viernes, 10 de julio de 2015

LOS 40 DE LA MANZANA


Publicar en el Perú ha dejado de ser complicado. Han surgido un sinnúmero de sellos editoriales que a los escritores les han permitido la posibilidad de acceder más rápido al universo de los autores con libro publicado. Por supuesto esto que cuenta como algo positivo tiene también sus desventajas: no todo lo que se publica es de calidad, lo usual es que de diez publicaciones ocho linden con lo mediocre. Ése es el riesgo, sin embargo apelamos a los criterios del lector para legitimar cada propuesta. Entre los editores que vienen luchando desde hace décadas por sostener un producto de calidad que le gane al tiempo, identificamos a Carlos Zúñiga Segura, el poeta de Tayacaja, quien en paralelo a “Primer destino” (1966), “Inauguración de la ausencia” (1979), “Imperio del azar” (1986), entre otros libros, fundó en 1975 la revista de poesía “La Manzana Mordida”, una publicación que continúa vigente gracias a la elección diligente de lo que edita. Poetas como Vicente Azar, César Calvo, Antonio Cisneros, Jorge Pimentel, Tulio Mora, Enrique Verástegui, Róger Santiváñez -una larga y selectiva lista- han sido convocados por sus páginas convirtiéndola en una de las revistas de mayor prestigio y proyección. Zúñiga, que en la década del setenta, fue miembro del grupo Poetas Mágicos, ha logrado gracias a su pasión y fe sostener y sobrevivir una revista que al lado de publicaciones como “Harawi”, “Creación y crítica”, “La tortuga ecuestre” e “Hipócrita lector”  constituye un referente en el proceso de nuestras letras. Él mismo es un referente: autor de por lo menos 23 libros, director de “Ediciones Capulí”, promotor de “Poetas en su café”, ganador de diversos certámenes literarios, persiste en su misión de difundir nuestra poesía, una labor a la que debería sumarse nuestro Ministerio de Educación o la dirección de cultura de las municipalidades.
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(Artículo publicado en Expreso el 9 de julio del 2015)

miércoles, 8 de julio de 2015

ELSA MARÍA, la voz vibrante del Perú


“Hemos vencido a la muerte, llevas el signo en la frente”, canta Elsa María Elejalde, la voz vibrante de nuestra música, haciendo gala de su variedad de registros, de la cadencia personal que enaltece una tradición que la confirma como una de sus mayores exponentes. Considerada por la crítica, una de sus más versátiles representantes, pionera del Jazz, Elsa María inició su carrera con el trío de Lucho González en 1970, vivió varios años en Brasil y a lo largo de su larga trayectoria compartió escenarios con un sinnúmero de estrellas, pero Elsa María no ha sido reconocida sólo en el Perú sino en Brasil, en Chile, en Colombia, en Inglaterra, en Corea del Sur, en los Estados Unidos donde ha brillado en eventos y festivales que le han merecido importantes trofeos y reconocimientos. Integrante de una generación que tuvo entre sus miembros al poeta de la canción: el gran Víctor Merino, Elejalde ha continuado convocando multitudes más allá del nulo interés de las instituciones públicas y privadas por promover espectáculos con los verdaderos actores de nuestra cultura. “Yo no canto para una noche, yo canto para irme en la memoria de mi público” afirma con esa sonrisa imponente, propia de quien continúa fortaleciéndose en un país que poco o nada hace por sus intérpretes. “En un tiempo sin final hoy tenemos que lograr empezar de nuevo a amar”, continúa la canción, acaso una máxima para quienes eligieron consolidar nuestra música, aquella tradición que nos entregó a Chabuca, a Óscar Avilés, a Pepe, al Zambo, por sólo citar a quienes partieron. “Nadie se ha ido, ellos cantan conmigo”, asegura Elsa María mientras hace vibrar la noche miraflorina. Vuelvo a escuchar El signo en la frente y, en efecto, nadie se ha ido: Chabuca, Merino, Damián, Casaverde, Hayre, la aplauden conmigo. 
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(Artículo publicado en Expreso el 8 de julio de 2015) 

martes, 7 de julio de 2015

PEQUEÑA NOVELA CON CENIZAS



Cuando José Carlos Yrigoyen dejó de publicar poesía y empezó a compartir en redes sus opiniones sobre libros (Nosotros matamos menos, Poema inútil), muchos imaginamos que el Perú había ganado un ácido crítico que sería una especie de censor –necesario- para calificar lo que se está produciendo. Antes publicó un extenso ensayo: “La hegemonía de lo conversacional” (2009), posteriormente dos libros: “Poesía en Rock” (2010) y “Crimen, sicodelia y minifaldas: un recorrido por el museo de la serie B en el Perú” (2014). Lo que no imaginamos fue que JCY ingresó, voluntariamente, de la mano de la prosa, a una especie de catarsis para reconstruirse a sí mismo saldando con el pasado una vieja deuda: el conflicto con el padre y nos sorprendió, hace algunas semanas, con la publicación de “Pequeña novela con cenizas”, un texto en primera persona que narra la historia de un escritor sobre una escena decadente que lleva como sombra las agresiones del padre de quien intentó vengarse construyendo a un personaje homoerótico -que nos sirve como pista para desentrañar los versos del propio Yrigoyen- en paralelo a su investigación sobre Pier Paolo Pasolini, el poeta y cineasta italiano asesinado brutalmente en Ostia en 1975. No sé si el escritor haya vencido sus fantasmas, no sé si la literatura funcione como terapia, pero el resultado es una obra valiente que no se reduce a capturarnos alrededor de sus personajes: José Carlos nos pone frente a dos momentos de la historia cuyos conflictos y dramas persisten. En “Pequeña novela con cenizas”, Yrigoyen hace del lenguaje un tercer personaje que nos mantiene atentos intensificando su tensión con la destreza de alguien que no es nuevo en esto. Esta novela es una obra puntual e intensa que confirma a un escritor que desde hace rato juega en otras ligas.

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(Artículo publicado en Expreso el 7 de julio de 2015) 

domingo, 5 de julio de 2015

LA ILUSIÓN DE SOÑAR


Hace quince años prometí dedicarme a la promoción cultural y desde allí intervenir con otra forma de hacer política: me dediqué a escribir y editar libros. Publiqué una colección de literatura peruana en la que cada uno de los títulos se vendía a un nuevo sol. Ése fue mi modo de hacer política. Yo no creo en los anarquismos, no creo en el comunismo. El anarquismo es una utopía y los comunistas del siglo XX han leído pésimamente a Marx. Creo como Hayek que la civilización es fruto de inesperados y graduales cambios en los esquemas morales, y que por mucho que nos desagrade nos vemos obligados a concluir que el hombre no está al alcance de establecer ningún sistema ético que pueda gozar de validez universal, pero creo en las instituciones y en las leyes que pueden detener a sus instintos de animal y liberar al ser racional que aspira vivir en armonía en una sociedad segura sin la sombra de tiranías y dictaduras.  Por eso pretendo hacer de esta columna una trinchera para fortalecer el quehacer cultural porque el arte, en todas sus manifestaciones, constituye esa columna que nos vincula desde la pluralidad, desde la emoción, desde la búsqueda. Pienso que el Perú goza de un momento de crisis que le ha servido a los actores culturales para encontrar respuestas y ejecutar acciones que nos han permitido ser partícipes de la existencia de un sinnúmero de sellos editoriales, de una FIL que con sus defectos y virtudes coloca al Perú en altas expectativas, de la apertura de galerías, de ferias gastronómicas y de un equipo de fútbol que nos está devolviendo la ilusión de soñar. Apuntes de occidente es una ventana, un espacio para comentar con libertad sobre personajes, libros, música, teatro y exposiciones. Aquí hay un lugar independiente.
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(Artículo publicado en Expreso el 5 de julio de 2015)

LABERINTOS Y TRANSFIGURACIONES


“Una ciudad me abarca los ojos” Escribe Erika Aquino (Piura, 1988) como puerta del primero de los seis laberintos con los que estructura su propuesta y nos advierte, como quien nos entrega una generosa ventaja, que lo que sigue es la construcción de un cuerpo a cuyas extremidades le otorga calles, avenidas, plazas públicas y bestias. A ella misma que se transfigura en cada poema desde ese invento de la modernidad al que reconocemos como “amor”. Estamos frente a un libro como una secuencia de puertas a través de las cuales ingresamos a una poética del desgarro que nos enfrenta a una tradición (urbana) con la que resemantiza otra tradición (poesía piurana), que la inserta a una nómina de poetas que han trascendido sus vínculos e influencias. Que la poesía de Erika Aquino transgreda su tradición, no es una sorpresa, lo hizo Juan Luis Velásquez con El perfil de frente en una época cuando la incursión vanguardista se posicionaba de Lima desde la periferia (Carlos Oquendo de Amat), lo demostró Marco Martos en un momento cuando el discurso anglosajón se apoderaba de las formas de los jóvenes poetas de la década del sesenta, asombró Armando Rojas cuando, desde París, nos pintó sus bosques en perfecto equilibrio gracias a un discurso que lindaba el viaje onírico de lo surreal con elementos conceptuales y transgredió Róger Santiváñez durante los ochenta al hacer suyo un discurso de ruptura que fue más allá de los postulados iconoclastas de Hora Zero con la posición política de los Kloaca (Por sólo citar a los cuatro de Piura). Aquino ha desanudado un laberinto: su laberinto de seis puertas. La destrucción desde un andamiaje luciferino. Lo puntual de esta propuesta es su vigor, la imaginación y la serenidad con la que nos entrega su violencia. Muy recomendable.
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(Artículo publicado en Expreso el 4 de julio de 2015)

NOÉ DELIRANTE


Noé Delirante llegó a la edición número catorce. ¿Qué ha hecho de este libro una leyenda? Se publicó por primera vez en 1963 por ediciones de La Rama Florida (Javier Sologuren) Tenía apenas cuarenta y cuatro páginas, posteriormente con el paso de los años se convirtió en un documento donde Arturo -como el personaje bíblico- reunió en cuatro cuadernas su flora y su fauna, su cartografía interna y externa. Noé Delirante es un libro que marca un hito en el proceso de nuestra literatura porque apareció en un momento cuando el modo coloquial se caló casi como un esquema en la obra de la mayoría de los poetas de su generación y se instaló como totalidad en casi todos los registros poéticos posteriores. Arturo fue a contracorriente: eligió el poema breve. Corcuera escogió otro tipo de oscuridad para alcanzar el resplandor. A lo largo de los años el poeta fue incorporando otros elementos, otras formas, nuevos pasajeros: así llegó a Hollywood donde abordaron nuevos tripulantes: Mickey, el Pato Donald, Bugs Bunny, Ciro Peraleca; y siguió su curso hasta anclar en Santa Inés, Chaclacayo, desde donde capturó a los fantasmas de sus compañeros de ruta. El último capítulo: A bordo del Arca es un apartado testimonial en el que su registro se transforma, deja la fábula y le da lugar a la memoria, suelta sus manos y nos entrega poemas como canciones de una época que -tengo esa impresión- lo esperó a él para que la entregue a la posteridad. Noé Delirante es un libro al que nos acercamos por primera vez gracias a las fábulas que aprendimos en la edad escolar, un documento que nos ha marcado porque leyéndolo podemos interpretar a un hombre que no se cansa de asombrarnos con su imaginación, con esa destreza que lo convirtió en “el mago las palabras”. 
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(Publicado en Expreso el 3 de julio de 2015)

MARUJA, la poeta


Escribir sobre los libros de Maruja Valcárcel exige que me detenga en la poeta, sí: “la poeta”, tal como la llamaba César Calvo. La primera impresión que tuve fue la sensación de estar frente a una mujer de carácter fuerte, solitaria, no sola -hay diferencia entre ambas acepciones- que a medida que hablaba fue rompiendo el cristal de ese blindaje para mostrarme a una mujer sensible preocupada por las causas sociales, por el friaje en Puno, por la miseria en nuestras regiones, por la casi nula atención a la cultura en un momento cuando el Estado tiene recursos pero no políticas que velen por la seguridad de nuestros artistas. Bordando suavemente el viento, su primer poemario es un libro de reconocimiento y de homenajes, allí su destreza radica en devolvernos la música del poema, el color desde una ventana donde reta a la ciudad insomne. En Agua de luna, su segundo libro, el viaje es distinto. Ya no se trata de poemas que fueron acopiándose por un registro de sonido sino por una especie de bitácora donde fue apuntando el asalto de las emociones y la visita de sus duendes y fantasmas. La preocupación ya no es por el lenguaje. La preocupación fue por capturar la imagen para desarrollar otros elementos. Me explico: La imagen de mi sombra, dice Maruja, pero la imagen no se queda allí, se extiende, le da movimiento, la sombra se mueve, ella no habla de la sombra, habla de la imagen, y la imagen es estática. Con este libro aprendemos a observar el poema como quien observa la soledad de las casas de las gentes que están deshabitadas, por eso las habita, les da color. Con Agua de luna, Maruja consolida un registro que fortalece la tradición de nuestra poesía: la renueva, la revitaliza. 

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(Artículo publicado en Expreso el 2 de julio de 2015)