntuales y concretos. Toledo y la compra irregular de propiedades: Ecoteva; Keiko Fujimori admitió que en su campaña recibió aportes de Luis Callé Quirós, integrante de una red de lavado de dinero del narcotráfico (su bancada a través de un comunicado informó que había devuelto "el donativo"); el escándalo de los narco indultos que tiene en la mira no sólo al ex presidente García sino a varios de sus ex ministros, y la denuncia de los hasta hoy no esclarecidos vínculos del gobierno con el montesinista Óscar López Meneses. 

Esos eran los temas que capturaban la atención de la opinión pública que ni los esfuerzos de los programas de farándula pudieron amortiguar. Entonces Ollanta Humala utilizó una mejor herramienta: "El atentado contra la libertad de expresión". Funcionó. Lo que se necesitaba era algo que distraiga a la opinión pública, un tema en el que, con sus intervenciones, colaboren nuestros políticos. Ya no se trataba de un supuesto ataque a la libertad de empresa sino a lo totémico que resulta "la libertad de expresión", algo que significaba cámara, y entre la cámara o las investigaciones, donde están comprometidos, por supuesto que los Keikos, Toledos y Garcías prefirieron la cámara. Allí ganaron todos: Se olvidaron de Keiko y sus aportes del narcotráfico; de Toledo y los resultados de la comisión que lo investiga en el Congreso; de Alan y la presión porque esclarezca su responsabilidad en los narco indultos; del presidente Ollanta Humala y su rochosa sindicación de sostener lazos con el montesinismo y, claro, El Comercio y La República que seguro aumentaron tiraje y tele audiencia. 

¿Apocalíptico? ¿Perverso? No: Realista. 

Me pregunto de qué libertad de expresión hablamos cuando sabemos muy bien, desde hace mucho, que lo que tenemos en la prensa escrita y en los medios televisivos es cualquier cosa menos periodismo. El Comercio y La República son socios en América TV, los fujimoristas tienen programas en canales de señal abierta, Alan García tiene como empleados a Raúl Vargas y Cayetana Aljovin, de RPP, en su Escuela de Gobierno. Y Ollanta, por sus declaraciones, vuelve a computarse el Velasco del siglo XXI; idiota, Velasco con todo y sus defectos, tenía pantalones, Ollanta es un tremendo sacolargo. Velasco y su atrofiado gobierno revolucionario tenía por lo menos una mística, en Humala la proyección termina en Nadine, sino no la habría designado presidente del partido nacionalista. Necesitaban una cortina de humo, una nueva novela en la que sobren los actores, hoy salió a escena Federico, mañana seguro le toca a Josefina y así hasta que hayan quedado archivadas o postergadas las investigaciones. Si tuviéramos partidos liderados por peruanos intachables otra sería la historia, este sin embargo es nuestro escenario. De nosotros depende seguir como espectadores desde nuestros palcos o trabajar por la baja de esta abyecta clase política.
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Artículo publicado el 5 de enero de 2014.