viernes, 17 de julio de 2015

TODOS A LA FIL


Siempre me ha sorprendido cómo a lo largo de tanto tiempo el Estado no le haya dado importancia a la realización de un evento mayor que convoque a todos los actores del libro (escritores, distribuidores, editores, agentes literarios, etc.). Por eso en 1946 un pequeño grupo de editoriales, distribuidoras y libreros se nuclearon en torno a lo que fundaron como la Cámara Peruana del Libro, institución que hoy inaugura su vigésima Feria Internacional. Un acontecimiento que reúne a los actores culturales que tiene como objetivo promover la democratización del libro y la lectura. Hasta aquí todo se lee muy bien, es encomiable, sin embargo, como sucede en otras instituciones, la CPL ha tenido historias que no la honraron durante varios períodos como aquel cuando dicha entidad estuvo presidida por Jaime Carvajal, quien renunció por un escándalo que lo involucró a él, al ex ministro de educación y al propio ex Presidente de la República, vinculados los tres a una conocida librería. Ahora es Germán Coronado quien está al frente de una CPL con aires independientes, acaso el mismo espíritu al que hace una década, el gerente de PEISA, apeló para fortalecer PUNCHE y posteriormente ALPE, dos colectivos en los que promovió la participación de los jóvenes sellos editoriales alternativos e independientes. Si bien esta FIL no logró traer a un Nobel su programa se presenta variado y garantiza una fiesta en donde los lectores serán los mayores beneficiados. Ojalá y algún día sea el Ministerio de Cultura quien rompa el monopolio de la FIL, como sucede en otros países con gobiernos responsables. Mientras tanto celebremos hoy la inauguración de este acto cultural y reencontrémonos con los escritores y las editoriales que se han preparado con expectativas para el desarrollo de esta fiesta.

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(Artículo publicado el viernes 17 de julio en Expreso) 

martes, 14 de julio de 2015

HOY DÍA: ZAPATA


“Miro la palabra que se clava con la luz en la ventana soleada: la palpo con la sombra en el umbral que no se dice”, reza uno de los versos de Miguel Ángel Zapata, el poeta piurano radicado en Nueva York, a quien Valparaíso Ediciones (Granada), uno de los sellos españoles más prestigiosos, le acaba de publicar “Hoy día es otro mundo”. Medito sobre ese final: “en el umbral que no se dice” y me pregunto por qué un poeta con un registro verbal tan importante y reconocido por escritores de la talla de José Emilio Pacheco, Álvaro Mutis y Carlos Germán Belli es tratado con tanta mezquindad en nuestra aldea: una plataforma ruin donde quienes acapararon los medios pretenden invisibilizar lo contundente, lo real, lo verdadero. Fue Javier Sologuren quien publicó el primer libro de Miguel Ángel Zapata en Lima: “Imágenes los juegos”, un poemario cuya riqueza verbal lo puso muy por encima de una promoción de escritores que en aquel entonces –la década de los 80- lidiaban entre la poesía del cuerpo y un coloquialismo decadente que consolidó un canon (con excepciones como Chirinos, Salazar y Di Paolo) que ha ido desconfigurándose con el trascurso de los años. Zapata reconfiguró las propuestas poéticas de aquel entonces y se incorporó a una generación (latinoamericana) que tiene entre sus principales exponentes a Iván Oñate (Ecuador), Néstor Perlongher (Argentina), Eduardo Espina (Uruguay) y Marco Antonio Campos (México). Ése es el contexto de la propuesta escritural de Zapata, esa es la dimensión que le permite ser considerado más allá de nuestra periferia como una voz a la que no se puede pasar por alto, a la que hay que retornar para saber cuáles son las coordenadas de lo que hoy se está escribiendo. “Hoy día es otro mundo” consolida su poética. 
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(Artículo publicado en Expreso el 14 de julio de 2015)


domingo, 12 de julio de 2015

LAS ANTOLOGÍAS


Que la narrativa peruana actual cuente con autores de primer nivel, resulta un lugar común. Citar creadores como Carlos Yushimito, Miguel Ruiz Effio, Marco García Falcón, Yeniva Fernández, Francisco Ángeles, Alina Gadea, Juan Manuel Robles, Daniel Alarcón, Augusto Effio, Jeremías Gamboa, Pedro Novoa, Santiago Roncagliolo, Jennifer Thorndike, Carlos Rengifo, Diego Trelles, José Lalupú, Sandro Bossio, Carlos Enrique Freyre, Gabriel Rimachi, Yoshiro Chávez, Antonio Moretti, Christian Reynoso, Ronald Arquíñigo, Ernesto Carlín, Rosario Cardeña, Johan Page, Orlando Mazeyra, Alexis Iparraguirre, Cosme Saavedra, Alejandro Neyra, Fernando Cueto, Pedro Llosa o Luis Hernán Castañeda y, con ellos, Miguel Ildefonso, José Carlos Yrigoyen, Jerónimo Pimentel, Víctor Ruiz, Renato Cisneros; es un lugar común. Que se publiquen libros a los que se pretenda catalogar como antologías para legitimar o para proponer un nuevo canon, es un lugar común. Que las editoriales promuevan estos libros para marcar algún tipo de tendencia, también es un lugar común. Las editoriales, como cualquier otra empresa privada, sobreviven o se mueven de acuerdo al mercado, hacer lo contrario resulta de beneficencia o de instituciones subsidiadas por algún tipo de fondo que en el Perú no existe. “Antología” según la RAE es una colección de piezas escogidas de la literatura dignas de ser destacadas: extraordinarias, puntualiza. Entendemos entonces que el criterio del antólogo será subjetivo. Lo extraordinario para “X” para mí puede resultar ordinario, y viceversa. Mal hacemos cuestionando porqué éste u otro autor fue incluido o excluido. Toda antología es excluyente. Será responsabilidad del juicio del antólogo tratar de ser lo más objetivo posible para que su selección sea representativa y pueda significar un aporte. La responsabilidad del editor termina con la confianza que le deposita al compilador. Será él quien discernirá si el suyo será un aporte para la historia o el mercado. El resto siempre será ladrido o especulación.
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(Publicado en Expreso el domingo 12 de julio de 2015)

sábado, 11 de julio de 2015

LA OTRA SELECCIÓN


Quienes me conocen saben que conmigo el fútbol no va. Todavía sueño con que algún día todo el dinero que se invierte en estadios o en publicidad se utilice comprando libros y construyendo bibliotecas. Eso no me impide, por supuesto, estar al tanto de los mundiales o de la famosa Copa América. Escribo esto pensando precisamente en su último campeón. Leo apasionados textos denunciando irregularidades, cuestionamientos a Chile, a sus jugadores, a los árbitros y lo que debió ser un pretexto para fortalecer nuestras relaciones y funcionar para sellar un nuevo pacto con las hermanas repúblicas de América, aquello que conocemos como deporte se convierte en una plataforma de guerra en donde circulan improperios de todo calibre. Vuelvo entonces a los libros, medito en cómo fortalecer las relaciones bilaterales más allá de una pelota y de veintidós sudamericanos corriendo de un lado a otro sobre el césped. Observo uno de los estantes y es como si al frente me esperaran para saludarme aquellos peruanos que partieron al sur para prolongar sus vidas: leo un título de Luis Alberto Sánchez, otro de Ciro Alegría, identifico “Alma América” de José Santos Chocano; pienso en la editorial Ercilla, recuerdo los libros de Carlos Germán Belli y de Antonio Cisneros que LOM publicó en Santiago, recuerdo a Nicanor Parra, ese maravilloso viejo centenario, evoco a Neruda, a Mistral, pienso en Pablo de Rockha, en Gonzalo Millán, en Raúl Zurita, pienso en Maquieira, en Rojas, en Cameron, en Teillier; recuerdo mis días en Concepción, en Temuco, en Valdivia, con la generosa compañía de Omar Lara, el poeta de “Voces de Portocaliu”, olvido el fútbol, y continúo concentrado en aquellos libros con los que aprendí a mirar Chile como otra selección, como el inicio o el final de esta América Latina.
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(Artículo publicado en Expreso el sábado 11 de julio de 2015)

viernes, 10 de julio de 2015

RÉQUIEM PARA ANTONIO CISNEROS



En el local fuimos doce o trece quienes escuchamos a los representantes de la generación del sesenta. Marco Martos leyó poemas de “El mar de las tinieblas”, Rodolfo Hinostroza “Los huesos de mi padre” y, mientras leían, Antonio Cisneros los miraba con ternura, los observó con ese gesto de quien se entusiasma por la potencia de sus amigos. Esa noche entendí que en Lima los poetas estaban más cerca de lo que uno imaginaba. Barranco, 1999. Afuera, el boulevard empezó a congestionarse y, adentro, todo el bar estuvo en silencio preparado para escuchar “Un puerto en el Pacífico” y los “Réquiems” de Cisneros. “Un perro. Un prado. Un perro negro sobre un gran prado verde. ¿Es posible que en un país como éste aún exista un perro negro sobre un gran prado verde?” De pronto una voz disidente increpó algo que solo entendió Antonio. El poeta le ordenó al mozo que lo retiren del local, “sáquenlo, yo pago su cuenta: sáquenlo”. El sujeto siguió murmurando -el público mudo- entonces Toño se puso de pie, se remangó las mangas y le dijo: “Yo, Antonio Cisneros, 57 años, 68 kilos, te doy ahora mismo lo que mereces”. El tipo desapareció. Así era Antonio, un hombre que no se dejaba y que reaccionaba cuando alguien pretendía mancillar su nombre. Lima continúa de luto. Con él se fue uno de nuestros tótems, con él se fue ese registro fundacional que le puso jeans a la poesía peruana; porque si algo le debemos a Toño es haber puesto a la poesía más cerca de nosotros, le dejó crecer la cabellera, le puso camisa de colores, le desanudó las corbatas, le quitó el terno, la hizo más nuestra, más directa, más cercana. Con Antonio Cisneros le perdimos temor y la asimilamos como esa expresión para recuperarnos. Para hoy recuperarlo. 
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(Artículo publicado en Expreso el 10 de julio de 2015)

LOS 40 DE LA MANZANA


Publicar en el Perú ha dejado de ser complicado. Han surgido un sinnúmero de sellos editoriales que a los escritores les han permitido la posibilidad de acceder más rápido al universo de los autores con libro publicado. Por supuesto esto que cuenta como algo positivo tiene también sus desventajas: no todo lo que se publica es de calidad, lo usual es que de diez publicaciones ocho linden con lo mediocre. Ése es el riesgo, sin embargo apelamos a los criterios del lector para legitimar cada propuesta. Entre los editores que vienen luchando desde hace décadas por sostener un producto de calidad que le gane al tiempo, identificamos a Carlos Zúñiga Segura, el poeta de Tayacaja, quien en paralelo a “Primer destino” (1966), “Inauguración de la ausencia” (1979), “Imperio del azar” (1986), entre otros libros, fundó en 1975 la revista de poesía “La Manzana Mordida”, una publicación que continúa vigente gracias a la elección diligente de lo que edita. Poetas como Vicente Azar, César Calvo, Antonio Cisneros, Jorge Pimentel, Tulio Mora, Enrique Verástegui, Róger Santiváñez -una larga y selectiva lista- han sido convocados por sus páginas convirtiéndola en una de las revistas de mayor prestigio y proyección. Zúñiga, que en la década del setenta, fue miembro del grupo Poetas Mágicos, ha logrado gracias a su pasión y fe sostener y sobrevivir una revista que al lado de publicaciones como “Harawi”, “Creación y crítica”, “La tortuga ecuestre” e “Hipócrita lector”  constituye un referente en el proceso de nuestras letras. Él mismo es un referente: autor de por lo menos 23 libros, director de “Ediciones Capulí”, promotor de “Poetas en su café”, ganador de diversos certámenes literarios, persiste en su misión de difundir nuestra poesía, una labor a la que debería sumarse nuestro Ministerio de Educación o la dirección de cultura de las municipalidades.
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(Artículo publicado en Expreso el 9 de julio del 2015)

miércoles, 8 de julio de 2015

ELSA MARÍA, la voz vibrante del Perú


“Hemos vencido a la muerte, llevas el signo en la frente”, canta Elsa María Elejalde, la voz vibrante de nuestra música, haciendo gala de su variedad de registros, de la cadencia personal que enaltece una tradición que la confirma como una de sus mayores exponentes. Considerada por la crítica, una de sus más versátiles representantes, pionera del Jazz, Elsa María inició su carrera con el trío de Lucho González en 1970, vivió varios años en Brasil y a lo largo de su larga trayectoria compartió escenarios con un sinnúmero de estrellas, pero Elsa María no ha sido reconocida sólo en el Perú sino en Brasil, en Chile, en Colombia, en Inglaterra, en Corea del Sur, en los Estados Unidos donde ha brillado en eventos y festivales que le han merecido importantes trofeos y reconocimientos. Integrante de una generación que tuvo entre sus miembros al poeta de la canción: el gran Víctor Merino, Elejalde ha continuado convocando multitudes más allá del nulo interés de las instituciones públicas y privadas por promover espectáculos con los verdaderos actores de nuestra cultura. “Yo no canto para una noche, yo canto para irme en la memoria de mi público” afirma con esa sonrisa imponente, propia de quien continúa fortaleciéndose en un país que poco o nada hace por sus intérpretes. “En un tiempo sin final hoy tenemos que lograr empezar de nuevo a amar”, continúa la canción, acaso una máxima para quienes eligieron consolidar nuestra música, aquella tradición que nos entregó a Chabuca, a Óscar Avilés, a Pepe, al Zambo, por sólo citar a quienes partieron. “Nadie se ha ido, ellos cantan conmigo”, asegura Elsa María mientras hace vibrar la noche miraflorina. Vuelvo a escuchar El signo en la frente y, en efecto, nadie se ha ido: Chabuca, Merino, Damián, Casaverde, Hayre, la aplauden conmigo. 
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(Artículo publicado en Expreso el 8 de julio de 2015)