lunes, 31 de marzo de 2014

JORGE NÁJAR Y UNA NOVELA ALUCINADA

Uno parte en busca de felicidad y regresa como puede”
                                                               J.N.

Escribe: Winston Orrillo
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Conocido ampliamente como poeta, Jorge Nájar (Pucallpa, 1946), fue uno de los puntales del Movimiento Hora Zero, y su obra ha discurrido, sin prisa pero sin pausa, en medio de las estancias de numerosas distinciones literarias. Entre las más importantes se hallan el Premio Copé de Oro, 1984, con su libro Finibus Terrae, y, en el 2001 el galardón de Poesía Juan Rulfo, en el  certamen que convoca Radio Francia Internacional.
Con el título significativo de Formas del delirio, Nájar reunió toda su poesía escrita hasta 1999. En 2007 apareció Allí donde brota la luz. Como traductor seleccionó una Antologia de Poesía Contemporánea de Expresión Francesa, así como la obra –escrita en idioma galo- por Ventura García Calderón. En narrativa ha publicado, en 2010, Penúltima odisea y otras ficciones, mientras que, en Altazor su Vallejo y la célula non plus ultra, primera parte de un ciclo que dedica a la vida y obra del autor de Trilce. Gran parte de la obra poética, de Nájar,  traducida al francés, ha sido lanzada por las editoriales La Difference y Folle Avoine.
Él vive en París, donde, precisamente, se desarrolla el meollo de El alucinado, novela breve, que acaba de publicarle la dinámica Editorial Summa de Harold Alva.



Este libro, como su nombre lo indica, es una verdadera vorágine alucinada: la historia de uno de los tantos militantes ultraizquierdistas que llegaron a la patria de Rimbaud, seguramente para la ilusa recomposición de sus maltrechas células políticas, pero inficionados por una mélange de ideología, chamanismo y pleno delirio, en medio de una vida bohemia que tenía más de un viso autodestructivo, con evocación,seguramente, de los bienaventurados “poetas malditos”, de la antepasada centuria.
El personaje –por momentos, sin duda. alter ego de Jorge Nájar-  viene de escapar de una acción confiscatoria –fue la época de la expropiación de los bancos y de una militancia desaforada que aprovechó las ingentes energías de jóvenes insuflados de idealismo que lo dieron todo sin medir las consecuencias –o midiéndolas mal- de sus acciones, por lo que dejaron sendas huellas que fueron fácilmente seguidas por los “encargados del orden”, con la consiguiente detención y tortura y muerte –o “desapariciones” que, para el caso, es lo mismo- de aquellos imberbes mílites idealistas. Todo lo cual le vuelve, le obsede, mediante el “perro de la memoria” (no se olvide que nuestro narrador es un poeta de relieve: de allí el lenguaje pleno de imágenes y analogías), al protagonista de la obra.
Pedro Toledano, el personaje principal, es un joven poeta, que comparte mucho con el autor: ”Cerrando los ojos Toledano cantó evocando su vida amazónica. Hay un río, monarca de los ríos/ único, inmenso, de beldad sin par:/ humilde nace entre picachos fríos,/ soberbio muere rechazando al mar”.
Las vicisitudes de su amor por Judith, son el meollo de la novela. Ella es otra joven militante, igualmente fugitiva de la represión peruana,  con la que se reencuentra en París, lo cual conforma el  núcleo del corpus narrativo, pues ambos están asediados por el complejo persecutorio, y una justificada paranoia, que los paraliza en más de una oportunidad:
Hay escenas de amor -que, obviamente, solo podrían haber sido escritas por el poeta de polendas que es Nájar- como la siguiente: “Ella le acarició las venas del brazo y él besó nuevamente sus manos antes de subir por los hombros, pasar por las mejillas y hundirse, tembloroso, en la fruta madura de su boca…”
Pero llega, como siempre llega, la hora del esclarecimiento, de lo que ella llamara “de los grandes balances”: “La idea que los había hecho vivir estaba en crisis y ellos o estaban presos, o muertos, o escondidos, o metamorfoseados en porquerías en cualquier rincón del planeta, cagándose de miedo ante la amenaza de ser recuperados y sancionados por el violento pasado….Ella lloraba ocultando la cara en la almohada, convencida ahora sí de que  Toledano se había hundido en un camino sin regreso…” Y vino una larga noche de recuerdos de lo que fue su vida, de lo que los unió y separó: “las razones por las que en varias oportunidades dejaron de verse y el juego del azar  que los llevó a encontrarse”. Reproches mutuos y reapegos, pero ya se columbraba el corolario, que no podía ser otro que la separación definitiva, con lo que, a su vez, se sellaría la suerte de Toledano: solo en un París despiadado, indiferente, del que aprehendemos –por él- sus escondrijos debajo de los puentes. Pero, antes: “Volvieron a descubrir sus cuerpos, a reconocerse los secretos, las huellas dejadas por la vida antes de llegar a las exigencias y servidumbres de la pasión. Y ya agotados, él sintió que ella se ponía a llorar contra su cara iluminada por el brillo de un nuevo cigarrillo, otorgándole un halo misterioso a unos ojos que solo sabían contemplar la noche y sus sombras. Ella se quedó dormida pero él no podía hacerlo como hubiese querido, sin tener que desenredar los hilos que se trenzaban en su vida”.
Poetas de Hora Zero; Tulio Mora, Jorge Nájar y Jorge Pimentel
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Ella, Judith,  se fue, pero le dejó un bolso y un sobre con una carta “de caligrafía temblorosa”, en la que se revelan algunas de las verdades de esta relación sui generis, cuya conclusión  determina, a su vez, el fin de Toledano, quien acaba por reconocer la verdad de lo que aquélla señala: “Aquí en París, como allá en Lima, nuestros encuentros no son más que una escala fácil para alguien que en realidad está huyendo de su propia vida. Y yo estoy cansada de jugar a las escondidas. Lo mejor de mi vida ya fue entregada a lo que yo consideré el ideal más alto del hombre: luchar por pasar del reino de la necesidad al de la libertad.(Subrayado nuestro). Y mira en lo que estoy terminando, en una pordiosera de afectos que tú no sabes dar”.
Fue el final: Pedro, aunque lo sabía inútil, salió a buscarla, y cayó presa de un último delirio en medio del cual acabó, porque, antes: “Sintió que el mundo temblaba, que debajo de sus pies se abría un pozo de arena. Se apoyó en el borde cerrando los ojos y tuvo la impresión de que ya antes, en otra época y en otra sociedad había vivido la misma situación. Sintió como si se abriera un agujero en el tiempo, (Otra vez el alter ego).Se vio en la tierra de su infancia bajando en una balsa por el curso precipitado de un río. Pero no supo a qué correspondía todo ese violento desfile de imágenes que le hacían daño”. Y viene, entonces,  una mescolanza de imágenes en las que confunde a Judith con la diosa Shiva y, junto con el ron que no dejaba de beber,  “desfilaron por su memoria rostros difusos en la maraña del tiempo, palabras temblorosas, promesas incumplidas, el gran poema que todavía no había escrito. (Subrayado nuestro). Pero, en su interior,  el recuerdo de Judith permanecía indemne. Tan complejo es el amor…”
Y, en medio de esa alucinación, se lanzó al río, del que es rescatado, para caer en manos de un grupo fascista de jóvenes con el cráneo rapado, con los que intercambia insultos hasta que ellos no vacilan en arrojarlo al río “riéndose por lo que acababan de hacer”. Felizmente es rescatado, rápidamente, por la Cruz Roja y la policía,  pero, para nada, pues él se hunde, definitivamente, en su delirio final, en el que seguía persiguiendo las aguas del Río de la Iluminación.
La Amazonia peruana, Lima, La India, París, escenarios poliédricos que, al fin, convergen en una sola y única circunstancia: la de una generación peruana–que como la añeja y ya famosa “perdida” de Hemingway y otros- que, igualmente, sigue en busca de un destino que, al parecer, no nos está reservado para los humanos.

Nájar poeta es el cabal substrátum de Nájar narrador.

lunes, 24 de marzo de 2014

MARUJA VALCÁRCEL BORDA SUAVEMENTE LA POESÍA



Escribe: Winston Orrillo

Un leve discurrir entre la intensidad, atemperada por el ánimo sutil y la suave intensidad (valga el oxímoron), caracterizan al libro de Maruja Valcárcel, “Bordando suavemente el viento, otro acierto en la multánime publicacion de editorial Summa, que dirige el poeta Harold Alva. 
Subscribo las palabras del buen poeta y crítico, Dimas Arrieta, quien, en su enjundioso prólogo al volumen, señala que  el presente es un “Poemario hecho en el amor y el ardor hacia la vida, con esas lluvias interiores que se convierten en un océano que no moja el cuerpo, pero sí empapa el alma.  Por lo tanto,  manifiesta a un ser humano vivo, bien aferrado a su temple, a su misión, que sabe lo que dice y bien dice, hasta cuando se sumerge en su silencio”.
Y, en efecto, algo de lo que llama la atención, en alguien como Maruja, a quien muchísimos conocen por su denodada labor de lo que en Europa se llama publicística, y aquí es, simplemente, editora de periodismo; algo que llama, repetimos, poderosamente  la atención en ella (que no es lo que se puede decir una profesional , stricto sensu,de la literatura) es su excepcional capacidad para decir, y decir bien, las cuestiones que atañen al arte, a la expresividad,  como cuando escribe: “Escucha..” y dice, acercándose, así, a lo inefable: “Tanto jugar con las palabras,/  tanto decir con la mirada,/ la palabra/ y la risa/ aquellas frases, con sin sentido,/ con los poetas,/ para armarlas y amarlas,/ dentro/ y también fuera. Para lo que fuera./  Y qué importaba!//  Pero ahora, las frases se esconden,/  detrás del ruido,/  ese trueno serpenteado por la risa,/ sin sospecha,/ del que sabe escuchar  tu silencio”.
Este, asimismo, es, por cierto,  un libro de amor,  de ese difícil tema –Rilke lo señalaba al advertirnos del peligro de escribir versos sobre los sentimientos.  Pero lo importante es que, dentro de lo difícil, es donde se prueba la calidad del artista de la palabra.
Veamos, pues, cómo sale, bien parada, la expresividad lírico-amorosa de Maruja Valcárcel cuando nos dice, en “”: “Trigo, semilla y pan,/  maná de mis días tristes,/  tú…/  Fuente clara y encantada / de las risas de cristal.// Ave plateada, tú,// reloj intemporal/  que marca mi hora exacta,/ tú…/ que a mi piel has vestido de poemas/ y sembrado de rosas/  mis mejillas,//tú…// Gladiador, vencedor de mis fantasmas,/  lector de mis angustias,/  traductor del cuerpo mío,// noche de Pascua,/ tú… Ven, atraviesa el horizonte/ y encuentra otro, y otro más…/// Ven, lava mis ojos de toda pena/  y, ya en silencio,/  bebe en mi copa/ que es tuya sola.”

Arturo Corcuera, Maruja Valcárcel, Harold Alva y Óscar Málaga

Rotundo remate que, por cierto, nos enfrenta con una escritora en la plenitud de sus facultades, como que aquellos versos no fueron un hallazgo casual, pues, en “Arquitectura”, podemos leer: “…Ahora voy a dormirme,/ hermoso y alado hombre,//luego, mañana armaré/ los versos que hice esta noche/ y, si faltara una estrofa,/ tú ya sabrás completarla/ con tu cuerpo,/ y con tus versos,/ para nacerme de nuevo/  como la última vez”.
Hace tiempo que venimos sosteniendo que, la gran poesía, no solo es una danza de palabras, sino que, ella misma, es un intentar aprehender el devenir, y  que los elementos del ser y el tiempo, o del ser y la nada, nimban sus esquinas más conspicuas.
Maruja no es ajena a aquello. Y, en su poema, “Donde vive el tiempo” se halla, explícito, lo enunciado en el párrafo anterior: “A mí qué me importa el tiempo,/  yo lo encabrito/ conozco de su aliento, yo lo siento/ en la boca de los músicos.// A mí el tiempo me lleva de la mano/ por las tabernas/  y lo bebo a sorbos/ en cada mirada.// A mí el tiempo me regala  madrugadas/ con los dedos entrelazados,/ tamborileando/  sobre la mesa/ un ritmo nuevo/ de risa y de vergel.// Y me trae de vuelta a la caverna,/ fuerte, desnudo,/ sin temor a la noche que acicala/ mis cabellos negros,/ porque necesita que yo dance/ sobre él.// A mí qué me importa el tiempo,/ ese tiempo del que hablan/ los habitantes/ del alma envejecida,/ enmohecida.// Yo hablo del otro…//Ese tiempo me busca con la mirada,/ cada día,/ cada noche/ y me enseña / cómo tomarme un vodka eterno,/ con la vida ovillada/ entre  sus brazos.// Quién será que lo puso allí…/ cómo será que de pronto/ apareció/ con su guitarra,/ el tiempo…
Pero una relevante poesía, igualmente, no puede fulgir sin hacer una invocación a la ruptura del solipsismo, de la propia torre de marfil (tentación de tantos poetas), por lo que entendemos perfectamenete congruente, remarcar  nuestro comentario con la cita, casi íntegra, del texto, “De Gris y Piel”, cuyos versos finales nos dan la clave de adónde apunta esta relevante poesía de Maruja Valcárcel: “Un saco a suaves cuadros…/ una corbata,/ la camisa perfecta,/ una bufanda.// No debe el frío de la tarde/ lastimarte,/ por eso yo te abrigo,/ y es preciso/   que te acerques,/ ya desnudo,/ para encender una hoguera,/ todos, todos,//   porque somos tantos,/  cuando estamos juntos. (Subrayado nuestro). Y un rasgo que no puede faltar, en todo escritor de relieve: el humor, y, a veces, en su variante del “noir”.Veamos,  para concluir nuestras abundantes, pero necesarias, citas de las palabras de la autora: en su sintomático poema “Nada”, escribe, como versos finales: “Qué será, por qué será que uno termina/ convertido en minutero,/ siempre,/ del reloj de  la casa/ de enfrente”.