domingo, 26 de julio de 2015

LA MELODÍA DE UN SALVAJE


Siempre me ha demandado esfuerzo pretender interpretar la poesía de mis maestros. Óscar Málaga es uno de mis primeros maestros. Siempre elegí quedarme en ese estado de shock o deslumbramiento al que me arrojan sus poemas. Algo como quedarme con la imagen de esa pintura a la que no pude mirar fijamente porque sus colores perturbaban en mi memoria o en mi modo de responderle a la vida. Me pasó eso la primera vez que leí un poema de Málaga. Tenía quince años y estaba en el colegio, llevaba el famoso curso de literatura peruana que en aquel entonces todavía me sorprendía por la libertad en el lenguaje de las propuestas de los poetas posteriores a 1920. Habíamos llevado poesía española en tercero y a esa edad resonaban vigentes Lope de Vega, Quevedo, Jiménez, Machado, la generación del 27. Y hasta allí nomás, hasta la generación del 27 donde precisamente nunca llegamos a Poeta en Nueva York sino al Lorca de Romancero Gitano.
En el curso de Literatura Peruana, lo usual era que el profesor compartiese poemas de estructura conservadora, textos “que se puedan leer en el aula”, sin embargo, tuve la fortuna de tener un joven profesor que nos entregó las copias de una antología donde leí por primera vez un poema de Málaga, donde leí por primera vez un verso que hizo que mire más allá de los pocos libros de poesía que escasamente poblaban la biblioteca de casa: “Y tú, déjate de huevadas” decía el verso de Málaga y efectivamente me dejé de huevadas y empecé a seguirle la pista no sólo a él sino a los poetas que arriesgaron todo en su lenguaje con la sola intención de decir la palabra sin maquillajes y sin trampas. Honestos en su sensibilidad, honestos en su discurso.
            Arquitectura de un puente y posteriormente El libro del atolondrado, me reafirmaron a un escritor que siempre tuvo consciencia que la poesía es un sacerdocio que se ejerce con coraje y que la palabra es sólo un instrumento para entregarnos el mundo con la suavidad o la violencia de sus ánimos porque cuando llegue la hora de partir retornará a la orilla. La puerta es de hierro. Y cada charco tiene su propia profundidad. Miles de universos… tal como lo explica en La noche tiene el olor del cuero negro, uno de los poemas de Libro del  atolondrado.
            Óscar Málaga nos pone el mundo a los ojos, nos entrega sobresaltado una preocupación apocalíptica de la poesía. Su poesía es apocalíptica porque él vive contemplando el abismo, porque sabe que más allá del siguiente paso está el abismo, porque para los poetas más allá de cualquier paso sólo está el abismo: La salvaje melodía del aire es la bitácora de un escritor que tiene como personaje a un testigo del abismo.
            Dividido en seis ventanas con dos poemas puerta como advertencia de una sensibilidad natural y que no entiende, acude a la música y la pintura para organizar una cartografía intramuscular para desde allí puntualizar lo que el ojo y su sensibilidad captura. Y lo que captura es el golpe violento de una época terrible donde la poesía le significa todo y es nada. Y elige a Van Gogh y su campo desolado de trigo con cuervos, donde el poema muta en aquellos pájaros que caen como una nube negra porque el universo se le desmorona y no tiene nombres para ponerle a las calles. Entonces el poeta las cruza y luego se detiene para inscribir un registro más allá de la música. Un réquiem para atraparnos y asumir su inmortalidad sobre esta cosa salvaje donde cada mañana descubre que el desierto lo invade. Eso tal vez explica por qué eligió a Gene Vincent para tributarle su concierto: la poesía de un salvaje para cantarle a ese rebelde con una lesión en la pierna. Y retorna al color en su homenaje a Matisse y lo interviene en nueve poemas que bien podrían ser objeto de estudio para desarrollar una investigación de su arte poética.

Todos tenemos derecho
A interrumpir
El avance de un poema.
Detengámonos en el momento
Que la camarera te mira
Y mientras cierras
Tus cuadernos
Donde escribiste toda la tarde,
Ella te sonríe
¿Poeta?
Y tú le sonríes en silencio
Me encanta la poesía
Y huyes
Tranquilo.


 Poetas Luis La Hoz, Óscar Málaga, Miguel Ángel Zapata

Estoy seguro que Óscar Málaga necesitó romper con occidente y acudió a la sabiduría ancestral de los orientales para desde esa calma atreverse a escribir este libro, esta melodía que si bien podemos escucharla como quien escucha atento el blues de una rockola, tiene ese aliento épico de los grandes libros que sólo pudieron escribirse en épocas siniestras. Leo a Óscar Málaga y sólo leyéndolo puedo interpretar el espíritu de una generación que fue el inicio de las propuestas de ruptura que empezaron a consolidarse en los setenta. Aquí no hay conservadurismos, aquí hay un hombre que canta con su voz bronca, aquí hay un poeta que se afirma con la oscuridad de quienes no les importa el rigor estético porque su disciplina radica en otro ritmo que nada exige porque el suyo viene con la estrepitosa carcajada de un mundo que empezó a destruirse en nuestras narices.

La poesía
Está siempre ahí,
Natural,
En el extremo
Más ensangrentado del océano.
Como un acantilado
Exigiendo que te arrojes al vacío.

La salvaje melodía del aire es un libro épico y apocalíptico cuya preocupación es el poema y, en esa preocupación, el amor es el hilo que lo sostiene, sin embargo, la forma de hacerlo explícito no es  a través de palabras edulcoradas, sino a través de una sucesión de imágenes como un diálogo de ciudades, de hábitos, de profundas inquietudes y certezas, aquí está Gene Vincent, Van Gogh, Matisse, el Zambo Tang, el cementerio de Glen Cove, las fosas comunes de Cayara, el templo de San Fen Shan, los bares, las plazas públicas, aquí está Xie Pei y la música salvaje a la que ahora nos retorna, Óscar Málaga, el dulce y sincopado maestro de la más urbana orquesta.   

viernes, 17 de julio de 2015

TODOS A LA FIL


Siempre me ha sorprendido cómo a lo largo de tanto tiempo el Estado no le haya dado importancia a la realización de un evento mayor que convoque a todos los actores del libro (escritores, distribuidores, editores, agentes literarios, etc.). Por eso en 1946 un pequeño grupo de editoriales, distribuidoras y libreros se nuclearon en torno a lo que fundaron como la Cámara Peruana del Libro, institución que hoy inaugura su vigésima Feria Internacional. Un acontecimiento que reúne a los actores culturales que tiene como objetivo promover la democratización del libro y la lectura. Hasta aquí todo se lee muy bien, es encomiable, sin embargo, como sucede en otras instituciones, la CPL ha tenido historias que no la honraron durante varios períodos como aquel cuando dicha entidad estuvo presidida por Jaime Carvajal, quien renunció por un escándalo que lo involucró a él, al ex ministro de educación y al propio ex Presidente de la República, vinculados los tres a una conocida librería. Ahora es Germán Coronado quien está al frente de una CPL con aires independientes, acaso el mismo espíritu al que hace una década, el gerente de PEISA, apeló para fortalecer PUNCHE y posteriormente ALPE, dos colectivos en los que promovió la participación de los jóvenes sellos editoriales alternativos e independientes. Si bien esta FIL no logró traer a un Nobel su programa se presenta variado y garantiza una fiesta en donde los lectores serán los mayores beneficiados. Ojalá y algún día sea el Ministerio de Cultura quien rompa el monopolio de la FIL, como sucede en otros países con gobiernos responsables. Mientras tanto celebremos hoy la inauguración de este acto cultural y reencontrémonos con los escritores y las editoriales que se han preparado con expectativas para el desarrollo de esta fiesta.

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(Artículo publicado el viernes 17 de julio en Expreso) 

jueves, 16 de julio de 2015

HISTORIA DE ARTIDORO O LIMA COMO PROPUESTA DE TRANSGRESIÓN EN LA OBRA DE WÁSHINGTON DELGADO



Debo advertir que mi lectura sobre la obra HISTORIA DE ARTIDORO de Washington Delgado es el apunte de un lector apasionado por lo que considera el mejor libro del poeta, mis argumentos no son los de un crítico literario ni los de un especialista. Gracias, Róger Santiváñez por convocarme, yo tuve la fortuna de conocerlo el año 2000 en la Universidad Federico Villarreal, pero aprendí a leerlo en el colegio. Su poema “Para vivir mañana” fue como un himno en mi adolescencia. El año 2002 hice un ciclo de actividades culturales al que denominé “La nave dorada” en honor al poderoso libro de Alcides Spelucín, el poeta de La Bohemia de Trujillo, y fue precisamente Washington Delgado quien lo inauguró. Por eso para mí es especial estar aquí para pretender un acercamiento en torno a Artidoro. Posteriormente empecé a visitarlo en su casa de Miraflores donde exploté al máximo su don de gran conversador, de viejo legendario en el que cada tema era una lección de lo más didáctica. Con él aprendí a interpretar a los poetas de su generación, me dio claves para asimilarlos desde otras perspectivas. La última tarde me habló durante seis horas de los estructuralistas. Por él conocí a Lacan y a Foucault, criticaba a Barthes, pero siempre retornaba a la poesía y cuando leía daba la sensación que saboreaba cada palabra, por eso cuando partió -quienes escribimos- sabíamos que no volveríamos a tener ningún otro maestro capaz de interpretarnos el proceso de nuestra literatura con ese fervor y esa paciencia, con esa devoción propia de quien ama lo que hace.

Mi propuesta pretende una aproximación a la ciudad desde los textos de uno de los máximos exponentes de la generación del 50, pero, sobre todo, pretenderé identificar la variación de un registro que de un alumbramiento conservador, sin traicionarse, culminó siendo un aporte escritural que supo asimilar la consolidación de una sociedad mestiza, sus causas, sus consecuencias, las proyecciones y sus riesgos. Washington Delgado ejerció una prudente pero muy marcada influencia en los jóvenes poetas porque su propuesta estuvo signada por una transgresión que más allá de textos de hondo contenido social, tuvo como primera preocupación el lenguaje y, en HISTORIA DE ARTIDORO, por la construcción de un personaje mimetizado con una ciudad donde la historia deja de ser un registro de la memoria para constituirse en un conducto referencial para todos quienes pretendemos acercarnos a Lima, a la nueva Lima, a su identidad migrante.
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Entre el tiempo y los hombres
Se levanta el poema
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El poeta se preocupa por identificar el espacio del poema, las calles por donde recorrerá su Artidoro que más que un hombre es el propio poema, es él mismo que después de tantas décadas se atrevió a colocar a un lado el viejo modo para arriesgar un discurso que bien pudo haber sido escrito por cualquiera de los poetas de la promoción del setenta. Esa promoción donde los Hora Zero y la Sagrada Familia bien pudieron ser los precursores de ese Artidoro a quien Washington se atrevió a sacar de sus cuadernos para con él recorrer Lima y con Lima la historia de nuestra república, esa eterna promesa a la que el poeta cuestiona cuando ya libre, en la gran urbe, señala con la precisión de quien verdaderamente está recorriendo sus calles.  
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Caopolicán, Mariátegui, Martí,
Nombres de gentes muertas
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Señala como para refrendar a quienes lo antecedieron, el suyo no será un recurso para poetizar, Wáshington que dominaba los recursos y las técnicas no tenía necesidad de valerse de ellas para reconfigurar su propuesta, pero si tenía la responsabilidad de cruzarse a sí mismo para reinventar su discurso, transgredirlo desde una posición de protagonista. Por eso arriesgó todo, y lo que pudo ser un cambio de tuerca en su proyecto escritural terminó consolidando un discurso que empezó en Formas de la ausencia el 55, que puntualizó con El extranjero el 56 y aparentemente había concluido con Para vivir mañana el año 1959. Lo que el poeta no imaginó fue que en su interior iría creciendo alguien que sería él y que estaría más allá de él, como esta ciudad, que somos nosotros, pero que siempre estará más allá de nosotros. Dejemos que él mismo nos los explique: Si antes de descubrirlo yo lo perseguía, ahora me perseguía él. Iba detrás de mí por toda la casa y aun por la calle. Se asomaba a mis sueños cuando yo dormía. Enderezaba mi pluma y corregía mis textos cuando me ponía a trabajar. Poco a poco, a medida que nuestra colaboración se acentuaba, fui percibiendo que la historia de Artidoro se confundía con la historia peruana o la historia del mundo. Al final, me di cuenta de que los latidos de su sangre eran solo una parte del fragor de los tiempos, de los tiempos oscuros que nos tocó vivir. Precisa en la introducción.
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Artidoro se adentra en estas calles,
de este modo retorna
a la pampa infinita donde halló
una tarde violenta
y en la cúpula misma del estruendo
su ser resucitado.
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Acaso Washington resucitó con Artidoro, acaso Washington necesitaba resucitar con Artidoro, acaso Artidoro necesitaba resucitar para devolvernos al poeta que durante décadas se internó en la cátedra universitaria y fue testigo de cómo sucesivas promociones fueron haciendo de Lima un espacio en el que poetizar fue sinónimo de confirmar una identidad pero a la vez significaba destruir una historia, enterrar las raíces para fundar otro imaginario, otra plataforma de hábitos y costumbres que tuvo como resultado esta Lima mestiza, esta Lima chola, esta lima chicha y achorada que nada tiene que ver con aquella otrora ciudad de los reyes. Y entonces se dejó invadir por Artidoro, le entregó su lenguaje para refundarlo y revitalizar una propuesta consolidada como una de las más atendibles de la generación del cincuenta.
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Artidoro se encuentra despistado
en solitario prado de amargura
y su viejo reloj
se detiene vencido por estólido
impenetrable sueño.
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Es en estos quiebres donde avizoro no sólo la belleza de lo que expresa, sino el temor y la duda de continuar, ese asombro al que se refirió Jasper necesario para alcanzar el estremecimiento. La convicción de que está reescribiendo una historia para cerrarle la puerta a la derrota, a nuestro pasado de derrotas, a nuestro ADN violento, mezclado y estoico.
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Guardo un caballo en mi casa
desesperadamente encadenado
a mi sueño de libertad.
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Considero que Wáshington Delgado le tapó la boca con Historia de Artidoro a quienes lo calificaron de eterna promesa. Aquí, el maestro, no sólo nos dejó un libro, sino que nos puso frente a un reto, frente a una misión: afirmar desde la pluralidad de esta ciudad algo que nos cruce, una identidad por la que es preciso transgredirnos, romper con nosotros, arriesgar y asumir con coraje esta responsabilidad que nos entrega la historia: la eterna misión de recuperarnos. Él lo hizo con Artidoro, él ya cumplió su tarea. 
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 (Discurso pronunciado en La Casa de la Literatura Peruana, el día jueves 16 de julio del 2015, en el Coloquio PARA VIVIR MAÑANA, en homenaje a Wáshington Delgado.) 

PARA VIVIR MAÑANA


Tuve la fortuna de conocerlo el año 2000 en la Universidad Federico Villarreal. Me lo presentó el poeta Dimas Arrieta. Yo aprendí a leerlo en el colegio. Su poema “Para vivir mañana” se convirtió en el himno de mi adolescencia. El 2002 hice un ciclo de actividades culturales al que denominé “La nave dorada” en honor al poderoso libro de Alcides Spelucín, el poeta de La Bohemia de Trujillo, que Washington Delgado inauguró. Posteriormente empecé a visitarlo en su casa de Miraflores donde exploté al máximo su don de gran conversador, de viejo legendario en el que cada tema era una lección de lo más didáctica. Con él aprendí a interpretar a los poetas de su generación, me dio claves para asimilarlos desde otras perspectivas. La última tarde me habló durante seis horas de los estructuralistas. Por él conocí a Lacan y a Foucault, criticaba a Barthes, pero siempre retornaba a la poesía. Cuando leía sus poemas daba la sensación que saboreaba cada palabra, por eso cuando partió -quienes escribimos- sabíamos que no volveríamos a tener ningún otro maestro capaz de interpretarnos el proceso de nuestra literatura con ese fervor y esa paciencia, con esa devoción propia de quien ama lo que hace. Mi saludo al poeta Róger Santiváñez por organizar acertadamente el Coloquio PARA VIVIR MAÑANA en homenaje al maestro. El escritor de “Santísima Trinidad” en coordinación con la Casa de la Literatura Peruana, ha materializado desde Philadelphia un evento que ha convocado a Carlos López Degregori, Luis Fernando Chueca, Camilo Fernández Cozman, José Guich Rodríguez, Rosella Di Paolo, Enrique Sánchez Hernani, Carlos García Bedoya, Fernando Obregón y Carlos Villacorta, entre otros intelectuales, para desentrañar una obra que continúa vigente. La cita es este miércoles 15 y el jueves 16 en la Casa de la Literatura. Donde esté estoy seguro que, Washington, nos estará observando.
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(Artículo publicado el miércoles 15 de julio en Expreso)

martes, 14 de julio de 2015

HOY DÍA: ZAPATA


Miro la palabra que se clava con la luz en la ventana soleada: la palpo con la sombra en el umbral que no se dice”, reza uno de los versos de Miguel Ángel Zapata, el poeta piurano radicado en Nueva York, a quien Valparaíso Ediciones (Granada), uno de los sellos españoles más prestigiosos, le acaba de publicar “Hoy día es otro mundo”. Medito sobre ese final: “en el umbral que no se dice” y me pregunto por qué un poeta con un registro verbal tan importante y reconocido por escritores de la talla de José Emilio Pacheco, Álvaro Mutis y Carlos Germán Belli es tratado con tanta mezquindad en nuestra aldea: una plataforma ruin donde quienes acapararon los medios pretenden invisibilizar lo contundente, lo real, lo verdadero. Fue Javier Sologuren quien publicó el primer libro de Miguel Ángel Zapata en Lima: “Imágenes los juegos”, un poemario cuya riqueza verbal lo puso muy por encima de una promoción de escritores que en aquel entonces –la década de los 80- lidiaban entre la poesía del cuerpo y un coloquialismo decadente que consolidó un canon (con excepciones como Chirinos, Salazar y Di Paolo) que ha ido desconfigurándose con el trascurso de los años. Zapata reconfiguró las propuestas poéticas de aquel entonces y se incorporó a una generación (latinoamericana) que tiene entre sus principales exponentes a Iván Oñate (Ecuador), Néstor Perlongher (Argentina), Eduardo Espina (Uruguay) y Marco Antonio Campos (México). Ése es el contexto de la propuesta escritural de Zapata, esa es la dimensión que le permite ser considerado más allá de nuestra periferia como una voz a la que no se puede pasar por alto, a la que hay que retornar para saber cuáles son las coordenadas de lo que hoy se está escribiendo. “Hoy día es otro mundo” consolida su poética. 
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(Artículo publicado en Expreso el 14 de julio de 2015)


domingo, 12 de julio de 2015

LAS ANTOLOGÍAS


Que la narrativa peruana actual cuente con autores de primer nivel, resulta un lugar común. Citar creadores como Carlos Yushimito, Miguel Ruiz Effio, Marco García Falcón, Yeniva Fernández, Francisco Ángeles, Alina Gadea, Juan Manuel Robles, Daniel Alarcón, Augusto Effio, Jeremías Gamboa, Pedro Novoa, Santiago Roncagliolo, Jennifer Thorndike, Carlos Rengifo, Diego Trelles, José Lalupú, Sandro Bossio, Carlos Enrique Freyre, Gabriel Rimachi, Yoshiro Chávez, Antonio Moretti, Christian Reynoso, Ronald Arquíñigo, Ernesto Carlín, Rosario Cardeña, Johan Page, Orlando Mazeyra, Alexis Iparraguirre, Cosme Saavedra, Alejandro Neyra, Fernando Cueto, Pedro Llosa o Luis Hernán Castañeda y, con ellos, Miguel Ildefonso, José Carlos Yrigoyen, Jerónimo Pimentel, Víctor Ruiz, Renato Cisneros; es un lugar común. Que se publiquen libros a los que se pretenda catalogar como antologías para legitimar o para proponer un nuevo canon, es un lugar común. Que las editoriales promuevan estos libros para marcar algún tipo de tendencia, también es un lugar común. Las editoriales, como cualquier otra empresa privada, sobreviven o se mueven de acuerdo al mercado, hacer lo contrario resulta de beneficencia o de instituciones subsidiadas por algún tipo de fondo que en el Perú no existe. “Antología” según la RAE es una colección de piezas escogidas de la literatura dignas de ser destacadas: extraordinarias, puntualiza. Entendemos entonces que el criterio del antólogo será subjetivo. Lo extraordinario para “X” para mí puede resultar ordinario, y viceversa. Mal hacemos cuestionando porqué éste u otro autor fue incluido o excluido. Toda antología es excluyente. Será responsabilidad del juicio del antólogo tratar de ser lo más objetivo posible para que su selección sea representativa y pueda significar un aporte. La responsabilidad del editor termina con la confianza que le deposita al compilador. Será él quien discernirá si el suyo será un aporte para la historia o el mercado. El resto siempre será ladrido o especulación.
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(Publicado en Expreso el domingo 12 de julio de 2015)

sábado, 11 de julio de 2015

LA OTRA SELECCIÓN


Quienes me conocen saben que conmigo el fútbol no va. Todavía sueño con que algún día todo el dinero que se invierte en estadios o en publicidad se utilice comprando libros y construyendo bibliotecas. Eso no me impide, por supuesto, estar al tanto de los mundiales o de la famosa Copa América. Escribo esto pensando precisamente en su último campeón. Leo apasionados textos denunciando irregularidades, cuestionamientos a Chile, a sus jugadores, a los árbitros y lo que debió ser un pretexto para fortalecer nuestras relaciones y funcionar para sellar un nuevo pacto con las hermanas repúblicas de América, aquello que conocemos como deporte se convierte en una plataforma de guerra en donde circulan improperios de todo calibre. Vuelvo entonces a los libros, medito en cómo fortalecer las relaciones bilaterales más allá de una pelota y de veintidós sudamericanos corriendo de un lado a otro sobre el césped. Observo uno de los estantes y es como si al frente me esperaran para saludarme aquellos peruanos que partieron al sur para prolongar sus vidas: leo un título de Luis Alberto Sánchez, otro de Ciro Alegría, identifico “Alma América” de José Santos Chocano; pienso en la editorial Ercilla, recuerdo los libros de Carlos Germán Belli y de Antonio Cisneros que LOM publicó en Santiago, recuerdo a Nicanor Parra, ese maravilloso viejo centenario, evoco a Neruda, a Mistral, pienso en Pablo de Rockha, en Gonzalo Millán, en Raúl Zurita, pienso en Maquieira, en Rojas, en Cameron, en Teillier; recuerdo mis días en Concepción, en Temuco, en Valdivia, con la generosa compañía de Omar Lara, el poeta de “Voces de Portocaliu”, olvido el fútbol, y continúo concentrado en aquellos libros con los que aprendí a mirar Chile como otra selección, como el inicio o el final de esta América Latina.
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(Artículo publicado en Expreso el sábado 11 de julio de 2015)

viernes, 10 de julio de 2015

RÉQUIEM PARA ANTONIO CISNEROS



En el local fuimos doce o trece quienes escuchamos a los representantes de la generación del sesenta. Marco Martos leyó poemas de “El mar de las tinieblas”, Rodolfo Hinostroza “Los huesos de mi padre” y, mientras leían, Antonio Cisneros los miraba con ternura, los observó con ese gesto de quien se entusiasma por la potencia de sus amigos. Esa noche entendí que en Lima los poetas estaban más cerca de lo que uno imaginaba. Barranco, 1999. Afuera, el boulevard empezó a congestionarse y, adentro, todo el bar estuvo en silencio preparado para escuchar “Un puerto en el Pacífico” y los “Réquiems” de Cisneros. “Un perro. Un prado. Un perro negro sobre un gran prado verde. ¿Es posible que en un país como éste aún exista un perro negro sobre un gran prado verde?” De pronto una voz disidente increpó algo que solo entendió Antonio. El poeta le ordenó al mozo que lo retiren del local, “sáquenlo, yo pago su cuenta: sáquenlo”. El sujeto siguió murmurando -el público mudo- entonces Toño se puso de pie, se remangó las mangas y le dijo: “Yo, Antonio Cisneros, 57 años, 68 kilos, te doy ahora mismo lo que mereces”. El tipo desapareció. Así era Antonio, un hombre que no se dejaba y que reaccionaba cuando alguien pretendía mancillar su nombre. Lima continúa de luto. Con él se fue uno de nuestros tótems, con él se fue ese registro fundacional que le puso jeans a la poesía peruana; porque si algo le debemos a Toño es haber puesto a la poesía más cerca de nosotros, le dejó crecer la cabellera, le puso camisa de colores, le desanudó las corbatas, le quitó el terno, la hizo más nuestra, más directa, más cercana. Con Antonio Cisneros le perdimos temor y la asimilamos como esa expresión para recuperarnos. Para hoy recuperarlo. 
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(Artículo publicado en Expreso el 10 de julio de 2015)

LOS 40 DE LA MANZANA


Publicar en el Perú ha dejado de ser complicado. Han surgido un sinnúmero de sellos editoriales que a los escritores les han permitido la posibilidad de acceder más rápido al universo de los autores con libro publicado. Por supuesto esto que cuenta como algo positivo tiene también sus desventajas: no todo lo que se publica es de calidad, lo usual es que de diez publicaciones ocho linden con lo mediocre. Ése es el riesgo, sin embargo apelamos a los criterios del lector para legitimar cada propuesta. Entre los editores que vienen luchando desde hace décadas por sostener un producto de calidad que le gane al tiempo, identificamos a Carlos Zúñiga Segura, el poeta de Tayacaja, quien en paralelo a “Primer destino” (1966), “Inauguración de la ausencia” (1979), “Imperio del azar” (1986), entre otros libros, fundó en 1975 la revista de poesía “La Manzana Mordida”, una publicación que continúa vigente gracias a la elección diligente de lo que edita. Poetas como Vicente Azar, César Calvo, Antonio Cisneros, Jorge Pimentel, Tulio Mora, Enrique Verástegui, Róger Santiváñez -una larga y selectiva lista- han sido convocados por sus páginas convirtiéndola en una de las revistas de mayor prestigio y proyección. Zúñiga, que en la década del setenta, fue miembro del grupo Poetas Mágicos, ha logrado gracias a su pasión y fe sostener y sobrevivir una revista que al lado de publicaciones como “Harawi”, “Creación y crítica”, “La tortuga ecuestre” e “Hipócrita lector”  constituye un referente en el proceso de nuestras letras. Él mismo es un referente: autor de por lo menos 23 libros, director de “Ediciones Capulí”, promotor de “Poetas en su café”, ganador de diversos certámenes literarios, persiste en su misión de difundir nuestra poesía, una labor a la que debería sumarse nuestro Ministerio de Educación o la dirección de cultura de las municipalidades.
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(Artículo publicado en Expreso el 9 de julio del 2015)

miércoles, 8 de julio de 2015

ELSA MARÍA, la voz vibrante del Perú


“Hemos vencido a la muerte, llevas el signo en la frente”, canta Elsa María Elejalde, la voz vibrante de nuestra música, haciendo gala de su variedad de registros, de la cadencia personal que enaltece una tradición que la confirma como una de sus mayores exponentes. Considerada por la crítica, una de sus más versátiles representantes, pionera del Jazz, Elsa María inició su carrera con el trío de Lucho González en 1970, vivió varios años en Brasil y a lo largo de su larga trayectoria compartió escenarios con un sinnúmero de estrellas, pero Elsa María no ha sido reconocida sólo en el Perú sino en Brasil, en Chile, en Colombia, en Inglaterra, en Corea del Sur, en los Estados Unidos donde ha brillado en eventos y festivales que le han merecido importantes trofeos y reconocimientos. Integrante de una generación que tuvo entre sus miembros al poeta de la canción: el gran Víctor Merino, Elejalde ha continuado convocando multitudes más allá del nulo interés de las instituciones públicas y privadas por promover espectáculos con los verdaderos actores de nuestra cultura. “Yo no canto para una noche, yo canto para irme en la memoria de mi público” afirma con esa sonrisa imponente, propia de quien continúa fortaleciéndose en un país que poco o nada hace por sus intérpretes. “En un tiempo sin final hoy tenemos que lograr empezar de nuevo a amar”, continúa la canción, acaso una máxima para quienes eligieron consolidar nuestra música, aquella tradición que nos entregó a Chabuca, a Óscar Avilés, a Pepe, al Zambo, por sólo citar a quienes partieron. “Nadie se ha ido, ellos cantan conmigo”, asegura Elsa María mientras hace vibrar la noche miraflorina. Vuelvo a escuchar El signo en la frente y, en efecto, nadie se ha ido: Chabuca, Merino, Damián, Casaverde, Hayre, la aplauden conmigo. 
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(Artículo publicado en Expreso el 8 de julio de 2015) 

martes, 7 de julio de 2015

PEQUEÑA NOVELA CON CENIZAS



Cuando José Carlos Yrigoyen dejó de publicar poesía y empezó a compartir en redes sus opiniones sobre libros (Nosotros matamos menos, Poema inútil), muchos imaginamos que el Perú había ganado un ácido crítico que sería una especie de censor –necesario- para calificar lo que se está produciendo. Antes publicó un extenso ensayo: “La hegemonía de lo conversacional” (2009), posteriormente dos libros: “Poesía en Rock” (2010) y “Crimen, sicodelia y minifaldas: un recorrido por el museo de la serie B en el Perú” (2014). Lo que no imaginamos fue que JCY ingresó, voluntariamente, de la mano de la prosa, a una especie de catarsis para reconstruirse a sí mismo saldando con el pasado una vieja deuda: el conflicto con el padre y nos sorprendió, hace algunas semanas, con la publicación de “Pequeña novela con cenizas”, un texto en primera persona que narra la historia de un escritor sobre una escena decadente que lleva como sombra las agresiones del padre de quien intentó vengarse construyendo a un personaje homoerótico -que nos sirve como pista para desentrañar los versos del propio Yrigoyen- en paralelo a su investigación sobre Pier Paolo Pasolini, el poeta y cineasta italiano asesinado brutalmente en Ostia en 1975. No sé si el escritor haya vencido sus fantasmas, no sé si la literatura funcione como terapia, pero el resultado es una obra valiente que no se reduce a capturarnos alrededor de sus personajes: José Carlos nos pone frente a dos momentos de la historia cuyos conflictos y dramas persisten. En “Pequeña novela con cenizas”, Yrigoyen hace del lenguaje un tercer personaje que nos mantiene atentos intensificando su tensión con la destreza de alguien que no es nuevo en esto. Esta novela es una obra puntual e intensa que confirma a un escritor que desde hace rato juega en otras ligas.

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(Artículo publicado en Expreso el 7 de julio de 2015) 

domingo, 5 de julio de 2015

LA ILUSIÓN DE SOÑAR


Hace quince años prometí dedicarme a la promoción cultural y desde allí intervenir con otra forma de hacer política: me dediqué a escribir y editar libros. Publiqué una colección de literatura peruana en la que cada uno de los títulos se vendía a un nuevo sol. Ése fue mi modo de hacer política. Yo no creo en los anarquismos, no creo en el comunismo. El anarquismo es una utopía y los comunistas del siglo XX han leído pésimamente a Marx. Creo como Hayek que la civilización es fruto de inesperados y graduales cambios en los esquemas morales, y que por mucho que nos desagrade nos vemos obligados a concluir que el hombre no está al alcance de establecer ningún sistema ético que pueda gozar de validez universal, pero creo en las instituciones y en las leyes que pueden detener a sus instintos de animal y liberar al ser racional que aspira vivir en armonía en una sociedad segura sin la sombra de tiranías y dictaduras.  Por eso pretendo hacer de esta columna una trinchera para fortalecer el quehacer cultural porque el arte, en todas sus manifestaciones, constituye esa columna que nos vincula desde la pluralidad, desde la emoción, desde la búsqueda. Pienso que el Perú goza de un momento de crisis que le ha servido a los actores culturales para encontrar respuestas y ejecutar acciones que nos han permitido ser partícipes de la existencia de un sinnúmero de sellos editoriales, de una FIL que con sus defectos y virtudes coloca al Perú en altas expectativas, de la apertura de galerías, de ferias gastronómicas y de un equipo de fútbol que nos está devolviendo la ilusión de soñar. Apuntes de occidente es una ventana, un espacio para comentar con libertad sobre personajes, libros, música, teatro y exposiciones. Aquí hay un lugar independiente.
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(Artículo publicado en Expreso el 5 de julio de 2015)

LABERINTOS Y TRANSFIGURACIONES


“Una ciudad me abarca los ojos” Escribe Erika Aquino (Piura, 1988) como puerta del primero de los seis laberintos con los que estructura su propuesta y nos advierte, como quien nos entrega una generosa ventaja, que lo que sigue es la construcción de un cuerpo a cuyas extremidades le otorga calles, avenidas, plazas públicas y bestias. A ella misma que se transfigura en cada poema desde ese invento de la modernidad al que reconocemos como “amor”. Estamos frente a un libro como una secuencia de puertas a través de las cuales ingresamos a una poética del desgarro que nos enfrenta a una tradición (urbana) con la que resemantiza otra tradición (poesía piurana), que la inserta a una nómina de poetas que han trascendido sus vínculos e influencias. Que la poesía de Erika Aquino transgreda su tradición, no es una sorpresa, lo hizo Juan Luis Velásquez con El perfil de frente en una época cuando la incursión vanguardista se posicionaba de Lima desde la periferia (Carlos Oquendo de Amat), lo demostró Marco Martos en un momento cuando el discurso anglosajón se apoderaba de las formas de los jóvenes poetas de la década del sesenta, asombró Armando Rojas cuando, desde París, nos pintó sus bosques en perfecto equilibrio gracias a un discurso que lindaba el viaje onírico de lo surreal con elementos conceptuales y transgredió Róger Santiváñez durante los ochenta al hacer suyo un discurso de ruptura que fue más allá de los postulados iconoclastas de Hora Zero con la posición política de los Kloaca (Por sólo citar a los cuatro de Piura). Aquino ha desanudado un laberinto: su laberinto de seis puertas. La destrucción desde un andamiaje luciferino. Lo puntual de esta propuesta es su vigor, la imaginación y la serenidad con la que nos entrega su violencia. Muy recomendable.
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(Artículo publicado en Expreso el 4 de julio de 2015)

NOÉ DELIRANTE


Noé Delirante llegó a la edición número catorce. ¿Qué ha hecho de este libro una leyenda? Se publicó por primera vez en 1963 por ediciones de La Rama Florida (Javier Sologuren) Tenía apenas cuarenta y cuatro páginas, posteriormente con el paso de los años se convirtió en un documento donde Arturo -como el personaje bíblico- reunió en cuatro cuadernas su flora y su fauna, su cartografía interna y externa. Noé Delirante es un libro que marca un hito en el proceso de nuestra literatura porque apareció en un momento cuando el modo coloquial se caló casi como un esquema en la obra de la mayoría de los poetas de su generación y se instaló como totalidad en casi todos los registros poéticos posteriores. Arturo fue a contracorriente: eligió el poema breve. Corcuera escogió otro tipo de oscuridad para alcanzar el resplandor. A lo largo de los años el poeta fue incorporando otros elementos, otras formas, nuevos pasajeros: así llegó a Hollywood donde abordaron nuevos tripulantes: Mickey, el Pato Donald, Bugs Bunny, Ciro Peraleca; y siguió su curso hasta anclar en Santa Inés, Chaclacayo, desde donde capturó a los fantasmas de sus compañeros de ruta. El último capítulo: A bordo del Arca es un apartado testimonial en el que su registro se transforma, deja la fábula y le da lugar a la memoria, suelta sus manos y nos entrega poemas como canciones de una época que -tengo esa impresión- lo esperó a él para que la entregue a la posteridad. Noé Delirante es un libro al que nos acercamos por primera vez gracias a las fábulas que aprendimos en la edad escolar, un documento que nos ha marcado porque leyéndolo podemos interpretar a un hombre que no se cansa de asombrarnos con su imaginación, con esa destreza que lo convirtió en “el mago las palabras”. 
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(Publicado en Expreso el 3 de julio de 2015)

MARUJA, la poeta


Escribir sobre los libros de Maruja Valcárcel exige que me detenga en la poeta, sí: “la poeta”, tal como la llamaba César Calvo. La primera impresión que tuve fue la sensación de estar frente a una mujer de carácter fuerte, solitaria, no sola -hay diferencia entre ambas acepciones- que a medida que hablaba fue rompiendo el cristal de ese blindaje para mostrarme a una mujer sensible preocupada por las causas sociales, por el friaje en Puno, por la miseria en nuestras regiones, por la casi nula atención a la cultura en un momento cuando el Estado tiene recursos pero no políticas que velen por la seguridad de nuestros artistas. Bordando suavemente el viento, su primer poemario es un libro de reconocimiento y de homenajes, allí su destreza radica en devolvernos la música del poema, el color desde una ventana donde reta a la ciudad insomne. En Agua de luna, su segundo libro, el viaje es distinto. Ya no se trata de poemas que fueron acopiándose por un registro de sonido sino por una especie de bitácora donde fue apuntando el asalto de las emociones y la visita de sus duendes y fantasmas. La preocupación ya no es por el lenguaje. La preocupación fue por capturar la imagen para desarrollar otros elementos. Me explico: La imagen de mi sombra, dice Maruja, pero la imagen no se queda allí, se extiende, le da movimiento, la sombra se mueve, ella no habla de la sombra, habla de la imagen, y la imagen es estática. Con este libro aprendemos a observar el poema como quien observa la soledad de las casas de las gentes que están deshabitadas, por eso las habita, les da color. Con Agua de luna, Maruja consolida un registro que fortalece la tradición de nuestra poesía: la renueva, la revitaliza. 

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(Artículo publicado en Expreso el 2 de julio de 2015)

UNA PUERTA


La literatura es libertad. El creador es un sujeto insatisfecho porque sabe que su razonamiento no basta para traducir con precisión lo que aparece con la fugacidad del relámpago. Pero lo intenta, afina su intuición, le pone atención a sus sentidos, los desarrolla; construye códigos de comunicación para por lo menos acercarse. Apela a su sensibilidad, se apoya en el pincel para inundar el lienzo, se arma de valor frente al caballete y le exige al pulso acercarse a esas apariciones que lo perturban, o se sienta frente al piano para inventarse partituras, o se vale de una guitarra, o de un acordeón o de una flauta; o pretende dibujarlas con el lenguaje y se aventura al poema, al cuento o a la novela y viaja hacia sí mismo: penetra en su fuero interno, se busca o se niega para encontrarse, para mostrarle al mundo su capacidad de médium, de traductor, de intérprete. Crear es una batalla cuerpo a cuerpo con uno mismo. La literatura salva o aniquila, pero transforma siempre. La búsqueda es la no búsqueda, la única preocupación del creador es capturar la imagen para reconstruirse a sí mismo, para que con esa reconstrucción su existencia tenga sentido. La lucha es con el sentido. La pelea es con esa extraña forma de alcanzar la perfección -no de buscarla- porque el creador conoce la perfección, su dilema no es la búsqueda sino la traducción, el cómo interpretarla, cómo darle cuerpo, cómo exteriorizarla. Escribir transforma: el poema o la historia llega como una imagen y la escritura la transforma. Nuestra capacidad de aprehensión no ha logrado alcanzar aún la fugacidad de las imágenes. Esa imposibilidad de no capturarlas es lo que empuja al creador a persistir y a los auténticos los torna inconformes. Crear es una puerta.
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(Artículo publicado en Expreso el 30 de junio de 2015)

FALLA, el precursor.


En Ricardo Falla la década del setenta tiene un devoto militante. Hace más de cuarenta años nucleó a un grupo de poetas con quienes formó Gleba: reunió a Manuel Morales, a Jorge Pimentel, antes del nacimiento de Hora Zero. Después fundó Nueva Humanidad y el cartel de arte y literatura Carta Abierta. Su generación, una juventud que creció con el clamor de los estudiantes de mayo del 68, la muerte del Che, la matanza de los estudiantes de Tlatelolco y el fortalecimiento de las izquierdas, es la generación de la ruptura, de los manifiestos; cuyo vuelo aún hace piruetas en el cielo latinoamericano incitándolo a subvertir la forma que ha hecho de nuestra época una montaña de libros que ha olvidado el corazón en alguna parte. Por eso entendemos por qué después de publicar cuatro libros de poesía se haya retirado, no a sus cuarteles de invierno, sino a formar ciudadanos comprometidos con el futuro de este país a quien le hace falta peruanos que honren a sus maestros. Falla, sin abandonar la poesía, se dedicó a la docencia, a la investigación, al perfeccionamiento del hombre que nos ha entregado enjundiosos estudios sobre su proceso. Un poeta necesitaría negarse para intentar apagar la llama que lo clasifica como tal y, a pesar del silencio, siempre retorna al lugar de donde jamás debió partir y vuelve a la cosa pública con músculos en sus palabras, con fibra para golpear, para contagiar a quienes no dejaron de esperarlo y, después de publicar en revistas, regresó con Interludios, un libro en el que no solo nos reconcilió con el poeta precursor de una generación sino con el hombre que estuvo a solas golpeando como un pugilista el enorme saco de sus emociones para, otra vez, caminar, con la misma vocación, entre nosotros.
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(Artículo publicado en Expreso el 28 de junio del 2015)
Foto: Sonia Luz Carrillo.

PAÍS COMBI


Perú es un país donde las reglas no se respetan. ¿Es el único? No, pero sí somos un lugar donde esos índices crecen espantosamente. Lo curioso es que todos somos testigos (y culpables), pero nadie, o muy pocos, hacemos esfuerzos por revertir esta situación. Vivimos tan sumergidos en la informalidad que ver una acción distinta es casi extraordinario. Uno de aquellos pocos peruanos preocupados en transformar esta tradición es Pedro Morillas, el empresario de turismo que ha hecho suya la bandera de trabajar por el respeto. Para ello ha escrito un libro como agente de cambio: País combi, en donde cual cirujano social nos presenta un diagnóstico sobre las enfermedades que padecemos. Cuando empezamos a leer País combi, confirmamos que los síntomas de la informalidad y la ausencia de valores son alarmantes: vehículos como una gran metáfora con conductores expertos en burlarse de la ley, instituciones avasalladas por la ineficacia y la corrupción, ciudades que crecen irresponsablemente, familias que llegan a los grandes centros de poder por necesidad; una capital que debería mudarse, peruanos que hablamos todos los días del cambio social y no somos capaces ni de pagar nuestros impuestos, programas de televisión como prolongados repertorios de la burla y la tragedia, expertos en potenciar el morbo de millones de televidentes, hambrientos por enterarse de los traumas y la vida de una farándula intrascendente. Pedro Morillas a través de este agente de cambio no nos habla, nos grita nuestra crisis, nos llama al ruedo, nos configura la gran tragedia nacional. El Perú como una combi es una descarnada metáfora ¿Es tarde para revertir esto? No. Preocupaciones como el voto obligatorio, la educación, las universidades, la falta de autoestima, la inseguridad ciudadana; son los temas que –aconseja- deben ponerse en el debate de la verdadera agenda nacional. 
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(Artículo publicado en Expreso el 26 de junio del 2015)

PEDRO NOVOA, a secas.


Pedro Félix Novoa debe ser el narrador peruano con mayores reconocimientos literarios, su talento y su disciplina, propios de alguien que ha sido soldado cuatro años, han sido galardonados con el Premio Horacio de Novela que organiza la Derrama Magisterial por Seis metros de soga y con el Premio Internacional Mario Vargas Llosa por Maestra vida. Pedro Félix Novoa es un escritor que puede jactarse de haber sido premiado por Miguel Gutiérrez, Alonso Cueto, Ricardo González Vigil, Roland Forgues, Juan Armas Marcelo y el propio Nobel y que sin embargo, a diferencia de muchos que eligen el ladrido hacia sus egos, Pedro eligió redoblar la disciplina, multiplicándose entre las clases que dicta en la universidad, el colegio y ese templo sagrado que significa el rincón de quien fabula: la búsqueda como bandera y la sorpresa como resultado; su obra nos devuelve al mejor realismo, directo, brutal, sin atenuantes. Su libro de cuentos Cacería de espejismos y la novela Tu mitad animal (ambos publicados por el Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo) nos confirman a un narrador prolífico que ha hecho de la ciudad un escenario donde los vitalistas y los metaliterarios bien podrían ser un pretexto para la ficción, una necesidad retórica, un código de barras para su cosificación. Finalista del Premio Herralde y del XI Prix Hemingway, Novoa persiste en liberar a sus bestias con la ansiedad de un hombre que hurga con serenidad el abismo y lo traduce con la sagacidad de un estibador que aplica con exactitud el corte de su lámina. “Sólo lo que se esconde es profundo y verdadero”, promulgaba Cioran, acaso esa es la máxima de Pedro y, por eso, su fijación de inquisidor, de esteta seducido por el vértigo, por ese bien mayor que nos trasciende o aniquila. 
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(Publicado en Expreso el 25 de junio de 2015)

CCF


Ese señor es Calderón Fajardo”, comentó Antonio Moretti, señalándolo. Era el 2005. Un hombre delgado y alto cruzó frente a nosotros rumbo al Haití. Carlos se dio cuenta que lo mirábamos, volteó y nos saludó levantándonos la mano. Esa fue la primera de una serie de encuentros en los que cada vez que nos veíamos nos saludábamos sin acercarnos. “Nos mirábamos bajo sospecha”, me dijo, sonriendo, en una de nuestras tantas reuniones. Yo había leído La consciencia del límite último, esa joya literaria de nuestra modernidad que lo puso muy por encima de escritores que gozaban de mayor popularidad -no de prestigio- cuyo lenguaje tenía esa oscuridad que sabe cómo capturar al lector, esa intriga que me volvió a su vez en un espía preocupado por la última columna de ese periodista que hizo del cazador de moscas un mito, una leyenda urbana. CCF sin  proponérselo se convirtió en una leyenda urbana. No fue un escritor de culto. CCF fue un hombre que hizo de la literatura su vida. Un hombre reconocido por la crítica, premiado, leído por multitudes, un viajero empedernido, alegre, locuaz, un viejo sabio que disfrutaba enseñándole a los escritores jóvenes escuchándolos, participando en sus presentaciones, dándoles seguridad: importancia, un ejemplar padre de familia. Un tipo con estas cualidades en la acepción natural no puede ser un escritor de culto. Hace diez años dos muchachos lo vieron pasar por Miraflores y sabían quién era ese escritor que volteó generoso a saludarlos. Lo que uno de ellos no imaginó fue que tres años después tendría la posibilidad de participar en la publicación de lo que sería la primera novela gótica del Perú y que compartiría con él no sólo su amistad sino el compromiso de no claudicar en la literatura: el verdadero viaje que nunca termina. Descansa en paz, maestro.
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Publicado en Diario Expreso, el 24 de junio de 2015.
(La foto es de Nadia Rain)