Cuando Arthur Rimbaud
publicó “Una temporada en el infierno” a sus 19 años, pocos imaginaron que con
ese libro la literatura mundial asistía a una de sus cimas. Nos sucedió a
nosotros cuando a inicios del novecientos un delgado joven barranquino publicó una
extraña obra: “La casa de cartón”, a la que escritores consagrados como José
Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez le dedicaron acertados textos
laudatorios y le sucedió a Trujillo cuando, después de décadas, un inquieto
adolescente, Lizardo Cruzado (se autoproclamó padre del “realismo chistoso”),
publicó “Este es mi cuerpo”, un poemario irreverente que marcó un hito en la
poesía trujillana. Posteriormente o no volvieron a publicar o publicaron obras
de diferente calibre. El riesgo, la aventura de decir sin restricciones, la
belleza de lo espontáneo, nos demostraron que para escribir no se necesitan
demasiados años; Andrés Caicedo, el colombiano, fue más radical. Escribo esto
ahora que he culminado de leer “El Heliogábalo”, ópera prima del novísimo Esteban
Vega Landa quien edificó Ciudad Central, un espacio intemporal para que sus
personajes se desaten con las características de quienes sobreviven un mundo
apocalíptico como símil de esta democracia, de esta república que asimilamos
con la conformidad de quien es consciente de las limitaciones de una raza que
involuciona con la convicción del suicida que sabe que más allá del precipicio
está la nada, y persiste. Esteban Vega Landa ha tejido una estructura del
desastre que pasa por la destrucción psicológica de sus personajes (Antonio,
Edward, Ludovico, Apaza), hasta entregarnos un documento que calza bien con la
personalidad del Heliogábalo imperial que sucumbió a las bajas pasiones que
terminaron por complotar su asesinato. Pienso en Vega Landa y no puedo dejar de
asociarlo con aquellos referentes que no escribieron obras para el
entretenimiento sino para recordarnos que la literatura vence cuando es
visceral, cruda y contundente.
sábado, 24 de octubre de 2015
LOS POETAS DEL 90
Con soberbia leo a algunos poetas -de la llamada promoción post 2000- referirse a la década del noventa como si se tratara de una época donde la poesía fue anoréxica. Critican que no les haya dejado algún poeta que les sirva como referente y se jactan que gracias a ellos el poema recuperó su vigor (como si lo hubiese perdido). No sé si lo dicen por inmadurez o porque todavía no han sido capaces de escribir algo superior a lo que sí escribió esa generación que nació -en su mayoría- durante la dictadura de Velasco, padeció la incipiente democracia de los ochenta, resistió la autocracia fujimorista y sobrevive aún al desencanto y la decepción de este sistema vilipendiado por los Toledo, los García y los Ollanta. Esa generación le dio al proceso de nuestra literatura libros emblemáticos como “Zona Dark” (Montserrat Álvarez), “Las quebradas experiencias” (Xavier Echarri), “Itinerario del alado sin cielo” (David Novoa), “Elogio a la nada” (Tomás Ruiz), “Este es mi cuerpo” (Lizardo cruzado), “El libro de las señales” (José Carlos Yrigoyen), “Lima o el largo camino de la desesperación” (Carlos Oliva), “La virgen negra” (Johnny Barbieri), “Libro del sol” (Josémari Recalde), “De este reino” (Victoria Guerrero), “Sinfonía del kaos” (Rodolfo Ybarra), “Bajo el cielo de Satán” (Enrique Hulerig), “Casa de familia” (Selenco Vega), “Vestigios” (Miguel Ildefonso), “Abajo sobre el cielo” (Roxana Crisólogo), “Alveron o toda el agua de la noche” (Manuel Medina Velázquez), “Ritual de los prójimos” (Renato Cisneros), “En los sótanos del crepúsculo” (Héctor Ñaupari), “Reclamo a la poesía” (Rafael Espinoza), “Por la identidad de las imágenes” (Leoncio Luque Cotta) y “Pista de baile” (Martín Rodríguez Gaona), por sólo citar algunos. La tarea pendiente es escribir sobre esa generación que no sólo tiene sus mártires sino que continúa afirmándose como una de las más consistentes, de pie, escribiendo.
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(Publicado en el diario Expreso el jueves 22 de octubre de 2015)
miércoles, 21 de octubre de 2015
Neón ha vuelto
Acabo de recibir los
ejemplares de “La hoguera desencadenada”, la antología del Movimiento Cultural
Neón que preparé con Héctor Ñaupari. Es extraño tener entre las manos veinticinco años de
historia, veinticinco años en los que aprendimos a resistir y a persistir en un
escenario adverso a quienes decidimos entregarle nuestra vida a la poesía. Leo
la antología, pienso en Carlos Oliva y los violentos años de la década del
noventa, lo imagino esperando a Zelada en alguno de los cafés en
las inmediaciones de San Marcos, proyecto a Juan Vega al centro de un grupo de
jóvenes en el jirón Quilca hablando de estética, de Barthes; recuerdo a Miguel
Ángel Guzmán caminando por la avenida Brasil repitiendo en voz alta los poemas
de Ojeda y de Churata, y de pronto la oscuridad en forma de vehículo, la
oscuridad con precisión de infarto, la oscuridad en la noche irremediable de
Lima clavándose en la juventud de estos poetas, la muerte con su carcajada de
espanto arrebatándoles el aire. La muerte y su maléfica actitud hurgando en la
avenida Tacna, en la Plaza San Martín, de pie frente a los monumentos como
quien le pregunta al silencio de qué sirvió cerrarles los ojos. Yo la miro de
este lado del ordenador y le digo que no le sirvió de nada. No le sirvió de
nada porque hoy Neón ha vuelto, porque hoy Oliva, Vega y Guzmán han vuelto. Yo
la miro y le digo que fue en vano ese rapto material porque hoy cumplimos 25
años y aquí estamos rodeados por quienes no claudicaron, por quienes se
mantuvieron firmes izando la bandera de ese poema que nos cruzó a todos con la
perdurable sensación de la unidad, de la refundación de las propuestas para
retar a este siglo que no deja aún de sorprendernos.
LOS VALLEJO URRETA
Sembrar un árbol dice la máxima que es una de las tareas que se debe cumplir para alcanzar la trascendencia. Reconstruir un árbol debe ser más complicado, si nos detenemos a observar cómo los nudos fueron desconfigurando la estructura inicial y cómo las ramas fueron extendiéndose lejos de toda noción de equilibrio. Miguel Ángel Vallejo Sameshima, gestor y periodista cultural, autor del catálogo bibliográfico “Lo cholo en el Perú” y de una serie de textos narrativos, acaba de publicar “Vallejo Urreta, historias de una familia peruana”, un libro singular con el que intenta recuperar, desde los testimonios de veinte parientes, la memoria histórica de una familia durante el siglo XX. Un libro que Vallejo Sameshima se preocupó por no descontextualizar de los acontecimientos sociales y políticos de una época que estuvo signada por dictaduras, autocracias y una incipiente democracia como reflejo de los antagonismos de familias que han ido migrando de posición y que nos conecta con la rutina del ciudadano de a pie que carga con sus propios dramas, inéditos para una mayoría que nos da la impresión terminó siendo avasallada por lo inmediato, por la intrascendencia, pero por sobre todo las necesidades primarias propias de un país cuyas políticas aún se ejecutan de espaldas a lo real. Así vemos que cruzan el documento de Vallejo Sameshima, comerciantes, empleadas del hogar, mototaxistas, choferes de combi, tenderos, peruanos que salieron de su tierra natal y que fueron ramificándose motivados por esa promesa del futuro mejor o por los estudios como herramienta de fortalecimiento social. Narrado con la diligencia del investigador, con ese estilo propio de quien escribe desde la nostalgia, la importancia de esta reconstrucción es su apuesta por la identidad y la sensación de haber entendido a una familia gracias al valioso trabajo de acaso el más preocupado de sus descendientes.
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(Publicado en el diario Expreso, el domingo 18 de octubre)
domingo, 4 de octubre de 2015
CUADERNO EXTRANJERO de Enrique Sánchez Hernani
“El poeta vigila sus sueños con una
escopeta”. “Cuaderno extranjero” debe ser el
libro más complejo de Enrique Sánchez Hernani. En cuarenta y ocho páginas el
poeta nos enfrenta a tres formas de reinvención en donde la historia es
repasada desde la perspectiva de quien ha logrado mimetizarse con cada uno de
los sucesos que configuran el imaginario de su propuesta. Su ajuste de cuentas
con el marxismo, su rol de médium que se hace explícito en “Res perversa” y la
reescritura de lo que acaso quedó en sus archivos como documentos vinculantes a
este cuerpo final, nos retornan a uno de los poetas más importantes que
surgieron en la década de los setenta. Enrique Sánchez Hernani ha escrito un
poemario que en su primera puerta se ajusta a los aportes del poema total que
incorpora en sus versos no sólo la valoración emocional del escritor sino los
elementos externos propios de otras ciencias, posteriormente nos devuelve a lo
siniestro que significa redactar en estado de posesión, en situación de medio
para liberar el poema, al margen de si el ente responde a una u otra de las
clasificaciones de la tradición judeocristiana, la voz está y es lo único que
queda. “Vamos a dejar que ocurra un
prodigio: / puedes cambiar de lugar las vocales / y atarlas en la arboladura de
las naves”. Rezan estos versos de la tercera puerta, el pasaporte que
nos retorna a la contemplación para desde allí comprender la unidad de este
cuaderno: poetizar desde los referentes de nuestra modernidad a la que asiste
como el más puntual de sus testigos y dejar que su mano escriba ajeno a su
voluntad, al sentido de quien señala la punta del iceberg. El resto será
nuestro diagnóstico, la sensación de cerrar un libro que nos deja las ventanas abiertas.
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(Publicado en Diario Expreso, el domingo 4 de octubre de 2015)
ESCRIBIR SOBRE EL PADRE
El hijo retorna a la casa del padre a recoger sus pasos. Observa el Volkswagen,
regresa a las paredes, a los cuadros desde donde vuelve a sentir la voz del
viejo, sus palabras, repasa las fotos como quien pretende simultáneas
regresiones para evitar el dolor de la ausencia, la angustia que cae con todo
su peso sobre su corazón, sobre sus manos que saben que nunca más volverán a
apretar sus manos. Piensa en la Monark que yace oxidada y
estática sobre la que alguna vez despidió su infancia. Se detiene en la foto al
fondo del salón, en la camisa, mira el retrato del pasadizo, y de nuevo la
nostalgia, la certeza de la pérdida, el vacío que se agiganta. Raúl Mendoza
Cánepa ha perdido a su padre, pero no es a través de una novela o de un relato,
la estructura que utiliza para protegerlo del olvido, sino un poema con el que
ha logrado rescatarlo para entregarlo a sus lectores. “Retratos de mi padre” es
el libro de poemas con el que Raúl Mendoza Cánepa fortalece una tradición que
empieza con Manrique y continúa con Justo Jorge Padrón que tiene en la figura
del padre un motivo para reinterpretar la historia. RDMP es una obra que
sorprende por el manejo de los tiempos y la precisión de sus encabalgamientos,
un libro que pese al dolor, a la emoción fresca, no cae en el sensibilismo.
Virtud que sólo un verdadero escritor puede asumir para lograr la
trascendencia. El autor de “La invención del reino” y “La tentación infinita”
vuelve a dejar de lado al abogado y ensayista para demostrarnos que su talento
se impone cuando regresa a la lírica. Encomiable en alguien cuya tradición
judeocristiana no opaca el estremecimiento propio de quien redacta desde la
orfandad o la tristeza.
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(Publicado en Diario Expreso)
SOBRE LA MUERTE DE LAS ARAÑAS de Adrián Alberto
¿Cuál es
la siguiente batalla de un poeta después de luchar contra la página en blanco?
¿Qué sigue luego de reconocerse en el poema? Dejar el poema allí o
exteriorizarlo. Para muchos publicar es algo muy delicado, por eso cuando un
poeta se atreve a dar ese paso, quienes hemos venido siguiéndole la pista, lo
esperamos con singular expectativa. Expectativa mayor cuando el poeta tiene
sobre sus hombros la enorme responsabilidad de haber crecido en un lugar de
tradición imponente. En eso pensé cuando Adrián Alberto, joven poeta
trujillano, anunció hace algunos meses la publicación de su primer libro; una
obra que al terminar de leerla me detuvo sobre varias interrogantes. ¿Cuál es
el aporte de Adrián Alberto a una tradición que va más allá de su natal Trujillo?
Sin duda: el riesgo. Un poeta es tal cuando, después de manejar con destreza el
lenguaje, en vez de escribir preocupado por la música, lo quiebra, rompe con su
tradición, la reconfigura exponiéndose. Cuando Adrián Alberto apela a las
interjecciones o resemantiza el mar, la muerte o el desierto, la preocupación,
si acaso existe alguna, no es con el resultado del poema, sino con lo que
pretende configurar como emociones, por eso conmueve, por eso captura, por eso
convence. “Sobre la muerte de las arañas” es un libro que nos devuelve a una
tradición en la que el poema no se queda en el texto, aquí el poema tiene
movimiento, se desplaza, dialoga con los elementos que asisten a su
construcción. La virtud de Adrián Alberto es que cuando uno lo lee, escuchamos
a un poeta sin edad, cuyas cartografías son un puente entre lo que Trujillo le
ha entregado al proceso de nuestra literatura con la proyección de una poética
que nos sigue dando lecciones de riesgo y de belleza.
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Publicado en Diario Expreso
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