miércoles, 2 de diciembre de 2015

El escritor de verdad


El escritor de verdad vive para su obra, en su radio de acción no hay lugar sino para fabular, para construir los argumentos que le darán consistencia. No se mide con nadie, no está pendiente de las reseñas periodísticas, no anda solicitando entrevistas. El escritor de verdad compite consigo mismo, su lucha es contra sus fantasmas, contra la inestabilidad del lenguaje, porque sabe que la vida es demasiado corta como para distraerse con la estupidez de la moda. El escritor de verdad no busca ponerse “de moda”, no está pendiente de cuántos “likes” consigue su estado de Facebook. Su tiempo lo dedica a leer, a construir sus historias, a corregirlas y en ese ejercicio aprende a destruirse porque sabe que sólo destruyéndose alcanzará la perfección, el remate lírico, el final sorprendente. Y retorna al reto de su pantalla como quien acepta una pelea. El escritor de verdad sale a la calle, se contamina con el esmog de la vía expresa, se detiene sobre los puentes y observa los edificios, la velocidad de los autos, el vuelo de aquellos pájaros que lo observan con misericordia. El escritor de verdad no está a la caza del reconocimiento ni anda pidiendo que lo incluyan en antologías, al escritor de verdad no le importan las antologías, no está pendiente de seminarios o conferencias, no solicita que lo pongan como crítico en las presentaciones, no anda buscando presentaciones. El escritor de verdad no se hace propaganda, no busca organizarse en argollas o capillas porque hacerlo significa inseguridad, pánico a que nadie lo tome en cuenta, al escritor de verdad no le interesa que lo tomen en cuenta. El escritor de verdad es un bello salvaje que se entrega a lo que ama sin proyección ni cálculo, el resto son las credenciales para alcanzar el olvido.

El golpe de Victoria


El título de un libro suele ser una puerta, pero cuando esa puerta tiene que ver con el azar, la intriga es lo primero que nos asalta. No es lo mismo ingresar (o salir) con la certeza de que adentro (o afuera) hay algo a intuir que después de dar el paso decisivo nos espera la sospecha, la duda como relacionante a esa decodificación que hará del personaje no la punta del icerberg sino ese ochenta por ciento que el narrador nos entrega de forma sistemática como quien se arranca la piel, su historia, página tras página. Victoria Guerrero, la poeta de “Ya nadie incendia el mundo”, “Berlín” y “Cuadernos de quimioterapia”, ha publicado “Un golpe de dados (novelita sentimental pequeño – burguesa)”, un texto de autoexploración que nos entrega como quien necesita saldar una deuda con la nostalgia, con las calles donde no sólo conoció el amor sino sobre las que fue creciendo una generación con la que participa como quien detona una bomba, un grito, un poema de redención. Victoria Guerrero, consecuente con su propuesta poética, ha escrito un relato político que bien puedo asociar a sus “Documentos de barbarie”, por ese tono de inventario que a pesar de lo personalísimo constituye un manifiesto colectivo. El valor agregado, más allá de la historia, radica en su técnica, en su estilo para domar el lenguaje: la destreza con la que narra cómo se gesta la reacción popular y, a contracorriente, nos deja el final como esa puerta que constituye la punta del icerberg, lo que se ve: Guerrero termina su texto sin escribir lo que sabemos, es reticente. Nos propina un knockout, una lección de clase con la que no podemos dejar de perturbarnos. Léala: “La palabra no existe en medio de la guerra”.

El viejo LAS


Le enseñaron a caminar en la oscuridad, su madre le vendaba los ojos y así lo hizo conocer la casa paterna, me contó Hugo García Savatecci, el filósofo, acaso uno de los intelectuales que estuvo más cerca del maestro. Tenía un gran sentido de la reacción –continuó-, una mañana salíamos del Legislativo y me preguntó quién se acercaba, a Luis Alberto le gustaba ser él quien saludase primero, pero era obvio que su ceguera no se lo permitía, entonces preguntaba; se acerca su sobrino Javier Diez Canseco, le dije. Muy bien, respondió. “Hola Javier”, le dijo. “Hola tío, cómo la ves”, respondió el parlamentario jugándole una broma. “Bien, bien, y tú cómo andas”, replicó LAS, Diez Canseco sólo sonrió ante los reflejos del viejo y continuó. Otro día, prosiguió García Salvatecci, se fue la luz durante un pleno, los legisladores confundidos intentaban salir, tropezándose. “Orden en la sala”, “orden en la sala”, repitió LAS, “Quien quiera salir, sígame”, hicieron una cadena de brazos y salieron gracias a la destreza que desarrolló desde su niñez, pero a Luis Alberto Sánchez no le gustaba poner en evidencia su ceguera y cuando pronunciaba sus discursos, se ponía al frente, sacaba su portafolio, lo ponía sobre el púlpito, lo abría y pronunciaba el discurso como quien lo estuviese leyendo, era un orador impecable. Cuenta la leyenda que el rey Juan Carlos le pidió a uno de sus secretarios que le pregunté sobre su técnica, el hombre se acercó a Sánchez, lo observó de cerca y, sorprendido, regresó al lado del rey: “su técnica es poner las hojas al revés”, le confesó al rey. En otra ocasión, durante un acalorado debate, un senador del PPC lo insultó: “es usted un cornudo”, profirió. LAS, tranquilo, frunció el ceño y agregó: “en el lejano caso que tenga razón, lo mío se cura cambiando de mujer, sin embargo, usted no podrá cambiar nunca de madre”.

Tarja Turunem


Lo primero que escuché de Tarja fue su interpretación de “El fantasma de la ópera”, cuando era vocalista de Nightwish, la banda finlandesa de donde, después de nueve años de ascendente carrera en la escena del power metal mundial, fue expulsada el 2005. Su impactante voz hizo que investigue sobre su registro más que sobre la historia de la banda. Ella fue quien les marcó la pauta, ella fue la estrella; paradójica virtud que determinó la extraña decisión de Tuomas Holopainen por entregarle una sombra a su carrera con la desatinada expulsión. “Tenía aires de diva”, declaró. Argumento que pierde piso cada vez que la soprano se pone en contacto con su público. Tarja Turunem nació en Kitee, en 1977. Después de grabar seis discos con Nightwish, inició su carrera como solista. Es soprano, compositora y pianista. La diosa del metal ha hecho del rock una invitación a lo gótico que captura especialmente a quienes invadidos por el arte, nos trasladamos a escenarios disímiles en los que podemos liberar los demonios a quienes hemos aprendido a observar en silencio cuando escuchamos el crepitar de una garganta que sacude como el filo de la conmovedora y oscura voz de la sirena de Finlandia. Su dimensión en la escena de la música, alcanza territorios inéditos gracias a su rompimiento con lo que conocemos como power metal. Su mezcla del heavy tradicional con particularidades escolásticas hace de su propuesta una vertiente en la que lo melódico triunfa con ventaja sobre esa agresividad con la que dosifica cada una de sus interpretaciones, va más allá del thrash. Su aporte es precisamente esa tensión que la eleva y la independiza lo suficiente como para dejar de esquematizarla cual representante de un subgénero. Tarja Turunem se independiza como tendencia: ella ha fundado su propia tendencia.

Claudia, en el camino



Su primer libro: “Noche infiel”, capturó la atención de quienes ya veníamos escribiendo en los noventa. Una portada oscura con la silueta de una mujer en la ventana nos sugirió que estábamos frente a una mujer para quien el atrevimiento era parte de su vida. Claudia Pacheco tenía diecinueve años. La primera imagen que tengo de ella es en la Plaza de Armas; su cabellera corta, en jean, medio hippie, el maletín con pinceles en una de sus manos y, en la otra, el estuche de su guitarra. Estudiaba en Bellas Artes, escribía poesía y, con Rafael Mercado, fundaron “Noise”, el dúo de música electrónica. Después le perdí la pista. Los vertiginosos noventa segregaron a una generación que supo resistir aferrándose a su lado más salvaje: el arte. El nuevo siglo se encargó de reunirnos a muchos. El internet, el famoso Messenger de inicios del dos mil fue el culpable de la reintegración de aquellos que suponíamos los vestigios de una década que casi nos vence. Claudia Pacheco había continuado con su búsqueda, recorrió el mundo, conoció otras culturas, aprendió algo que no habríamos vislumbrado: magia. Se convirtió en la única mujer ilusionista de Latinoamérica inscrita en la “International Brotherhood of Magicians” y continuó escribiendo. Tenía otro libro: “Love my way”, en la portada la reconocemos a ella al volante reflejada en el retrovisor, un conjunto de poemas que marcó su retorno a la primera Claudia: “No puedo describir con exactitud lo que me rodeaba / lo sórdido y perverso lo ocupaban todo / lo apacible e ingenuo no cabían más en el contexto”, pero con la precisión de quien continúa enfrentándose a un mundo perverso. La poeta se atreve y “atreverse ya es conquistar un lugar en el paraíso de la belleza”, afirmó Roger Santiváñez. Yo lo suscribo.

Santiváñez, el sobreviviente


Roger Santiváñez es el único escritor que ha sido protagonista de lo acontecido durante los últimos cuarenta años de poesía. Su inicio en Piura, su posterior arribo a Lima, la urbe salvaje, la bestia a la que se enfrentó con los Hora Zero, con La Sagrada Familia, con el rock subterráneo que dinamitó la ciudad a inicios de los ochenta, con Kloaca, el movimiento que fundó con Domingo de Ramos en el que participó Mariela Dreyfus, Polanco, y otros intensos artistas que marcaron la década, sobrevivió a los noventa, a los lumpenescos noventa. Una de sus acciones de rechazo al sistema fue detenerse al centro de la Plaza San Martín para cortarse las manos sujetando la bandera. Vivió en los sótanos de la perdición, en la selva agreste de los alucinógenos, de la decadencia como contrasentido de afirmación a los que cruzó como un balido aferrándose a la noche, aferrándose a ese amor que acaso lo detuvo para que no siga exponiendo la vida. Y escribió, escribió siempre: “Antes de la muerte” (1979), “Homenaje para iniciados” (1984), “El chico que se declaraba con la mirada” (1988), “Symbol” (1991), “Cor Cordium” (1995), “Santa María” (2001), son una serie de documentos que lo confirman como uno de nuestros poetas de mayor proyección y trayectoria. Pero Santiváñez necesitó más y experimentó con la narrativa, publicó “El corazón zanahoria”, un texto sobre sus primeros años en un barrio del norte y “Santísima trinidad”, nouvelle donde el descubrimiento de la sexualidad es un pretexto para retornarnos a la urbe y a su pasión por escribir sobre los tejados, sobre las sucias ventanas de las zonas marginales donde no se admite otra sombra que no sea el reflejo de la violencia, su insípida ternura, y la memoria, su memoria como la victoria de un sobreviviente.

domingo, 25 de octubre de 2015

4 meses en Expreso

A esta columna le debo haberme reconciliado con la disciplina. La primera vez que me volví lector del diario Expreso fue en 1999 cuando editó la colección “Escritores del siglo XX”, vía fascículos que se publicaron durante varios meses, los días jueves. Yo tenía veintiún años. Hoy cumplo cuatro meses escribiendo de martes a domingo gracias a la apertura de su director y de los responsables de esta página, quienes aceptaron la recomendación del jurista y catedrático universitario Willy Ramírez Chávarry. A ellos mi reconocimiento por permitir que en trescientas palabras escriba sobre lo que acontece en la literatura, la investigación, la música, el cine, la pintura, la fotografía, pero sobre todo por su compromiso con este columnista en las actividades que humildemente ha realizado por la poesía. Recuerdo la tarde cuando me reuní con Antonio Ramírez Pando para solicitarle escribir en la página política y me sugirió que lo haga en su página cultural. “Escribir en un diario es una gran responsabilidad, te reto a que lo hagas todos los días”, fueron las palabras del director, lo miré como quien procesa la invitación, “acepto”, le respondí y, desde ese 24 de junio, los domingos como hoy, programo qué lectura, o música, compartir o qué conferencia o exposición recomendar, con la diligencia de un hombre que sabe la importancia de esta ventana, de esta puerta a la que pretendo no fallar. Pienso que sólo la educación y la promoción cultural harán de nuestros lectores ciudadanos comprometidos con el desarrollo de este país, evitaremos que sigan aumentando las poblaciones en riesgo y demarcaremos el rol de quienes tenemos la oportunidad de entregar lo poco que sabemos. La política nunca tendrá importancia subalterna: leer un libro, deslumbrarse con una obra de arte y apuntar a la cabeza, acaso y sirva como herramienta.  .
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Artículo publicado el domingo 24 de octubre de 2015 en el diario Expreso.

sábado, 24 de octubre de 2015

Ricardo González Vigil

Gracias a él aprendí a leer a César Vallejo. Tuve la oportunidad de asistir al reconocimiento que le hizo la Pontificia Universidad Católica por sus cuarenta años como catedrático. Aprendí a respetarlo leyendo sus comentarios en un diario de circulación nacional, primero en el suplemento, después en su columna de los jueves, pero sobre todo en los muy bien solventados estudios que sirvieron como prólogos a obras cuyas lecturas deberían ser imperativas: su trabajo sobre la poesía vanguardista del Perú, sus investigaciones sobre José María Arguedas, sus acercamientos a Joyce, Proust, Kafka, Mann  y el mundo judío; pero sobre todo su preocupación por hacer de sus discípulos verdaderos críticos. Presidente del jurado de los más importantes premios literarios, Miembro de Número de la Academia Peruana de la Lengua, poeta con varios libros publicados,” Lectura Mundo”, su poesía reunida nos reconcilia con el bardo fundador de una generación que continúa marcándole la pauta a las nuevas propuestas. Se inició con CIRLE, el grupo de escritores de la PUCP que tuvo entre sus integrantes a Luis La Hoz y Nicolás Yerovi. Ricardo González Vigil es propietario de una obra que le ha dado a nuestro proceso páginas notables. Con él la crítica literaria fue asimilada con atención en el tablero de la investigación latinoamericana. Valiente defensor de temas que para muchos son polarizantes, su conocimiento lo ha legitimado como un referente: nuestro referente. Su famoso Recuento de Fin de Año es una de las páginas más esperadas por quienes hacen literatura en el Perú. Por él han pasado miles de libros cuyas aproximaciones valieron para considerarlos entre nuestras más inquietantes lecturas. Honrar su trabajo debería ser motivo para reunirnos y entender el curso de los movimientos y tradiciones que se han sucedido a lo largo de todas estas décadas.  

EL ESCRITOR NOVEL


Cuando Arthur Rimbaud publicó “Una temporada en el infierno” a sus 19 años, pocos imaginaron que con ese libro la literatura mundial asistía a una de sus cimas. Nos sucedió a nosotros cuando a inicios del novecientos un delgado joven barranquino publicó una extraña obra: “La casa de cartón”, a la que escritores consagrados como José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez le dedicaron acertados textos laudatorios y le sucedió a Trujillo cuando, después de décadas, un inquieto adolescente, Lizardo Cruzado (se autoproclamó padre del “realismo chistoso”), publicó “Este es mi cuerpo”, un poemario irreverente que marcó un hito en la poesía trujillana. Posteriormente o no volvieron a publicar o publicaron obras de diferente calibre. El riesgo, la aventura de decir sin restricciones, la belleza de lo espontáneo, nos demostraron que para escribir no se necesitan demasiados años; Andrés Caicedo, el colombiano, fue más radical. Escribo esto ahora que he culminado de leer “El Heliogábalo”, ópera prima del novísimo Esteban Vega Landa quien edificó Ciudad Central, un espacio intemporal para que sus personajes se desaten con las características de quienes sobreviven un mundo apocalíptico como símil de esta democracia, de esta república que asimilamos con la conformidad de quien es consciente de las limitaciones de una raza que involuciona con la convicción del suicida que sabe que más allá del precipicio está la nada, y persiste. Esteban Vega Landa ha tejido una estructura del desastre que pasa por la destrucción psicológica de sus personajes (Antonio, Edward, Ludovico, Apaza), hasta entregarnos un documento que calza bien con la personalidad del Heliogábalo imperial que sucumbió a las bajas pasiones que terminaron por complotar su asesinato. Pienso en Vega Landa y no puedo dejar de asociarlo con aquellos referentes que no escribieron obras para el entretenimiento sino para recordarnos que la literatura vence cuando es visceral, cruda y contundente.

LOS POETAS DEL 90


Con soberbia leo a algunos poetas -de la llamada promoción post 2000- referirse a la década del noventa como si se tratara de una época donde la poesía fue anoréxica. Critican que no les haya dejado algún poeta que les sirva como referente y se jactan que gracias a ellos el poema recuperó su vigor (como si lo hubiese perdido). No sé si lo dicen por inmadurez o porque todavía no han sido capaces de escribir algo superior a lo que sí escribió esa generación que nació -en su mayoría- durante la dictadura de Velasco, padeció la incipiente democracia de los ochenta, resistió la autocracia fujimorista y sobrevive aún al desencanto y la decepción de este sistema vilipendiado por los Toledo, los García y los Ollanta. Esa generación le dio al proceso de nuestra literatura libros emblemáticos como “Zona Dark” (Montserrat Álvarez), “Las quebradas experiencias” (Xavier Echarri), “Itinerario del alado sin cielo” (David Novoa), “Elogio a la nada” (Tomás Ruiz), “Este es mi cuerpo” (Lizardo cruzado), “El libro de las señales” (José Carlos Yrigoyen), “Lima o el largo camino de la desesperación” (Carlos Oliva), “La virgen negra” (Johnny Barbieri), “Libro del sol” (Josémari Recalde), “De este reino” (Victoria Guerrero), “Sinfonía del kaos” (Rodolfo Ybarra), “Bajo el cielo de Satán” (Enrique Hulerig), “Casa de familia” (Selenco Vega), “Vestigios” (Miguel Ildefonso), “Abajo sobre el cielo” (Roxana Crisólogo), “Alveron o toda el agua de la noche” (Manuel Medina Velázquez), “Ritual de los prójimos” (Renato Cisneros), “En los sótanos del crepúsculo” (Héctor Ñaupari), “Reclamo a la poesía” (Rafael Espinoza), “Por la identidad de las imágenes” (Leoncio Luque Cotta) y “Pista de baile” (Martín Rodríguez Gaona), por sólo citar algunos. La tarea pendiente es escribir sobre esa generación que no sólo tiene sus mártires sino que continúa afirmándose como una de las más consistentes, de pie, escribiendo.
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(Publicado en el diario Expreso el jueves 22 de octubre de 2015)

miércoles, 21 de octubre de 2015

Neón ha vuelto

Acabo de recibir los ejemplares de “La hoguera desencadenada”, la antología del Movimiento Cultural Neón que preparé con Héctor Ñaupari. Es extraño tener entre las manos veinticinco años de historia, veinticinco años en los que aprendimos a resistir y a persistir en un escenario adverso a quienes decidimos entregarle nuestra vida a la poesía. Leo la antología, pienso en Carlos Oliva y los violentos años de la década del noventa, lo imagino esperando a Zelada en alguno de los cafés en las inmediaciones de San Marcos, proyecto a Juan Vega al centro de un grupo de jóvenes en el jirón Quilca hablando de estética, de Barthes; recuerdo a Miguel Ángel Guzmán caminando por la avenida Brasil repitiendo en voz alta los poemas de Ojeda y de Churata, y de pronto la oscuridad en forma de vehículo, la oscuridad con precisión de infarto, la oscuridad en la noche irremediable de Lima clavándose en la juventud de estos poetas, la muerte con su carcajada de espanto arrebatándoles el aire. La muerte y su maléfica actitud hurgando en la avenida Tacna, en la Plaza San Martín, de pie frente a los monumentos como quien le pregunta al silencio de qué sirvió cerrarles los ojos. Yo la miro de este lado del ordenador y le digo que no le sirvió de nada. No le sirvió de nada porque hoy Neón ha vuelto, porque hoy Oliva, Vega y Guzmán han vuelto. Yo la miro y le digo que fue en vano ese rapto material porque hoy cumplimos 25 años y aquí estamos rodeados por quienes no claudicaron, por quienes se mantuvieron firmes izando la bandera de ese poema que nos cruzó a todos con la perdurable sensación de la unidad, de la refundación de las propuestas para retar a este siglo que no deja aún de sorprendernos.

LOS VALLEJO URRETA


Sembrar un árbol dice la máxima que es una de las tareas que se debe cumplir para alcanzar la trascendencia. Reconstruir un árbol debe ser más complicado, si nos detenemos a observar cómo los nudos fueron desconfigurando la estructura inicial y cómo las ramas fueron extendiéndose lejos de toda noción de equilibrio. Miguel Ángel Vallejo Sameshima, gestor y periodista cultural, autor del catálogo bibliográfico “Lo cholo en el Perú” y de una serie de textos narrativos, acaba de publicar “Vallejo Urreta, historias de una familia peruana”, un libro singular con el que intenta recuperar, desde los testimonios de veinte parientes, la memoria histórica de una familia durante el siglo XX. Un libro que Vallejo Sameshima se preocupó por no descontextualizar de los acontecimientos sociales y políticos de una época que estuvo signada por dictaduras, autocracias y una incipiente democracia como reflejo de los antagonismos de familias que han ido migrando de posición y que nos conecta con la rutina del ciudadano de a pie que carga con sus propios dramas, inéditos para una mayoría que nos da la impresión terminó siendo avasallada por lo inmediato, por la intrascendencia, pero por sobre todo las necesidades primarias propias de un país cuyas políticas aún se ejecutan de espaldas a lo real. Así vemos que cruzan el documento de Vallejo Sameshima, comerciantes, empleadas del hogar, mototaxistas, choferes de combi, tenderos, peruanos que salieron de su tierra natal y que fueron ramificándose motivados por esa promesa del futuro mejor o por los estudios como herramienta de fortalecimiento social. Narrado con la diligencia del investigador, con ese estilo propio de quien escribe desde la nostalgia, la importancia de esta reconstrucción es su apuesta por la identidad y la sensación de haber entendido a una familia gracias al valioso trabajo de acaso el más preocupado de sus descendientes. 
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(Publicado en el diario Expreso, el domingo 18 de octubre)

domingo, 4 de octubre de 2015

CUADERNO EXTRANJERO de Enrique Sánchez Hernani


“El poeta vigila sus sueños con una escopeta”. “Cuaderno extranjero” debe ser el libro más complejo de Enrique Sánchez Hernani. En cuarenta y ocho páginas el poeta nos enfrenta a tres formas de reinvención en donde la historia es repasada desde la perspectiva de quien ha logrado mimetizarse con cada uno de los sucesos que configuran el imaginario de su propuesta. Su ajuste de cuentas con el marxismo, su rol de médium que se hace explícito en “Res perversa” y la reescritura de lo que acaso quedó en sus archivos como documentos vinculantes a este cuerpo final, nos retornan a uno de los poetas más importantes que surgieron en la década de los setenta. Enrique Sánchez Hernani ha escrito un poemario que en su primera puerta se ajusta a los aportes del poema total que incorpora en sus versos no sólo la valoración emocional del escritor sino los elementos externos propios de otras ciencias, posteriormente nos devuelve a lo siniestro que significa redactar en estado de posesión, en situación de medio para liberar el poema, al margen de si el ente responde a una u otra de las clasificaciones de la tradición judeocristiana, la voz está y es lo único que queda. “Vamos a dejar que ocurra un prodigio: / puedes cambiar de lugar las vocales / y atarlas en la arboladura de las naves”.  Rezan estos versos de la tercera puerta, el pasaporte que nos retorna a la contemplación para desde allí comprender la unidad de este cuaderno: poetizar desde los referentes de nuestra modernidad a la que asiste como el más puntual de sus testigos y dejar que su mano escriba ajeno a su voluntad, al sentido de quien señala la punta del iceberg. El resto será nuestro diagnóstico, la sensación de cerrar un libro que nos deja las ventanas abiertas. 
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(Publicado en Diario Expreso, el domingo 4 de octubre de 2015)   

ESCRIBIR SOBRE EL PADRE


El hijo retorna a la casa del padre a recoger sus pasos. Observa el Volkswagen, regresa a las paredes, a los cuadros desde donde vuelve a sentir la voz del viejo, sus palabras, repasa las fotos como quien pretende simultáneas regresiones para evitar el dolor de la ausencia, la angustia que cae con todo su peso sobre su corazón, sobre sus manos que saben que nunca más volverán a apretar sus manos. Piensa en la Monark que yace oxidada y estática sobre la que alguna vez despidió su infancia. Se detiene en la foto al fondo del salón, en la camisa, mira el retrato del pasadizo, y de nuevo la nostalgia, la certeza de la pérdida, el vacío que se agiganta. Raúl Mendoza Cánepa ha perdido a su padre, pero no es a través de una novela o de un relato, la estructura que utiliza para protegerlo del olvido, sino un poema con el que ha logrado rescatarlo para entregarlo a sus lectores. “Retratos de mi padre” es el libro de poemas con el que Raúl Mendoza Cánepa fortalece una tradición que empieza con Manrique y continúa con Justo Jorge Padrón que tiene en la figura del padre un motivo para reinterpretar la historia. RDMP es una obra que sorprende por el manejo de los tiempos y la precisión de sus encabalgamientos, un libro que pese al dolor, a la emoción fresca, no cae en el sensibilismo. Virtud que sólo un verdadero escritor puede asumir para lograr la trascendencia. El autor de “La invención del reino” y “La tentación infinita” vuelve a dejar de lado al abogado y ensayista para demostrarnos que su talento se impone cuando regresa a la lírica. Encomiable en alguien cuya tradición judeocristiana no opaca el estremecimiento propio de quien redacta desde la orfandad o la tristeza.   
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(Publicado en Diario Expreso)


SOBRE LA MUERTE DE LAS ARAÑAS de Adrián Alberto


¿Cuál es la siguiente batalla de un poeta después de luchar contra la página en blanco? ¿Qué sigue luego de reconocerse en el poema? Dejar el poema allí o exteriorizarlo. Para muchos publicar es algo muy delicado, por eso cuando un poeta se atreve a dar ese paso, quienes hemos venido siguiéndole la pista, lo esperamos con singular expectativa. Expectativa mayor cuando el poeta tiene sobre sus hombros la enorme responsabilidad de haber crecido en un lugar de tradición imponente. En eso pensé cuando Adrián Alberto, joven poeta trujillano, anunció hace algunos meses la publicación de su primer libro; una obra que al terminar de leerla me detuvo sobre varias interrogantes. ¿Cuál es el aporte de Adrián Alberto a una tradición que va más allá de su natal Trujillo? Sin duda: el riesgo. Un poeta es tal cuando, después de manejar con destreza el lenguaje, en vez de escribir preocupado por la música, lo quiebra, rompe con su tradición, la reconfigura exponiéndose. Cuando Adrián Alberto apela a las interjecciones o resemantiza el mar, la muerte o el desierto, la preocupación, si acaso existe alguna, no es con el resultado del poema, sino con lo que pretende configurar como emociones, por eso conmueve, por eso captura, por eso convence. “Sobre la muerte de las arañas” es un libro que nos devuelve a una tradición en la que el poema no se queda en el texto, aquí el poema tiene movimiento, se desplaza, dialoga con los elementos que asisten a su construcción. La virtud de Adrián Alberto es que cuando uno lo lee, escuchamos a un poeta sin edad, cuyas cartografías son un puente entre lo que Trujillo le ha entregado al proceso de nuestra literatura con la proyección de una poética que nos sigue dando lecciones de riesgo y de belleza. 
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Publicado en Diario Expreso

domingo, 26 de julio de 2015

LA MELODÍA DE UN SALVAJE


Siempre me ha demandado esfuerzo pretender interpretar la poesía de mis maestros. Óscar Málaga es uno de mis primeros maestros. Siempre elegí quedarme en ese estado de shock o deslumbramiento al que me arrojan sus poemas. Algo como quedarme con la imagen de esa pintura a la que no pude mirar fijamente porque sus colores perturbaban en mi memoria o en mi modo de responderle a la vida. Me pasó eso la primera vez que leí un poema de Málaga. Tenía quince años y estaba en el colegio, llevaba el famoso curso de literatura peruana que en aquel entonces todavía me sorprendía por la libertad en el lenguaje de las propuestas de los poetas posteriores a 1920. Habíamos llevado poesía española en tercero y a esa edad resonaban vigentes Lope de Vega, Quevedo, Jiménez, Machado, la generación del 27. Y hasta allí nomás, hasta la generación del 27 donde precisamente nunca llegamos a Poeta en Nueva York sino al Lorca de Romancero Gitano.
En el curso de Literatura Peruana, lo usual era que el profesor compartiese poemas de estructura conservadora, textos “que se puedan leer en el aula”, sin embargo, tuve la fortuna de tener un joven profesor que nos entregó las copias de una antología donde leí por primera vez un poema de Málaga, donde leí por primera vez un verso que hizo que mire más allá de los pocos libros de poesía que escasamente poblaban la biblioteca de casa: “Y tú, déjate de huevadas” decía el verso de Málaga y efectivamente me dejé de huevadas y empecé a seguirle la pista no sólo a él sino a los poetas que arriesgaron todo en su lenguaje con la sola intención de decir la palabra sin maquillajes y sin trampas. Honestos en su sensibilidad, honestos en su discurso.
            Arquitectura de un puente y posteriormente El libro del atolondrado, me reafirmaron a un escritor que siempre tuvo consciencia que la poesía es un sacerdocio que se ejerce con coraje y que la palabra es sólo un instrumento para entregarnos el mundo con la suavidad o la violencia de sus ánimos porque cuando llegue la hora de partir retornará a la orilla. La puerta es de hierro. Y cada charco tiene su propia profundidad. Miles de universos… tal como lo explica en La noche tiene el olor del cuero negro, uno de los poemas de Libro del  atolondrado.
            Óscar Málaga nos pone el mundo a los ojos, nos entrega sobresaltado una preocupación apocalíptica de la poesía. Su poesía es apocalíptica porque él vive contemplando el abismo, porque sabe que más allá del siguiente paso está el abismo, porque para los poetas más allá de cualquier paso sólo está el abismo: La salvaje melodía del aire es la bitácora de un escritor que tiene como personaje a un testigo del abismo.
            Dividido en seis ventanas con dos poemas puerta como advertencia de una sensibilidad natural y que no entiende, acude a la música y la pintura para organizar una cartografía intramuscular para desde allí puntualizar lo que el ojo y su sensibilidad captura. Y lo que captura es el golpe violento de una época terrible donde la poesía le significa todo y es nada. Y elige a Van Gogh y su campo desolado de trigo con cuervos, donde el poema muta en aquellos pájaros que caen como una nube negra porque el universo se le desmorona y no tiene nombres para ponerle a las calles. Entonces el poeta las cruza y luego se detiene para inscribir un registro más allá de la música. Un réquiem para atraparnos y asumir su inmortalidad sobre esta cosa salvaje donde cada mañana descubre que el desierto lo invade. Eso tal vez explica por qué eligió a Gene Vincent para tributarle su concierto: la poesía de un salvaje para cantarle a ese rebelde con una lesión en la pierna. Y retorna al color en su homenaje a Matisse y lo interviene en nueve poemas que bien podrían ser objeto de estudio para desarrollar una investigación de su arte poética.

Todos tenemos derecho
A interrumpir
El avance de un poema.
Detengámonos en el momento
Que la camarera te mira
Y mientras cierras
Tus cuadernos
Donde escribiste toda la tarde,
Ella te sonríe
¿Poeta?
Y tú le sonríes en silencio
Me encanta la poesía
Y huyes
Tranquilo.


 Poetas Luis La Hoz, Óscar Málaga, Miguel Ángel Zapata

Estoy seguro que Óscar Málaga necesitó romper con occidente y acudió a la sabiduría ancestral de los orientales para desde esa calma atreverse a escribir este libro, esta melodía que si bien podemos escucharla como quien escucha atento el blues de una rockola, tiene ese aliento épico de los grandes libros que sólo pudieron escribirse en épocas siniestras. Leo a Óscar Málaga y sólo leyéndolo puedo interpretar el espíritu de una generación que fue el inicio de las propuestas de ruptura que empezaron a consolidarse en los setenta. Aquí no hay conservadurismos, aquí hay un hombre que canta con su voz bronca, aquí hay un poeta que se afirma con la oscuridad de quienes no les importa el rigor estético porque su disciplina radica en otro ritmo que nada exige porque el suyo viene con la estrepitosa carcajada de un mundo que empezó a destruirse en nuestras narices.

La poesía
Está siempre ahí,
Natural,
En el extremo
Más ensangrentado del océano.
Como un acantilado
Exigiendo que te arrojes al vacío.

La salvaje melodía del aire es un libro épico y apocalíptico cuya preocupación es el poema y, en esa preocupación, el amor es el hilo que lo sostiene, sin embargo, la forma de hacerlo explícito no es  a través de palabras edulcoradas, sino a través de una sucesión de imágenes como un diálogo de ciudades, de hábitos, de profundas inquietudes y certezas, aquí está Gene Vincent, Van Gogh, Matisse, el Zambo Tang, el cementerio de Glen Cove, las fosas comunes de Cayara, el templo de San Fen Shan, los bares, las plazas públicas, aquí está Xie Pei y la música salvaje a la que ahora nos retorna, Óscar Málaga, el dulce y sincopado maestro de la más urbana orquesta.   

viernes, 17 de julio de 2015

TODOS A LA FIL


Siempre me ha sorprendido cómo a lo largo de tanto tiempo el Estado no le haya dado importancia a la realización de un evento mayor que convoque a todos los actores del libro (escritores, distribuidores, editores, agentes literarios, etc.). Por eso en 1946 un pequeño grupo de editoriales, distribuidoras y libreros se nuclearon en torno a lo que fundaron como la Cámara Peruana del Libro, institución que hoy inaugura su vigésima Feria Internacional. Un acontecimiento que reúne a los actores culturales que tiene como objetivo promover la democratización del libro y la lectura. Hasta aquí todo se lee muy bien, es encomiable, sin embargo, como sucede en otras instituciones, la CPL ha tenido historias que no la honraron durante varios períodos como aquel cuando dicha entidad estuvo presidida por Jaime Carvajal, quien renunció por un escándalo que lo involucró a él, al ex ministro de educación y al propio ex Presidente de la República, vinculados los tres a una conocida librería. Ahora es Germán Coronado quien está al frente de una CPL con aires independientes, acaso el mismo espíritu al que hace una década, el gerente de PEISA, apeló para fortalecer PUNCHE y posteriormente ALPE, dos colectivos en los que promovió la participación de los jóvenes sellos editoriales alternativos e independientes. Si bien esta FIL no logró traer a un Nobel su programa se presenta variado y garantiza una fiesta en donde los lectores serán los mayores beneficiados. Ojalá y algún día sea el Ministerio de Cultura quien rompa el monopolio de la FIL, como sucede en otros países con gobiernos responsables. Mientras tanto celebremos hoy la inauguración de este acto cultural y reencontrémonos con los escritores y las editoriales que se han preparado con expectativas para el desarrollo de esta fiesta.

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(Artículo publicado el viernes 17 de julio en Expreso) 

jueves, 16 de julio de 2015

HISTORIA DE ARTIDORO O LIMA COMO PROPUESTA DE TRANSGRESIÓN EN LA OBRA DE WÁSHINGTON DELGADO



Debo advertir que mi lectura sobre la obra HISTORIA DE ARTIDORO de Washington Delgado es el apunte de un lector apasionado por lo que considera el mejor libro del poeta, mis argumentos no son los de un crítico literario ni los de un especialista. Gracias, Róger Santiváñez por convocarme, yo tuve la fortuna de conocerlo el año 2000 en la Universidad Federico Villarreal, pero aprendí a leerlo en el colegio. Su poema “Para vivir mañana” fue como un himno en mi adolescencia. El año 2002 hice un ciclo de actividades culturales al que denominé “La nave dorada” en honor al poderoso libro de Alcides Spelucín, el poeta de La Bohemia de Trujillo, y fue precisamente Washington Delgado quien lo inauguró. Por eso para mí es especial estar aquí para pretender un acercamiento en torno a Artidoro. Posteriormente empecé a visitarlo en su casa de Miraflores donde exploté al máximo su don de gran conversador, de viejo legendario en el que cada tema era una lección de lo más didáctica. Con él aprendí a interpretar a los poetas de su generación, me dio claves para asimilarlos desde otras perspectivas. La última tarde me habló durante seis horas de los estructuralistas. Por él conocí a Lacan y a Foucault, criticaba a Barthes, pero siempre retornaba a la poesía y cuando leía daba la sensación que saboreaba cada palabra, por eso cuando partió -quienes escribimos- sabíamos que no volveríamos a tener ningún otro maestro capaz de interpretarnos el proceso de nuestra literatura con ese fervor y esa paciencia, con esa devoción propia de quien ama lo que hace.

Mi propuesta pretende una aproximación a la ciudad desde los textos de uno de los máximos exponentes de la generación del 50, pero, sobre todo, pretenderé identificar la variación de un registro que de un alumbramiento conservador, sin traicionarse, culminó siendo un aporte escritural que supo asimilar la consolidación de una sociedad mestiza, sus causas, sus consecuencias, las proyecciones y sus riesgos. Washington Delgado ejerció una prudente pero muy marcada influencia en los jóvenes poetas porque su propuesta estuvo signada por una transgresión que más allá de textos de hondo contenido social, tuvo como primera preocupación el lenguaje y, en HISTORIA DE ARTIDORO, por la construcción de un personaje mimetizado con una ciudad donde la historia deja de ser un registro de la memoria para constituirse en un conducto referencial para todos quienes pretendemos acercarnos a Lima, a la nueva Lima, a su identidad migrante.
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Entre el tiempo y los hombres
Se levanta el poema
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El poeta se preocupa por identificar el espacio del poema, las calles por donde recorrerá su Artidoro que más que un hombre es el propio poema, es él mismo que después de tantas décadas se atrevió a colocar a un lado el viejo modo para arriesgar un discurso que bien pudo haber sido escrito por cualquiera de los poetas de la promoción del setenta. Esa promoción donde los Hora Zero y la Sagrada Familia bien pudieron ser los precursores de ese Artidoro a quien Washington se atrevió a sacar de sus cuadernos para con él recorrer Lima y con Lima la historia de nuestra república, esa eterna promesa a la que el poeta cuestiona cuando ya libre, en la gran urbe, señala con la precisión de quien verdaderamente está recorriendo sus calles.  
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Caopolicán, Mariátegui, Martí,
Nombres de gentes muertas
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Señala como para refrendar a quienes lo antecedieron, el suyo no será un recurso para poetizar, Wáshington que dominaba los recursos y las técnicas no tenía necesidad de valerse de ellas para reconfigurar su propuesta, pero si tenía la responsabilidad de cruzarse a sí mismo para reinventar su discurso, transgredirlo desde una posición de protagonista. Por eso arriesgó todo, y lo que pudo ser un cambio de tuerca en su proyecto escritural terminó consolidando un discurso que empezó en Formas de la ausencia el 55, que puntualizó con El extranjero el 56 y aparentemente había concluido con Para vivir mañana el año 1959. Lo que el poeta no imaginó fue que en su interior iría creciendo alguien que sería él y que estaría más allá de él, como esta ciudad, que somos nosotros, pero que siempre estará más allá de nosotros. Dejemos que él mismo nos los explique: Si antes de descubrirlo yo lo perseguía, ahora me perseguía él. Iba detrás de mí por toda la casa y aun por la calle. Se asomaba a mis sueños cuando yo dormía. Enderezaba mi pluma y corregía mis textos cuando me ponía a trabajar. Poco a poco, a medida que nuestra colaboración se acentuaba, fui percibiendo que la historia de Artidoro se confundía con la historia peruana o la historia del mundo. Al final, me di cuenta de que los latidos de su sangre eran solo una parte del fragor de los tiempos, de los tiempos oscuros que nos tocó vivir. Precisa en la introducción.
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Artidoro se adentra en estas calles,
de este modo retorna
a la pampa infinita donde halló
una tarde violenta
y en la cúpula misma del estruendo
su ser resucitado.
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Acaso Washington resucitó con Artidoro, acaso Washington necesitaba resucitar con Artidoro, acaso Artidoro necesitaba resucitar para devolvernos al poeta que durante décadas se internó en la cátedra universitaria y fue testigo de cómo sucesivas promociones fueron haciendo de Lima un espacio en el que poetizar fue sinónimo de confirmar una identidad pero a la vez significaba destruir una historia, enterrar las raíces para fundar otro imaginario, otra plataforma de hábitos y costumbres que tuvo como resultado esta Lima mestiza, esta Lima chola, esta lima chicha y achorada que nada tiene que ver con aquella otrora ciudad de los reyes. Y entonces se dejó invadir por Artidoro, le entregó su lenguaje para refundarlo y revitalizar una propuesta consolidada como una de las más atendibles de la generación del cincuenta.
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Artidoro se encuentra despistado
en solitario prado de amargura
y su viejo reloj
se detiene vencido por estólido
impenetrable sueño.
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Es en estos quiebres donde avizoro no sólo la belleza de lo que expresa, sino el temor y la duda de continuar, ese asombro al que se refirió Jasper necesario para alcanzar el estremecimiento. La convicción de que está reescribiendo una historia para cerrarle la puerta a la derrota, a nuestro pasado de derrotas, a nuestro ADN violento, mezclado y estoico.
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Guardo un caballo en mi casa
desesperadamente encadenado
a mi sueño de libertad.
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Considero que Wáshington Delgado le tapó la boca con Historia de Artidoro a quienes lo calificaron de eterna promesa. Aquí, el maestro, no sólo nos dejó un libro, sino que nos puso frente a un reto, frente a una misión: afirmar desde la pluralidad de esta ciudad algo que nos cruce, una identidad por la que es preciso transgredirnos, romper con nosotros, arriesgar y asumir con coraje esta responsabilidad que nos entrega la historia: la eterna misión de recuperarnos. Él lo hizo con Artidoro, él ya cumplió su tarea. 
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 (Discurso pronunciado en La Casa de la Literatura Peruana, el día jueves 16 de julio del 2015, en el Coloquio PARA VIVIR MAÑANA, en homenaje a Wáshington Delgado.) 

PARA VIVIR MAÑANA


Tuve la fortuna de conocerlo el año 2000 en la Universidad Federico Villarreal. Me lo presentó el poeta Dimas Arrieta. Yo aprendí a leerlo en el colegio. Su poema “Para vivir mañana” se convirtió en el himno de mi adolescencia. El 2002 hice un ciclo de actividades culturales al que denominé “La nave dorada” en honor al poderoso libro de Alcides Spelucín, el poeta de La Bohemia de Trujillo, que Washington Delgado inauguró. Posteriormente empecé a visitarlo en su casa de Miraflores donde exploté al máximo su don de gran conversador, de viejo legendario en el que cada tema era una lección de lo más didáctica. Con él aprendí a interpretar a los poetas de su generación, me dio claves para asimilarlos desde otras perspectivas. La última tarde me habló durante seis horas de los estructuralistas. Por él conocí a Lacan y a Foucault, criticaba a Barthes, pero siempre retornaba a la poesía. Cuando leía sus poemas daba la sensación que saboreaba cada palabra, por eso cuando partió -quienes escribimos- sabíamos que no volveríamos a tener ningún otro maestro capaz de interpretarnos el proceso de nuestra literatura con ese fervor y esa paciencia, con esa devoción propia de quien ama lo que hace. Mi saludo al poeta Róger Santiváñez por organizar acertadamente el Coloquio PARA VIVIR MAÑANA en homenaje al maestro. El escritor de “Santísima Trinidad” en coordinación con la Casa de la Literatura Peruana, ha materializado desde Philadelphia un evento que ha convocado a Carlos López Degregori, Luis Fernando Chueca, Camilo Fernández Cozman, José Guich Rodríguez, Rosella Di Paolo, Enrique Sánchez Hernani, Carlos García Bedoya, Fernando Obregón y Carlos Villacorta, entre otros intelectuales, para desentrañar una obra que continúa vigente. La cita es este miércoles 15 y el jueves 16 en la Casa de la Literatura. Donde esté estoy seguro que, Washington, nos estará observando.
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(Artículo publicado el miércoles 15 de julio en Expreso)

martes, 14 de julio de 2015

HOY DÍA: ZAPATA


Miro la palabra que se clava con la luz en la ventana soleada: la palpo con la sombra en el umbral que no se dice”, reza uno de los versos de Miguel Ángel Zapata, el poeta piurano radicado en Nueva York, a quien Valparaíso Ediciones (Granada), uno de los sellos españoles más prestigiosos, le acaba de publicar “Hoy día es otro mundo”. Medito sobre ese final: “en el umbral que no se dice” y me pregunto por qué un poeta con un registro verbal tan importante y reconocido por escritores de la talla de José Emilio Pacheco, Álvaro Mutis y Carlos Germán Belli es tratado con tanta mezquindad en nuestra aldea: una plataforma ruin donde quienes acapararon los medios pretenden invisibilizar lo contundente, lo real, lo verdadero. Fue Javier Sologuren quien publicó el primer libro de Miguel Ángel Zapata en Lima: “Imágenes los juegos”, un poemario cuya riqueza verbal lo puso muy por encima de una promoción de escritores que en aquel entonces –la década de los 80- lidiaban entre la poesía del cuerpo y un coloquialismo decadente que consolidó un canon (con excepciones como Chirinos, Salazar y Di Paolo) que ha ido desconfigurándose con el trascurso de los años. Zapata reconfiguró las propuestas poéticas de aquel entonces y se incorporó a una generación (latinoamericana) que tiene entre sus principales exponentes a Iván Oñate (Ecuador), Néstor Perlongher (Argentina), Eduardo Espina (Uruguay) y Marco Antonio Campos (México). Ése es el contexto de la propuesta escritural de Zapata, esa es la dimensión que le permite ser considerado más allá de nuestra periferia como una voz a la que no se puede pasar por alto, a la que hay que retornar para saber cuáles son las coordenadas de lo que hoy se está escribiendo. “Hoy día es otro mundo” consolida su poética. 
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(Artículo publicado en Expreso el 14 de julio de 2015)


domingo, 12 de julio de 2015

LAS ANTOLOGÍAS


Que la narrativa peruana actual cuente con autores de primer nivel, resulta un lugar común. Citar creadores como Carlos Yushimito, Miguel Ruiz Effio, Marco García Falcón, Yeniva Fernández, Francisco Ángeles, Alina Gadea, Juan Manuel Robles, Daniel Alarcón, Augusto Effio, Jeremías Gamboa, Pedro Novoa, Santiago Roncagliolo, Jennifer Thorndike, Carlos Rengifo, Diego Trelles, José Lalupú, Sandro Bossio, Carlos Enrique Freyre, Gabriel Rimachi, Yoshiro Chávez, Antonio Moretti, Christian Reynoso, Ronald Arquíñigo, Ernesto Carlín, Rosario Cardeña, Johan Page, Orlando Mazeyra, Alexis Iparraguirre, Cosme Saavedra, Alejandro Neyra, Fernando Cueto, Pedro Llosa o Luis Hernán Castañeda y, con ellos, Miguel Ildefonso, José Carlos Yrigoyen, Jerónimo Pimentel, Víctor Ruiz, Renato Cisneros; es un lugar común. Que se publiquen libros a los que se pretenda catalogar como antologías para legitimar o para proponer un nuevo canon, es un lugar común. Que las editoriales promuevan estos libros para marcar algún tipo de tendencia, también es un lugar común. Las editoriales, como cualquier otra empresa privada, sobreviven o se mueven de acuerdo al mercado, hacer lo contrario resulta de beneficencia o de instituciones subsidiadas por algún tipo de fondo que en el Perú no existe. “Antología” según la RAE es una colección de piezas escogidas de la literatura dignas de ser destacadas: extraordinarias, puntualiza. Entendemos entonces que el criterio del antólogo será subjetivo. Lo extraordinario para “X” para mí puede resultar ordinario, y viceversa. Mal hacemos cuestionando porqué éste u otro autor fue incluido o excluido. Toda antología es excluyente. Será responsabilidad del juicio del antólogo tratar de ser lo más objetivo posible para que su selección sea representativa y pueda significar un aporte. La responsabilidad del editor termina con la confianza que le deposita al compilador. Será él quien discernirá si el suyo será un aporte para la historia o el mercado. El resto siempre será ladrido o especulación.
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(Publicado en Expreso el domingo 12 de julio de 2015)

sábado, 11 de julio de 2015

LA OTRA SELECCIÓN


Quienes me conocen saben que conmigo el fútbol no va. Todavía sueño con que algún día todo el dinero que se invierte en estadios o en publicidad se utilice comprando libros y construyendo bibliotecas. Eso no me impide, por supuesto, estar al tanto de los mundiales o de la famosa Copa América. Escribo esto pensando precisamente en su último campeón. Leo apasionados textos denunciando irregularidades, cuestionamientos a Chile, a sus jugadores, a los árbitros y lo que debió ser un pretexto para fortalecer nuestras relaciones y funcionar para sellar un nuevo pacto con las hermanas repúblicas de América, aquello que conocemos como deporte se convierte en una plataforma de guerra en donde circulan improperios de todo calibre. Vuelvo entonces a los libros, medito en cómo fortalecer las relaciones bilaterales más allá de una pelota y de veintidós sudamericanos corriendo de un lado a otro sobre el césped. Observo uno de los estantes y es como si al frente me esperaran para saludarme aquellos peruanos que partieron al sur para prolongar sus vidas: leo un título de Luis Alberto Sánchez, otro de Ciro Alegría, identifico “Alma América” de José Santos Chocano; pienso en la editorial Ercilla, recuerdo los libros de Carlos Germán Belli y de Antonio Cisneros que LOM publicó en Santiago, recuerdo a Nicanor Parra, ese maravilloso viejo centenario, evoco a Neruda, a Mistral, pienso en Pablo de Rockha, en Gonzalo Millán, en Raúl Zurita, pienso en Maquieira, en Rojas, en Cameron, en Teillier; recuerdo mis días en Concepción, en Temuco, en Valdivia, con la generosa compañía de Omar Lara, el poeta de “Voces de Portocaliu”, olvido el fútbol, y continúo concentrado en aquellos libros con los que aprendí a mirar Chile como otra selección, como el inicio o el final de esta América Latina.
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(Artículo publicado en Expreso el sábado 11 de julio de 2015)

viernes, 10 de julio de 2015

RÉQUIEM PARA ANTONIO CISNEROS



En el local fuimos doce o trece quienes escuchamos a los representantes de la generación del sesenta. Marco Martos leyó poemas de “El mar de las tinieblas”, Rodolfo Hinostroza “Los huesos de mi padre” y, mientras leían, Antonio Cisneros los miraba con ternura, los observó con ese gesto de quien se entusiasma por la potencia de sus amigos. Esa noche entendí que en Lima los poetas estaban más cerca de lo que uno imaginaba. Barranco, 1999. Afuera, el boulevard empezó a congestionarse y, adentro, todo el bar estuvo en silencio preparado para escuchar “Un puerto en el Pacífico” y los “Réquiems” de Cisneros. “Un perro. Un prado. Un perro negro sobre un gran prado verde. ¿Es posible que en un país como éste aún exista un perro negro sobre un gran prado verde?” De pronto una voz disidente increpó algo que solo entendió Antonio. El poeta le ordenó al mozo que lo retiren del local, “sáquenlo, yo pago su cuenta: sáquenlo”. El sujeto siguió murmurando -el público mudo- entonces Toño se puso de pie, se remangó las mangas y le dijo: “Yo, Antonio Cisneros, 57 años, 68 kilos, te doy ahora mismo lo que mereces”. El tipo desapareció. Así era Antonio, un hombre que no se dejaba y que reaccionaba cuando alguien pretendía mancillar su nombre. Lima continúa de luto. Con él se fue uno de nuestros tótems, con él se fue ese registro fundacional que le puso jeans a la poesía peruana; porque si algo le debemos a Toño es haber puesto a la poesía más cerca de nosotros, le dejó crecer la cabellera, le puso camisa de colores, le desanudó las corbatas, le quitó el terno, la hizo más nuestra, más directa, más cercana. Con Antonio Cisneros le perdimos temor y la asimilamos como esa expresión para recuperarnos. Para hoy recuperarlo. 
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(Artículo publicado en Expreso el 10 de julio de 2015)

LOS 40 DE LA MANZANA


Publicar en el Perú ha dejado de ser complicado. Han surgido un sinnúmero de sellos editoriales que a los escritores les han permitido la posibilidad de acceder más rápido al universo de los autores con libro publicado. Por supuesto esto que cuenta como algo positivo tiene también sus desventajas: no todo lo que se publica es de calidad, lo usual es que de diez publicaciones ocho linden con lo mediocre. Ése es el riesgo, sin embargo apelamos a los criterios del lector para legitimar cada propuesta. Entre los editores que vienen luchando desde hace décadas por sostener un producto de calidad que le gane al tiempo, identificamos a Carlos Zúñiga Segura, el poeta de Tayacaja, quien en paralelo a “Primer destino” (1966), “Inauguración de la ausencia” (1979), “Imperio del azar” (1986), entre otros libros, fundó en 1975 la revista de poesía “La Manzana Mordida”, una publicación que continúa vigente gracias a la elección diligente de lo que edita. Poetas como Vicente Azar, César Calvo, Antonio Cisneros, Jorge Pimentel, Tulio Mora, Enrique Verástegui, Róger Santiváñez -una larga y selectiva lista- han sido convocados por sus páginas convirtiéndola en una de las revistas de mayor prestigio y proyección. Zúñiga, que en la década del setenta, fue miembro del grupo Poetas Mágicos, ha logrado gracias a su pasión y fe sostener y sobrevivir una revista que al lado de publicaciones como “Harawi”, “Creación y crítica”, “La tortuga ecuestre” e “Hipócrita lector”  constituye un referente en el proceso de nuestras letras. Él mismo es un referente: autor de por lo menos 23 libros, director de “Ediciones Capulí”, promotor de “Poetas en su café”, ganador de diversos certámenes literarios, persiste en su misión de difundir nuestra poesía, una labor a la que debería sumarse nuestro Ministerio de Educación o la dirección de cultura de las municipalidades.
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(Artículo publicado en Expreso el 9 de julio del 2015)