martes, 29 de junio de 2010

CARACAS, cuento de Oliverio Coelho

El 12 de julio de este año empieza la I GIRA DE NOVELISTAS LATINOAMERICANOS, sin duda será una experiencia extraordinaria para el equipo de Altazor y esperamos que también para los narradores que no solo visitarán Lima, sino que conocerán una docena de ciudades del interior del Perú, donde participarán en conversatorios, presentaciones de sus libros y conferencias sobre literatura latinoamericana. Es inusual escribo porque lo normal es escuchar giras de músicos, de cantantes, no de escritores, definitivamente algo de locura hay en todo esto, quizá una anormalidad en la conducta de Willy, o de Oliverio, o de Claudia, o de Juan, o de Miguel Antonio, o de Pedro, o de Jorge Enrique, o de Ernesto, o mía; en el caso de Willy y yo, quizá nos jodió la poesía, esa poesía que hizo que le confesáramos a Oscar Saavedra (Chile, 1977) sobre nuestras intenciones de organizar (inspirados en el viaje al norte con algunos escritores peruanos, inspirados en los viajes hacia Ayacucho o hacia Trujillo, o en el país imaginario) una gira con novelistas jóvenes de América Latina; entonces Oscar lanza un nombre: "Claudia Apablaza", "deberían leer a Claudia Apablaza", nosotros obedientes nos informamos sobre la escritura de Claudia Apablaza, y en efecto debíamos no solo leerla sino incluirla en nuestra gira si pretendíamos hacer un evento de calidad, una vez en contacto con Claudia, a sabiendas de su conocimiento de lo que acontece literariamente en nuestra aldea, le pedí sugerencias sobre a quiénes consideraba debíamos invitar a nuestra gira; Claudia me dio dos nombres: Jorge Enrique Lage y Oliverio Coelho. De nuevo, previa búsqueda sobre sus obras, nos pusimos en contacto con ambos, ahora tanto Oliverio como Jorge Enrique vienen a Perú como parte de la selección que estoy seguro convocará no solo a iniciados en las artes literarias. Eso me entusiasma. Pero como no me gusta entusiasmarme solo y quiero que conozcan un adelanto de la calidad escritural de nuestros novelistas, iré posteando todos los días un cuento de los convocados para que conozcan sobre su potencia. Y como soy un tipo conservador en su orden, empezaré alfabéticamente. Lo que significa que empezaremos con Argentina y Oliverio Coelho. Disfruténlo.
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CARACAS
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Cuando alzó la mirada para tantear su cara, ella ya se había apartado para observar uno de los tantos cuadros de la exposición. Tenía el perfil sugestivo de una bailarina, hombros altos y relucientes, una espalda que se reforzaba y se angostaba marcadamente a la altura de la cintura. Tursi pensó que esa piel tostada poseía el tono exacto, un color condensado que se emparentaba con las exigencias de su deseo. Además la ropa ligera –un pantalón de lino y una musculosa– ponían en evidencia, según supo indagar, el atributo más revelador: ella no usaba bombacha ni corpiño.

La mujer fue alejándose hacia otros cuadros y Tursi pensó que ella, con esos hombros ligeros y esa piel suntuosa, era la excusa que hacía tiempo necesitaba para volver a creer en búsquedas sentimentales que en otra época habían acentuado su indigencia en vez de aliviarla. Aún no se había alejado y podía abordarla. En la larga mirada que ella le había dirigido unos minutos atrás estaba propuesto todo. Los grandes hombres, se dijo, son grandes porque no dudan ante nimiedades.

Dio unos pasos hacia ella con la mano en el mentón mientras simulaba observar algunos cuadros. Se detuvo, sospechó que quizás ella lo hubiera mirado intrigada por esas facciones algo esquivas y arrebatadas que había heredado de sus abuelos napolitanos. Raro y prometedor: nunca se había creído tan indigno de una mirada como ahora. Le sorprendió no haber advertido antes que una cámara fotográfica, de tamaño considerable, colgaba del cuello de ella con una oportuna correa que marcaba contra la musculosa la superficie de los pezones. La miró caminar de espaldas, despacio, dominante. Las sandalias ínfimas mostraban sus pies alargados. Apretó los párpados y la imaginó caminado hacia él, desnuda y en sandalias, en un albergue transitorio.

Ella ya no estaba en la sala. Tursi se desplazó despacio, como si la intuyera escondida en algún rincón. Los cuadros parecían amplificar su soledad descubierta. Se desprendió el impermeable, emparejó el cuello de la camisa, se calzó en la cintura el pantalón que por el uso y la mala alimentación ahora le quedaba dos talles grande, y repasó sin interés las abstracciones que tenía enfrente. Meneó la cabeza sin poder recordar cómo había llegado al Museo Nacional de Bellas Artes. Había estado en un café cercano arreglando un préstamo, luego había cruzado plaza Francia, sofocado, observando entre la niebla brillante del verano las piernas de las mujercitas tiranizadas que corrían hacia sus oficinas o hacia los brazos de amantes impotentes; había cruzado la avenida Libertador sin saber por qué, y con el aire parco y empañado que le daba el alcohol, había subido unos escalones hasta la puerta del museo. Lo que había ocurrido después pertenecía al presente.

La mujer volvió a pasar enfrente, está vez sin mirarlo, buscando la salida con un poco de urgencia. El hecho de que ella lo hubiera ignorado legitimó la necesidad de hablarle y, sobre todo, probarse que todavía tenía derecho a las mujeres a pesar de los años, la falta de gracia, el ultraje de las deudas y la temprana decadencia física. Un guardia le impidió pasar a otra sala alegando que ya cerraban.

– Pero perdí a mi mujer –en ese momento una sombra cruzó y desapareció en el extremo de un pasillo.

– Por favor, espérela afuera. Estamos cerrando.

Tursi siguió el consejo y dio un rodeo. Si aún no había salido, esto es, si no estaba perdida en el interior de ese monstruoso edificio que había sido saqueado durante décadas, la mejor alternativa era esperarla afuera y, de paso, examinar sus piernas mientras se desenvolvían en los escalones, las sandalias ínfimas, el pelo desmechado que escanciaría en sus facciones los rostros posibles de la felicidad. Si no se animaba a abordarla, al menos podría conservar y usufructuar en noches de insomnio la imagen pura de una mujer descendiendo las monumentales escalinatas de ese antro artístico.

Poco después la vio salir y desplegar un mapa. Entre ellos, unos turistas de caras escurridas y pálidas deliberaban en inglés preparando la retirada. “También es turista”, pensó Tursi desalentado, pero enseguida, cuando los otros se retiraron y ella notó su presencia y le dirigió una mirada que expresaba alivio y expectativa, él se reanimó:

– Vos no sos de acá. ¿Puedo ayudarte...? – y apenas pronunció la última palabra lamentó haber comenzado su acercamiento de ese modo, ofreciendo un auxilio que cualquiera podía darle. Intentó sobreponerse, resurgir de las cenizas, respiró paladeando el calor sucio del verano, percibió el principio forzado de la noche, el resplandor de los autos sobre el asfalto, el viento que traía una inminente tormenta verano. Se palpó la cara, supuso que hacía días que no se afeitaba y volvió a la acción:

– Vení abajo del techo, está por llover.

Ella sonrió con un poco de compasión. Retrocedió mordiéndose los labios y balanceando una y otra vez la mirada desde el mapa hacia la cara de Tursi. “Esto va mal”, pensó él tomándose las manos y apretándose los nudillos, “me mira y no contesta”.

– Todavía no llueve –y como si el mapa le hubiera concedido algo, un placer efímero o un pretexto impensado para entrar en confianza, ella propuso–: ¿Caminamos?

Avanzaron, y él, como arrepentido, recordó la seguidilla de amores fugaces que desde los treinta lo tenía a mal traer, los sucesivos abandonos, la mezquindad de habitar una soledad sin testigos, sin bordes, a los cincuenta años.

– Vamos enfrente. Los árboles…

Trotaron para cruzar. Tursi intentó determinar el origen de su candidata –¿México, Colombia, España, Puerto Rico?– y miró el movimiento de sus piernas, las rodillas a cada paso vencidas por el apuro mientras en el aire se perfilaba una maraña de luces. Una vez acomodados bajo el árbol, él la observó descaradamente. La penumbra volcaba una intimidad vertiginosa en ese cilindro de sombra y de olores. Algunas gotas espesas chasqueaban en las hojas. Ella tenía la boca entreabierta, un brillo carnoso en la hilera de dientes. Él pensó que estaba ante una mujer del Caribe y estaba obligado a besarla. La propuesta de esos labios era innegable. La boca era en sí un sexo. Calculó el peso de sus propias manos, la inclinación para alcanzar primero el cuello, retroceder hacia los pómulos, la frente y luego los labios. Ella, como si percibiera su indecisión juvenil, sonrió. Él se contuvo y miró hacia la avenida, las luces desteñidas contra el asfalto, las esquirlas de la lluvia retenidas todavía en las nubes. Y como si todo propiciara la voluntad y la intención de un futuro inmediato, se inclinó hacia ella sintiendo que, a pesar del cálculo, se arrastraba y se agachaba como un mozo con una bandeja, y por fin alcanzó el cuello, asombrado de que fuera de hueso y carne y contuviera la calidez atávica de todas las mujeres. La besó poniendo en cada roce un cuidado absurdo que sólo es real y excitante en los sueños. Ella le cedió la boca como se cede una mano, y se mantuvo ajena, por fuera del deseo. Entonces Tursi se retrajo. Se dijo que había tomado una mala decisión y se preguntó si lo más viable no era disculparse por la torpeza.

– Está bien –dijo ella reclinando la cabeza en su hombro.

Él la observó desconcertado.Se acercó otra vez y le apoyó una mano en la nuca. Obtuvo enseguida una imagen de sí mismo profanando ese cuerpo joven con caricias todavía increadas. Se detuvo: sentía un encanto viril y perverso al presionar esa nuca angelical y posponer un gesto que ella tal vez anhelara porque debía estar sorbiendo toda la necesidad inservible, toda la energía satírica que emanaba de un porteño rancio y solo, viudo innato o huérfano traspapelado. Ella volvió la cara hacia el piso y fijó la mirada en un pie que hacía rato movía de manera regular, como si alisara el suelo.

– Desde que lo vi supe que era encantador.

Él se sintió repentinamente fuera de escena, descolocado, una bestia capaz de romper con un movimiento una cristalería entera. ¿Qué decir? ¿Cómo no contradecirla? Tarde o temprano no podría evitar hablar de sí mismo, provocar compasión. Con los años había sustituido involuntariamente la posibilidad de seducir por la capacidad de mantenerse callado. Prefería el silencio que los había acercado. En ese momento notó en el cuello de ella el peso de una cicatriz que se esfumaba hacia el mentón. “Es una viajera, no una turista”, pensó. Por encima de la niebla, cruzando los gajos movedizos del cielo, irrumpieron unos relámpagos. Los dos miraron con interés:
– Parecen ramas iluminadas – dijo él, interesado más en la cicatriz que en los relámpagos.
– ¿Ramas? No, cuerdas.
– Claro... Los que viajan ven mejor.
– No, no, yo no soy ninguna viajera –corrigió, un poco incómoda por la modestia de él–. Palabra que es la primera vez que salgo de Caracas.

“Caracas”, pensó él, y como si el nombre fuera el preludio de un viaje épico al trópico y lo desvinculara del destino del Tursi que ignoraba por qué había entrado en el museo, pensó sí que valía la pena seguir el diálogo.

– Vamos antes de que la tormenta empiece de veras – propuso ella, y sin esperar respuesta se levantó y guardó la cámara en un bolso de charol que hasta ese momento apretaba bajo un brazo, como a un arma.

Transitaron las calles en silencio, ella hacía a veces observaciones que él aprobaba mecánicamente, con un cansancio que provenía, no de escuchar, sino de buscar y no encontrar respuestas.

– Sabe, en cuanto vi su cara recordé a Al Pacino en sus mejores épocas. El padrino, por ejemplo... ¿La vio?

Tursi no supo si debía sentirse halagado u ofendido. La frase podía ser la evidencia del sarcasmo que había motivado ese encuentro tan asimétrico, o bien la observación mimosa de una colegiala. Finalmente agradeció el cumplido. Ella, celebrando su seriedad paternal, lo reanimó:

– No ponga esa cara... ¡Cuántos quisieran estar en su lugar! Ahora vamos, diga su nombre.

Tursi pensó que el asunto se estaba transformando en un juego inofensivo y estimó que ella debía tener veinte años a pesar de las ojeras oscuras que reflotaban sus ojos verdes.

– Tursi, prefiero que me llamen por mi apellido. Doctor Tursi y basta –y al pronunciar el vocablo doctor, fantástico y excesivo, recuperó un poco de entusiasmo.

– No me gusta nombrar a las personas por su apellido... Es... es... cómo decir... peligroso... inseguro... alguien como usted merece ser llamado por su nombre.

A Tursi la consigna le sonó a premisa publicitaria. Decidió inventarse un nombre: Ramón, Ricardo, Epifanio, Dardo, Marcelo... Marcelo podía sonar bien: Doctor Marcelo Tursi. No, mejor un nombre que sentenciara juventud, confianza, la invención de un fututo correcto: Martín... Sí, Martín Tursi sonaba a mártir relegado de la patria, a nombre de calle abandonada cerca del puerto de La Boca.

– Martín. ¿Te gusta?
– Claro... Todos los nombres masculinos me gustan. Por eso pregunté el suyo.

Tuvo la impresión de que sus tentativas, el beso, la caricia detrás de la nuca, la creación de un nombre, estaban destinadas a fracasar en el ridículo que esa mujer, a quien prefería llamar Caracas, promovía de un modo abusivo cada vez que se refería a él, o bien comparándolo con Al Pacino, o bien ubicándolo, a través de ese cuidadoso uso del “usted”, en el batallón de los hombres decrépitos y heridos.

– Este es mi hotel –y se detuvo ante la puerta, cruzando los brazos y frotando las palmas contra las muñecas delgadísimas.

A esa altura Tursi no sabía dónde estaba. “Cualquier hombre cuerdo”, y enseguida se incluyó en el género, “sabe que acá hay gato encerrado”. Ella cruzó el umbral y lo llamó.

– Venga, sígame, no va a decir que hizo todo este camino y no me va a acompañar unos minutos.

Él entendió que estaba obligado a subir por un imperativo que no sabía si se relacionaba con su martirizada virilidad o con su impedida paternidad. El hotel era gris, de corredores deslucidos y enchapados en falsa madera, techos descascarados y arañas con bombitas de bajo consumo. En un ascensor ruinoso, él observó de soslayo cómo Caracas con los ojos parecía emprolijar en el espejo rasgos de su propia cara.

En un séptimo piso, después de transitar un pasillo de paredes empapeladas, ventiluces entreabiertos y matafuegos, Tursi comprobó que el cuarto de Caracas era el hábitat monótono de una pasajera y no el de una puta sofisticada. Dedujo que por ende su simpatía era una cualidad y no una virtud venial, y se dejó caer en la cama con una familiaridad inquietante que ella pareció aprobar de inmediato al sonreír. Él le preguntó dónde estaban, cuánto habían caminado.

– Once –contestó ella, cadenciosa, imitándolo–. A un paso de la estación... Caminamos veinte cuadras derecho por una avenida... Pueyrredón.

El cansancio, ahora que sabía cuánto habían caminado, en vez de ceder se acentuó. Sintió las facciones derramadas, los brazos sueltos e impropios, piernas densas y echadas como un gato de dimensiones monstruosas al pie de la cama. Miró en torno y vio una cómoda, una puerta y una ventana con cortinas descorridas que mostraban, contra la luz de la calle, los filamentos oblicuos de la lluvia.
Despertó en la misma cama, en una posición compleja, casi fetal, lastimado por una luz. Despegó los párpados e intentó esconder con una mano el horror desproporcionado de despertar en un lugar familiar y a la vez desconocido. Enfrente vio a Caracas apuntándolo con algo que al principio creyó un arma. A un lado, un reflector arrancaba líneas duras y claroscuros de su cara.

Tursi se incorporó y fue hacia el baño sin comprender qué había ocurrido mientras dormía. Se enjuagó y vio muecas y facciones desconocidas en un espejo convexo. Caracas se apoyó en el marco de la puerta y sonrió:

– Estas siestas nocturnas son las más difíciles. No se preocupe, el espejo está mal.
“Todavía me trata de usted, me respeta”, pensó Tursi desalentado mientras se secaba la cara con una toalla que tenía una humedad de días.

En cuanto salió del baño recibió sucesivas señales de que Caracas no le profesaba respeto sino un cariño algo maníaco cuyo origen no podía precisar. De espaldas, sentado en la cama, sintió las manos de ella aflojándose sobre la nuca, luego el torso pegado al suyo y las piernas que caían bordeándole la cintura. Sin cambiar de posición, escuchó que ella, voz calma y manos cada vez más ansiosas, le explicaba que fotografiaba rostros de hombres durmiendo.

– Debo tener la colección más completa de la Tierra. Todo tipo de hombres; viejos, feos, borrachos, adolescentes. Muchos no fueron amantes.
– No necesita decirlo.
– ¿Qué cosa?
– Lo de los amantes – y enseguida se sintió molesto por haberse incluido ya en el conjunto de los perdedores.

La risita de ella esta vez le rozó la oreja y a él le pareció, a diferencia de antes, una risa pecaminosa, lastimada, sin juventud, sin recuerdos.

– Usted es tan bueno... –y la voz ahora se fundió a la risa, deformándola–: Además me gusta tanto cuando se enoja –y apretándose contra su espalda apoyó la cabeza en uno de sus hombros y lo mordió suavemente.

Tursi se mantuvo inmóvil, de espaldas, y degustó la caricia de esa boca. De pronto no pudo o no supo soportar más y quiso darse vuelta, actuar, ocupar el hueco que crecía en esa mujer.
– No, por favor. Quédese quieto.
Obedeció a medias. Se removió en el lugar intentando obtener una parte de Caracas –cualquiera– para ocuparla con una caricia. Evitó, en cambio, volverse. En cierto momento, después de un rato en la misma posición, sentado al borde de la cama como un penado, midiendo ese cuerpo joven que se calentaba contra su espalda y su nuca, pensó que era insano ese placer invisible y viciado de gemidos. Intentó volverse y ella reaccionó:

– No, por favor, quieto... Qué le cuesta...
– No puedo, no puedo, dejame...

E intempestivamente se liberó de la presión de las manos y se precipitó sobre ella con agitación de moribundo. Le quitó la musculosa y las tetas chicas y fibrosas vibraron en la penumbra. Cuando buscó con la boca los pezones, ella de un salto se incorporó al costado de la cama, retrocedió con una sonrisa espaciada por los suspiros y se lamentó:

– No, eso no Martín, no podemos... Basta, es suficiente.

Y cruzó los brazos, como para subrayar la negación, y enseguida los dejó caer a los costados y se sentó en la cama, la desnudez tensa de la espalda entre las láminas lustrosas de pelo negro. En cuanto sintió las manos alevosas de Tursi repasando otra vez sus hombros, soltó un gemido de agobio y meneó la cabeza.

– No entendés…

Él se retrajo desconcertado y apreció la belleza inmerecida de ese cuerpo. Moviendo los ojos buscó una respuesta a su presencia, a su deseo, ahí, en el cuarto manchado de oscuridad y susurros. Creyó entender.

Se estiró en la cama con el consentimiento de Caracas, que en escorzo le dirigía una mirada consoladora y, casi sin moverse, meneando las caderas, se desprendía el pantalón, lo deslizaba con fingido pudor, retiraba los pies menudos, los oprimía con las manos como si los ablandara, y completaba su desnudez acuclillándose en la cama, el borrón de vello renegrido sobresaliendo entre los muslos jóvenes.

– ¿Por qué? –suspiró Tursi

Cuidadosa, como si se consagrara a un convaleciente, ella le levantó los brazos, le desprendió la camisa y le descubrió el torso, los hombros caídos estilo panda, el vientre dividido por franjas blancuzcas de gordura. Luego le repasó el ombligo y lo hundió a fondo hasta clavarle la uña.

– ¿Por qué? ¿Decime por qué, nada más?

Caracas lo exhortó al silencio apoyándole un dedo sobre los labios. Tursi la percibió más cercana e implacable, la piel tibia, y contra el hombro sus pezones como ganchos. Entonces un nudo de desesperación, sangre agolpada, la conciencia de una impotencia involuntaria, remataron la angustia, el gemido que soltó e hizo retroceder a Caracas.

– Duérmase tranquilo...

Tursi soportó en los párpados una película ondulante de colores, sintió a Caracas como una irradiación cálida que lo protegía y a la vez lo asustaba, aunque enseguida dudó de su proximidad y se preguntó si el ardor no sería un principio de fiebre.

Durante la noche se sucedieron estallidos que convergían en su cara. Él no supo si esos planos relumbrantes eran parte de los sueños o provenían de la realidad. Soñó, no obstante, con Caracas. Estaban en el mismo cuarto, la misma luz granulada. Afuera, el anochecer. Escondido en un cubículo sin luz, él espiaba a través de un orificio que parecía una mirilla pero presentaba en los bordes texturas carnosas. Ella, del otro lado, estaba desnuda, transpirando, y puteaba. De a poco la intensidad de los gritos despedazaba el cuarto hasta que cundía el silencio y sólo se escuchaba una respiración semejante a los golpeteos de un tambor. Él retrocedía a medida que ella avanzaba con ojos vengativos. Las puertas se abrían y Tursi se descubría tiritando en una esquina, diminuto y arrodillado en el interior de un ropero cuyas paredes palpitantes eran de carne. Ella lo atraía hacia sí, lo sostenía boca abajo por los tobillos, lo acariciaba como a una presa, y tiernamente arrancaba sus miembros, uno por uno. En el suelo quedaban pétalos desteñidos que la brisa removía.

Despertó desnudo, unido a una sensación de abandono, ebriedad, borrada placidez, una sensación irreal de estafa. Se incorporó. La tormenta del día anterior persistía en la luz opaca que filtraban las cortinas del ventanal. Los intervalos de sombra parecían fragmentos de Caracas. El aire prensado por el encierro mantenía intacto el olor inconfundible y nato de un cuerpo joven. No había otro rastro de ella. Ni ropa, ni una valija, ni el reflector. Sólo ese olor erróneo, a pureza conquistada, a pesadilla calma, que quizás hubiera entrado con la mañana. No quiso pasar al baño, cualquier necesidad podía posponerse ante la urgencia de abandonar la habitación que había amplificado la confusión de ser Tursi.

Bajó y en la recepción del hotel un hombre encorvado y de expresión mutilada lo llamó por su nombre. Tursi dudó. Supuso que ya no podía ignorar el llamado porque se había detenido y en ese lapso había pensado, había mostrado que sabía el porqué del llamado: Caracas no debía haber pagado la cuenta. Esa suerte de secuestro del que él había sido víctima por una noche, ahora se explicaba de principio a fin. Con la certidumbre mezquina de poseer sólo una suma de dinero prestado que de ningún modo cedería y de no estar registrado en el hotel, avanzó hacia la recepción dispuesto a negar, por hábito y profesión, la realidad de cualquier deuda. El hombre se agachó. Entreabriendo la boca diminuta, endurecida por un gesto de displicencia que podía ser también señal de idiotez, le extendió un sobre.

– Para el Doctor Martín Tursi.

Al escuchar su apellido pronunciado con tanto énfasis por una boca esclava de un gesto, arrancó el sobre, atravesó el hall tropezando con jirones de alfombra y visitantes de aspecto clandestino. Enfrentó la humedad de Buenos Aires, el asfalto parpadeante, los edificios etéreos que rodeaban la estación de Once. Empujó su desmantelada soledad atropellando cuerpos de una pesadez artificial. En una esquina se detuvo y tanteando con los ojos el sol nuevo, vació el sobre en un cesto de basura. Unas fotos flotaron en el aire y quedaron en el agua del cordón. Tursi ya se había perdido en la muchedumbre, bajo la luz servida del mediodía.
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Oliverio Coelho publicó las novelas Tierra de vigilia (2000), Los invertebrables (2003), Borneo (2004), Promesas naturales (2006), Ida (2008) y el libro de relatos Parte doméstico (Emecé, 2009). Realizó residencias para escritores en México y en Corea del Sur. Producto de esta última es Ji-do (2009), una antología de narrativa coreana contemporánea. Publica regularmente en los suplementos culturales de los diarios La Nación, El País, Clarín y Perfil. Ha sido reiteradamente señalado como uno de los valores jóvenes de la narrativa latinoamericana de hoy. Actualmente escribe sobre novedades editoriales en la revista Inrockuptibles y en su blog www.conejillodeindias.blogspot.com