domingo, 6 de abril de 2014

HAROLD ALVA EN LA INSOMNE CIUDAD DESIERTA

 “Tú escribes como quien ha roto su lengua
para penetrar con los nervios las respuestas de la tarde”.

               H.A.
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Escribe: Winston Orrillo
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“Una poesía con otra forma de decir las cosas”, dice, acertadamente, el vate y crítico, Dimas  Arrieta, en la nota de contracarátula de CIUDAD DESIERTA, Summa editores, 2012, la más reciente obra del joven (Piura, 1978) poeta y hombre de letras,  Harold Alva Viale.
Un breve volumen, para decirlo de entrada, que es congruente con una poética del desasosiego, de la angustia, de todo aquello que nos visita en lo que el maestro Borges llamaba “la atroz lucidez del insomnio”. Y esto último no es una casualidad, porque una suerte de subtítulo del texto es “Apuntes para convivir con el insomnio”
La columna del suscrito es, lamentablemente, exigua en espacio, por lo que, si nos detenemos en el desmesurado currículo de Harold, se nos va la mitad de aquél, por lo que nos limitamos a señalar su más de media docena de poemarios, una novela, una saga de cuentos para niños y otras seis antologías, amén de sus viajes al extranjero, como invitado especial a certámenes de líridas, la traducción de sus versos y su trepidante condición de editor, Altazor, 2009/2011 y, actualmente, Summa, así como la dirección de la revista de cultura y política “Contrapoder”; y, por si fuera poco, fue Editor de la Revista del Foro del Ilustre Colegio de Abogados de Lima. (Habrá, el curioso lector, de preguntarse cómo se hace para tener tal multiforme y plural cúmulo de actividades. Sólo él lo sabe, aunque sotto voce se comenta que, gracias a su insomnio pertinaz, puede vivir, al mismo tiempo engolfado en actividades tan exigentes y disímiles).
El presente es un libro, al parecer, producto de aquél (el insomnio) y, por ello, las imágenes nocturnas se suceden y abarcan la gran continuidad de estos versos (en prosa), con ecos precisos de Lautremont, Rimbaud y Artaud, en su violencia lingüística y en el cúmulo de desazón que nos transmiten: “NOCHE QUÉ PRETENDES AHORA cuando he sido declarado un hombre muerto Yo pensé que evitar el respiro había sido suficiente para que me exculpes de tu salivazo siniestro”.



El poeta, como sucede desde Baudelaire, es un animal urbano: la ciudad, en este caso Lima, es su leit motiv, y su retrato no deja de producirnos una sensación de escalosfrío: “LIMA LLEGA CON LOS BRAZOS helados a tocarme y yo me refugio en tus palabras que aparecen como leños Me abrigo con ellas…”
Y, en cuanto al estilo, la singularidad de Alva, en la poética peruana ad usum, se da en la extremada situación límite de su tratamiento literario: “Tú escribes con la lengua muerta de los resucitados Con la visión de un ángel que destroza lo inefable Tú escribes con los huesos Tu palabra tiene sentido porque en sus llagas reconozco  el osario de la niebla Las hojas que tiritan al contacto de fantasmas que retornan para liquidar tu nacimiento”.
Pero, paradójicamente, aquí está la clave: la poesía es, entonces,  la única salvación. El poetizar es un maderamen en el que el bardo, transido, se refugia: es su boya con la que puede cruzar el piélago, dilacerado y fragoroso, de la urbe: “Miré los postes Me conmoví con la sombra de un pájaro que volaba sobre el hotel Bolívar y corrí hacia donde tú estabas”.
No hay mucho, pues, de diáfano en estos versos en prosa retorcida, nocturna y terebrante: “UN POEMA COMO LA NOCHE  que se difumina con la luz solitaria de los postes Un poema como tus manos sobre el vidrio Como tu don para quebrar mi hábito de asceta  Como tu risa Como el aire que intenta romper la lengua de las puertas”.
Y aquí está una clave que, por fin, nos permite hallar una salida: el poema de amor, expresado con una aguda sensibilidad, que es como un camino por el que se nos conduce de vuelta a la vida: “TOCO TU VOZ: sepulto mi corazón en una esquina La tarde abandona su sombra con la inquietud de un pájaro que silba como un semiota confundido frente a un quipu Y nadie se acerca Toco tu aire La velocidad de tu emoción suspendida  en los símbolos de una pununa Y nadie nos cerca Nadie ahora que mis ojos se quiebran". (Repárese en el no uso de la puntuación).
Y así, como éste que hemos escogido al azar, hay varios otros: un espléndido ejemplo es el que citamos para concluir: “PUEDO DETENERME TODA LA NOCHE a mirar el mundo desde tus ojos Lo sabes: y si los cierras dejaría de verlo pero no de recorrerlo Cuando cierras los ojos me acercas el mundo: tu mundo  Mi único mundo”
Hay, igualmente, en el libro, una colección de preseas poéticas, en cierta forma como haikus, de los cuales escogemos los siguientes: “SI ESTUVIERA ALLÍ no solo estarías/ en mis brazos”, “GRACIAS POR ESTAR ALLÍ Contigo la noche/ tiene otra distancia Otro sabor Otra música a/ pesar de mi inestabilidad auditiva”, “INTENTO DETENER LOS CABALLOS de tu furia/ Me sujeto de tus crines  En tu ira reposo mi/ violencia con la ternura de una ola” “TÚ CREES EN DIOS Yo creo en tus dientes/  Creo en la lengua imperativa de tu espalda”, y “UN PÁJARO CANTA Y LA TRISTEZA LE EXIGE que a su trino le borre el nombre de su pájara”.
Y, el último, congruente con la temática misma del breve volumen: “TU BOCA COMO LA MANO DE UNA ACUARELA/ de Delacroix difuminándose a medianoche/ mientras mi voz se detiene sobre el mármol/ de una banca y la niebla ya no se aproxima”.
Harold Alva nos informa que el presente libro es solo parte de una publicación mayor que, por cierto, esperamos con viva ansiedad.

lunes, 31 de marzo de 2014

JORGE NÁJAR Y UNA NOVELA ALUCINADA

“Uno parte en busca de felicidad y regresa como puede”
                                                               J.N.

Escribe: Winston Orrillo
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Conocido ampliamente como poeta, Jorge Nájar (Pucallpa, 1946), fue uno de los puntales del Movimiento Hora Zero, y su obra ha discurrido, sin prisa pero sin pausa, en medio de las estancias de numerosas distinciones literarias. Entre las más importantes se hallan el Premio Copé de Oro, 1984, con su libro Finibus Terrae, y, en el 2001 el galardón de Poesía Juan Rulfo, en el  certamen que convoca Radio Francia Internacional.
Con el título significativo de Formas del delirio, Nájar reunió toda su poesía escrita hasta 1999. En 2007 apareció Allí donde brota la luz. Como traductor seleccionó una Antologia de Poesía Contemporánea de Expresión Francesa, así como la obra –escrita en idioma galo- por Ventura García Calderón. En narrativa ha publicado, en 2010, Penúltima odisea y otras ficciones, mientras que, en Altazor su Vallejo y la célula non plus ultra, primera parte de un ciclo que dedica a la vida y obra del autor de Trilce. Gran parte de la obra poética, de Nájar,  traducida al francés, ha sido lanzada por las editoriales La Difference y Folle Avoine.
Él vive en París, donde, precisamente, se desarrolla el meollo de El alucinado, novela breve, que acaba de publicarle la dinámica Editorial Summa de Harold Alva.



Este libro, como su nombre lo indica, es una verdadera vorágine alucinada: la historia de uno de los tantos militantes ultraizquierdistas que llegaron a la patria de Rimbaud, seguramente para la ilusa recomposición de sus maltrechas células políticas, pero inficionados por una mélange de ideología, chamanismo y pleno delirio, en medio de una vida bohemia que tenía más de un viso autodestructivo, con evocación,seguramente, de los bienaventurados “poetas malditos”, de la antepasada centuria.
El personaje –por momentos, sin duda. alter ego de Jorge Nájar-  viene de escapar de una acción confiscatoria –fue la época de la expropiación de los bancos y de una militancia desaforada que aprovechó las ingentes energías de jóvenes insuflados de idealismo que lo dieron todo sin medir las consecuencias –o midiéndolas mal- de sus acciones, por lo que dejaron sendas huellas que fueron fácilmente seguidas por los “encargados del orden”, con la consiguiente detención y tortura y muerte –o “desapariciones” que, para el caso, es lo mismo- de aquellos imberbes mílites idealistas. Todo lo cual le vuelve, le obsede, mediante el “perro de la memoria” (no se olvide que nuestro narrador es un poeta de relieve: de allí el lenguaje pleno de imágenes y analogías), al protagonista de la obra.
Pedro Toledano, el personaje principal, es un joven poeta, que comparte mucho con el autor: ”Cerrando los ojos Toledano cantó evocando su vida amazónica. Hay un río, monarca de los ríos/ único, inmenso, de beldad sin par:/ humilde nace entre picachos fríos,/ soberbio muere rechazando al mar”.
Las vicisitudes de su amor por Judith, son el meollo de la novela. Ella es otra joven militante, igualmente fugitiva de la represión peruana,  con la que se reencuentra en París, lo cual conforma el  núcleo del corpus narrativo, pues ambos están asediados por el complejo persecutorio, y una justificada paranoia, que los paraliza en más de una oportunidad:
Hay escenas de amor -que, obviamente, solo podrían haber sido escritas por el poeta de polendas que es Nájar- como la siguiente: “Ella le acarició las venas del brazo y él besó nuevamente sus manos antes de subir por los hombros, pasar por las mejillas y hundirse, tembloroso, en la fruta madura de su boca…”
Pero llega, como siempre llega, la hora del esclarecimiento, de lo que ella llamara “de los grandes balances”: “La idea que los había hecho vivir estaba en crisis y ellos o estaban presos, o muertos, o escondidos, o metamorfoseados en porquerías en cualquier rincón del planeta, cagándose de miedo ante la amenaza de ser recuperados y sancionados por el violento pasado….Ella lloraba ocultando la cara en la almohada, convencida ahora sí de que  Toledano se había hundido en un camino sin regreso…” Y vino una larga noche de recuerdos de lo que fue su vida, de lo que los unió y separó: “las razones por las que en varias oportunidades dejaron de verse y el juego del azar  que los llevó a encontrarse”. Reproches mutuos y reapegos, pero ya se columbraba el corolario, que no podía ser otro que la separación definitiva, con lo que, a su vez, se sellaría la suerte de Toledano: solo en un París despiadado, indiferente, del que aprehendemos –por él- sus escondrijos debajo de los puentes. Pero, antes: “Volvieron a descubrir sus cuerpos, a reconocerse los secretos, las huellas dejadas por la vida antes de llegar a las exigencias y servidumbres de la pasión. Y ya agotados, él sintió que ella se ponía a llorar contra su cara iluminada por el brillo de un nuevo cigarrillo, otorgándole un halo misterioso a unos ojos que solo sabían contemplar la noche y sus sombras. Ella se quedó dormida pero él no podía hacerlo como hubiese querido, sin tener que desenredar los hilos que se trenzaban en su vida”.
Poetas de Hora Zero; Tulio Mora, Jorge Nájar y Jorge Pimentel
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Ella, Judith,  se fue, pero le dejó un bolso y un sobre con una carta “de caligrafía temblorosa”, en la que se revelan algunas de las verdades de esta relación sui generis, cuya conclusión  determina, a su vez, el fin de Toledano, quien acaba por reconocer la verdad de lo que aquélla señala: “Aquí en París, como allá en Lima, nuestros encuentros no son más que una escala fácil para alguien que en realidad está huyendo de su propia vida. Y yo estoy cansada de jugar a las escondidas. Lo mejor de mi vida ya fue entregada a lo que yo consideré el ideal más alto del hombre: luchar por pasar del reino de la necesidad al de la libertad.(Subrayado nuestro). Y mira en lo que estoy terminando, en una pordiosera de afectos que tú no sabes dar”.
Fue el final: Pedro, aunque lo sabía inútil, salió a buscarla, y cayó presa de un último delirio en medio del cual acabó, porque, antes: “Sintió que el mundo temblaba, que debajo de sus pies se abría un pozo de arena. Se apoyó en el borde cerrando los ojos y tuvo la impresión de que ya antes, en otra época y en otra sociedad había vivido la misma situación. Sintió como si se abriera un agujero en el tiempo, (Otra vez el alter ego).Se vio en la tierra de su infancia bajando en una balsa por el curso precipitado de un río. Pero no supo a qué correspondía todo ese violento desfile de imágenes que le hacían daño”. Y viene, entonces,  una mescolanza de imágenes en las que confunde a Judith con la diosa Shiva y, junto con el ron que no dejaba de beber,  “desfilaron por su memoria rostros difusos en la maraña del tiempo, palabras temblorosas, promesas incumplidas, el gran poema que todavía no había escrito. (Subrayado nuestro). Pero, en su interior,  el recuerdo de Judith permanecía indemne. Tan complejo es el amor…”
Y, en medio de esa alucinación, se lanzó al río, del que es rescatado, para caer en manos de un grupo fascista de jóvenes con el cráneo rapado, con los que intercambia insultos hasta que ellos no vacilan en arrojarlo al río “riéndose por lo que acababan de hacer”. Felizmente es rescatado, rápidamente, por la Cruz Roja y la policía,  pero, para nada, pues él se hunde, definitivamente, en su delirio final, en el que seguía persiguiendo las aguas del Río de la Iluminación.
La Amazonia peruana, Lima, La India, París, escenarios poliédricos que, al fin, convergen en una sola y única circunstancia: la de una generación peruana–que como la añeja y ya famosa “perdida” de Hemingway y otros- que, igualmente, sigue en busca de un destino que, al parecer, no nos está reservado para los humanos.

Nájar poeta es el cabal substrátum de Nájar narrador.

lunes, 24 de marzo de 2014

MARUJA VALCÁRCEL BORDA SUAVEMENTE LA POESÍA



Escribe: Winston Orrillo

Un leve discurrir entre la intensidad, atemperada por el ánimo sutil y la suave intensidad (valga el oxímoron), caracterizan al libro de Maruja Valcárcel, “Bordando suavemente el viento, otro acierto en la multánime publicacion de editorial Summa, que dirige el poeta Harold Alva. 
Subscribo las palabras del buen poeta y crítico, Dimas Arrieta, quien, en su enjundioso prólogo al volumen, señala que  el presente es un “Poemario hecho en el amor y el ardor hacia la vida, con esas lluvias interiores que se convierten en un océano que no moja el cuerpo, pero sí empapa el alma.  Por lo tanto,  manifiesta a un ser humano vivo, bien aferrado a su temple, a su misión, que sabe lo que dice y bien dice, hasta cuando se sumerge en su silencio”.
Y, en efecto, algo de lo que llama la atención, en alguien como Maruja, a quien muchísimos conocen por su denodada labor de lo que en Europa se llama publicística, y aquí es, simplemente, editora de periodismo; algo que llama, repetimos, poderosamente  la atención en ella (que no es lo que se puede decir una profesional , stricto sensu,de la literatura) es su excepcional capacidad para decir, y decir bien, las cuestiones que atañen al arte, a la expresividad,  como cuando escribe: “Escucha..” y dice, acercándose, así, a lo inefable: “Tanto jugar con las palabras,/  tanto decir con la mirada,/ la palabra/ y la risa/ aquellas frases, con sin sentido,/ con los poetas,/ para armarlas y amarlas,/ dentro/ y también fuera. Para lo que fuera./  Y qué importaba!//  Pero ahora, las frases se esconden,/  detrás del ruido,/  ese trueno serpenteado por la risa,/ sin sospecha,/ del que sabe escuchar  tu silencio”.
Este, asimismo, es, por cierto,  un libro de amor,  de ese difícil tema –Rilke lo señalaba al advertirnos del peligro de escribir versos sobre los sentimientos.  Pero lo importante es que, dentro de lo difícil, es donde se prueba la calidad del artista de la palabra.
Veamos, pues, cómo sale, bien parada, la expresividad lírico-amorosa de Maruja Valcárcel cuando nos dice, en “Tú”: “Trigo, semilla y pan,/  maná de mis días tristes,/  tú…/  Fuente clara y encantada / de las risas de cristal.// Ave plateada, tú,// reloj intemporal/  que marca mi hora exacta,/ tú…/ que a mi piel has vestido de poemas/ y sembrado de rosas/  mis mejillas,//tú…// Gladiador, vencedor de mis fantasmas,/  lector de mis angustias,/  traductor del cuerpo mío,// noche de Pascua,/ tú… Ven, atraviesa el horizonte/ y encuentra otro, y otro más…/// Ven, lava mis ojos de toda pena/  y, ya en silencio,/  bebe en mi copa/ que es tuya sola.”

Arturo Corcuera, Maruja Valcárcel, Harold Alva y Óscar Málaga

Rotundo remate que, por cierto, nos enfrenta con una escritora en la plenitud de sus facultades, como que aquellos versos no fueron un hallazgo casual, pues, en “Arquitectura”, podemos leer: “…Ahora voy a dormirme,/ hermoso y alado hombre,//luego, mañana armaré/ los versos que hice esta noche/ y, si faltara una estrofa,/ tú ya sabrás completarla/ con tu cuerpo,/ y con tus versos,/ para nacerme de nuevo/  como la última vez”.
Hace tiempo que venimos sosteniendo que, la gran poesía, no solo es una danza de palabras, sino que, ella misma, es un intentar aprehender el devenir, y  que los elementos del ser y el tiempo, o del ser y la nada, nimban sus esquinas más conspicuas.
Maruja no es ajena a aquello. Y, en su poema, “Donde vive el tiempo” se halla, explícito, lo enunciado en el párrafo anterior: “A mí qué me importa el tiempo,/  yo lo encabrito/ conozco de su aliento, yo lo siento/ en la boca de los músicos.// A mí el tiempo me lleva de la mano/ por las tabernas/  y lo bebo a sorbos/ en cada mirada.// A mí el tiempo me regala  madrugadas/ con los dedos entrelazados,/ tamborileando/  sobre la mesa/ un ritmo nuevo/ de risa y de vergel.// Y me trae de vuelta a la caverna,/ fuerte, desnudo,/ sin temor a la noche que acicala/ mis cabellos negros,/ porque necesita que yo dance/ sobre él.// A mí qué me importa el tiempo,/ ese tiempo del que hablan/ los habitantes/ del alma envejecida,/ enmohecida.// Yo hablo del otro…//Ese tiempo me busca con la mirada,/ cada día,/ cada noche/ y me enseña / cómo tomarme un vodka eterno,/ con la vida ovillada/ entre  sus brazos.// Quién será que lo puso allí…/ cómo será que de pronto/ apareció/ con su guitarra,/ el tiempo…”
Pero una relevante poesía, igualmente, no puede fulgir sin hacer una invocación a la ruptura del solipsismo, de la propia torre de marfil (tentación de tantos poetas), por lo que entendemos perfectamenete congruente, remarcar  nuestro comentario con la cita, casi íntegra, del texto, “De Gris y Piel”, cuyos versos finales nos dan la clave de adónde apunta esta relevante poesía de Maruja Valcárcel: “Un saco a suaves cuadros…/ una corbata,/ la camisa perfecta,/ una bufanda.// No debe el frío de la tarde/ lastimarte,/ por eso yo te abrigo,/ y es preciso/   que te acerques,/ ya desnudo,/ para encender una hoguera,/ todos, todos,//   porque somos tantos,/  cuando estamos juntos. (Subrayado nuestro). Y un rasgo que no puede faltar, en todo escritor de relieve: el humor, y, a veces, en su variante del “noir”.Veamos,  para concluir nuestras abundantes, pero necesarias, citas de las palabras de la autora: en su sintomático poema “Nada”, escribe, como versos finales: “Qué será, por qué será que uno termina/ convertido en minutero,/ siempre,/ del reloj de  la casa/ de enfrente”.

viernes, 28 de febrero de 2014

Zarumilla y José Panta


Escribe: Harold Alva


La última vez que lo vi fue hace 24 años. Todos lucíamos impecables. Era la clausura del año escolar. Yo me había ubicado al fondo, al lado de mi madre, inquieto y resignado.
Aquel 1990 no recibiría diploma, empecé el primero de secundaria en el José Carlos Mariátegui de Papayal. En mayo inició una huelga del SUTEP que a los alumnos de los colegios nacionales casi nos hizo perder el año académico. En agosto, mi padre, preocupado por nuestra situación, realizó todos los esfuerzos que le permitió su sueldo de policía para matricularnos en el único colegio particular de la provincia. Estudiar en el San Agustín significó algunos cambios. Papayal está ubicado a media hora de Zarumilla: tuvimos que ponernos al día del primer y segundo bimestre, en paralelo a no descuidar el tercer bimestre en curso; viajar todos los días por aquella carretera en el camión de tropa que movilizaba a los hijos de los oficiales del ejército. Fueron otros hábitos. Tuvimos que vestir el buzo celeste de educación física, rotarlo con el típico uniforme, cambiamos de insignia. Fueron quizá los meses más tediosos de mi vida. No le deseo a nadie tener que estudiar tres bimestres al mismo tiempo y dar exámenes de matemática o de historia con todas las fechas y las cifras de golpe.   
            Jamás fui un alumno que se sentara adelante de la clase, mi sitio siempre fue atrás, al fondo desde donde inventaba los apodos que mis compañeros repetían, o desde donde dibujaba a mis profesores para no aburrirme con las a veces innecesarias explicaciones de dos horas. Atrás era el lugar de los guerreros, atrás estábamos los rebeldes, el grupo con el que todo el salón quería lucirse en los recreos. Aquel 1990 fue distinto. La primera semana me di cuenta que si quería aprobar el primero de secundaria necesitaría dejar atrás aquellos hábitos y sentarme adelante. Tuve que transformarme en el muchachito chancón que caminaba con sus libros y cuadernos, el que leía en todas partes. Era eso o no pasar el año. Me ponía al día en los recreos, venía leyendo sobre el camión que nos traía y retornaba escribiendo haciendo equilibrio con los baches de la carretera. Así fue hasta que llegó diciembre.
            Fui el adolescente que no pudo darse el lujo de tener muchos amigos.
         Acabé el primer año sólo habiendo departido con Panta que se sentaba adelante, con Garrido y mi hermana Holenka que, como yo, sólo tuvo a Paola y Patricia como amigas. No tuvimos tiempo.
            Y allí estaba aquella mañana, de la mano de mi madre, nervioso y resignado esperando que anuncien a los primeros puestos para ir por mi libreta de notas. Adelante estaban juntos  todos los alumnos de primer año. Atrás, aún ajenos y extraños, mi hermana Holenka y yo. Una vez que terminó la ceremonia llegó el turno de la entrega de diplomas. Llamaron al tercer puesto en aprovechamiento y conducta, después anunciaron que hubo empate con el segundo puesto, anunciaron el nombre de uno de los que había empatado y cuando me disponía a salir de la Iglesia, herido en mi vanidad; pronunciaron mi nombre. Frente a mi sorpresa y resignación, aquel vertiginoso 1990, empaté el segundo puesto. Mi madre emocionada casi aplaude como doña Florinda a Kiko, menos mal que su emoción la detuvo y fui por ese diploma, el primer cartón que sentí que realmente me había costado.
Contento retorné a mi lugar del fondo, orgulloso y en silencio, a observar quién era el primer puesto. Lo intuí: Panta Quiroga, José. Mi amigo José Panta obtuvo el primer puesto y yo sentí que supe darle pelea a aquellos meses en los que casi pierdo el año. Fue un buen primer puesto, creo que ganamos bien, pero aquella mañana fue también la última vez que les di la mano a mis compañeros del San Agustín.
El año siguiente retornamos a Cañaveral.
Ahora Panta es contador. Vivió en Lima diez años, fue funcionario en el Ministerio de Economía, catedrático de la UNI y asesor de la contraloría. Ha sido Gerente de la Municipalidad de Tumbes y es el virtual candidato a la alcaldía de Zarumilla. Anoche nos reunimos después de 24 años y cruzamos caminando Miraflores y Barranco.
“Ahora ya puedo decir que caminamos juntos”, me dijo.
Coincidimos en política, coincidimos en que la nuestra es la generación del relevo, coincidimos en que tenemos una responsabilidad histórica, coincidimos en que debemos seguir preparándonos para los retos del bicentenario. “De niño quería ser astronauta”, le dije. “Yo todavía quiero”, respondió.

Ahora sabemos que otra fue la altura y el viaje siempre fue nuestro Perú. 


lunes, 3 de febrero de 2014

¿CONCENTRACIÓN DE MEDIOS?


Escribe: Harold Alva

Un viejo amigo me preguntó porqué no me pronunciaba sobre la concentración de medios y sobre "la amenaza" que representa que un grupo como El Comercio pretenda monopolizar la información. Sonreí y le di una respuesta gracias a la que me acusó de apocalíptico. Le dije que se trataba de una cortina de humo y le expliqué porqué mi conclusión: Necesitamos ser demasiado ingenuos o haber perdido nuestra memoria política para imaginar que esto se trata de un atentado contra la libertad de expresión. 

Recapitulemos, de qué hablábamos antes de que Ollanta Humala le brinde la entrevista a Mávila Huertas y Josefina Towsend? El tema de interés nacional, sin duda, es el contencioso Perú / Chile en La Haya; pero miremos acá: discutíamos sobre cuatro hechos puntuales y concretos. Toledo y la compra irregular de propiedades: Ecoteva; Keiko Fujimori admitió que en su campaña recibió aportes de Luis Callé Quirós, integrante de una red de lavado de dinero del narcotráfico (su bancada a través de un comunicado informó que había devuelto "el donativo"); el escándalo de los narco indultos que tiene en la mira no sólo al ex presidente García sino a varios de sus ex ministros, y la denuncia de los hasta hoy no esclarecidos vínculos del gobierno con el montesinista Óscar López Meneses. 

Esos eran los temas que capturaban la atención de la opinión pública que ni los esfuerzos de los programas de farándula pudieron amortiguar. Entonces Ollanta Humala utilizó una mejor herramienta: "El atentado contra la libertad de expresión". Funcionó. Lo que se necesitaba era algo que distraiga a la opinión pública, un tema en el que, con sus intervenciones, colaboren nuestros políticos. Ya no se trataba de un supuesto ataque a la libertad de empresa sino a lo totémico que resulta "la libertad de expresión", algo que significaba cámara, y entre la cámara o las investigaciones, donde están comprometidos, por supuesto que los Keikos, Toledos y Garcías prefirieron la cámara. Allí ganaron todos: Se olvidaron de Keiko y sus aportes del narcotráfico; de Toledo y los resultados de la comisión que lo investiga en el Congreso; de Alan y la presión porque esclarezca su responsabilidad en los narco indultos; del presidente Ollanta Humala y su rochosa sindicación de sostener lazos con el montesinismo y, claro, El Comercio y La República que seguro aumentaron tiraje y tele audiencia. 

¿Apocalíptico? ¿Perverso? No: Realista. 

Me pregunto de qué libertad de expresión hablamos cuando sabemos muy bien, desde hace mucho, que lo que tenemos en la prensa escrita y en los medios televisivos es cualquier cosa menos periodismo. El Comercio y La República son socios en América TV, los fujimoristas tienen programas en canales de señal abierta, Alan García tiene como empleados a Raúl Vargas y Cayetana Aljovin, de RPP, en su Escuela de Gobierno. Y Ollanta, por sus declaraciones, vuelve a computarse el Velasco del siglo XXI; idiota, Velasco con todo y sus defectos, tenía pantalones, Ollanta es un tremendo sacolargo. Velasco y su atrofiado gobierno revolucionario tenía por lo menos una mística, en Humala la proyección termina en Nadine, sino no la habría designado presidente del partido nacionalista. Necesitaban una cortina de humo, una nueva novela en la que sobren los actores, hoy salió a escena Federico, mañana seguro le toca a Josefina y así hasta que hayan quedado archivadas o postergadas las investigaciones. Si tuviéramos partidos liderados por peruanos intachables otra sería la historia, este sin embargo es nuestro escenario. De nosotros depende seguir como espectadores desde nuestros palcos o trabajar por la baja de esta abyecta clase política.
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Artículo publicado el 5 de enero de 2014.

martes, 31 de diciembre de 2013

Dimas Arrieta y sus Fantasmas del Estadio Nacional

Escribe: Winston Orrillo

A 49 años de sucedida la hecatombe en nuestro primer coloso deportivo, Dimas Arrieta Espinoza (Huancabamba, 1964) la recrea, pero desde un punto de vista sui generis. En efecto, su novela breve “Los fantasmas del Estadio Nacional” (Editorial Summa, 2013), aborda los sucesos del 25 de mayo de 1964, recrea sus infaustos sucesos, desde una perspectiva mágico-religiosa.

Con un estilo que ya va siendo común en él, a partir de sus inicios, hace veinte años (1993), con su “Canto a las Huaringas”, comienzo de un proyecto de homenaje  al mundo mítico y mágico de los curanderos de la sierra piurana (completado con “En el  reino de los guayacundos” (2003) y “El jardín de los encantos” (2008); Dimas Arrieta es un paradigma de escritor joven que brega con la palabra creativa, lo que se traduce en su abundante obra narrativa: en cuento: “Los Majoteros y otras historias gastronómicas” (2010); “La venganza del viringo” (2011), “De cómo una carpeta se convirtió en escalera” (2011). Y, en narrativa de aliento, fue nada menos que finalista en el “Premio Cope Internacional de Novela, 2009”, con su obra “Corazón de viento, bitácora del explorador”.

Catedrático en la Universidad Villarreal, Magíster en Literatura, él es egresado del Doctorado  en Literatura de la UNMSM. Colaborador del Suplemento Variedades del diario El Peruano -donde ejerce la crítica literaria- Dimas es paradigma de hombre dedicado a las letras, todo logrado a puro pulso y con el ejercicio de una impertérrita e indesmayable voluntad, pues su origen y circunstancias lo alejan de las mafias y camarillas literarias realmente existentes. Acaba él, asimismo, de publicar una recopilación de su obra lírica (que comentaremos oportunamente), en conmemoración de los 25 años de la edición de su primer poemario.
La presente narrativa  podría asimilarse a lo que se llama nouvelle, y es una reflexión  sobre los pormenores -una suerte de “balance y perspectivas”- de lo acaecido en aquella fatídica fecha, en tanto en cuanto su proyección ha sido como una suerte de sombra negra para el futuro siniestro del fútbol peruano, que el autor atribuye a la condición supérstite de una mala aura, ocasionada por los varios cientos de muertos de los sucesos de aquel mayo de 1964; todo visto desde la perspectiva de un ojo proveniente de los estratos populares (que son, precisamente, los de su autor). Y, más concretamente, de alguien de la zona norte del país: “De vivir, vivir, no hay como los norteños; creo que nosotros sí sabemos darle ese verdadero sentido: vivir. Mucha gente solo mora, pasa su tiempo sin darse cuenta del verdadero sentido que tiene su destino y su misión en esta Tierra”.
En resumen, la tragedia del Estadio Nacional generó una atmósfera deletérea que ha perseguido a la Selección de fútbol, y que, para el humilde gasfitero Falla, es la que no le ha permitido brillar en el balompié mundial… para acabar con la cual,  se vincula con una morena rezadora, “Mamá Sarita”, que le da una fórmula estrambótica, destinada a exorcizarlo todo.
En fin, la solución, de este modo, no tiene, pues, nada de terrenal y con ello volvemos a un mundo que Dimas Arrieta maneja a la perfección, máxime en esta narración corta que combina tanto el relato situacional, como la perspectiva futura, mientras nos sumergimos en reflexiones como las de la sabiduría popular de la inefable “Mamá Sarita” que podría resumirse en esta frase suya:  “No hay peor demonio que nos domine tanto como el de nuestros propios miedos”.
En la foto 2: Alberto Benavides Ganoza, Dimas Arrieta, Tania Libertad, César Calvo.

martes, 17 de diciembre de 2013

LIMA de Harold Alva


Escribe: Dimas Arrieta Espinoza

Lima (Ediciones ALTAZOR, 2012), es la primera parte del proyecto La épica del desastre. Quedarían pendientes: Post mortem, Los ojos de las estatuas y Las vértebras del fuego. Pero, este libro nos interesa como unidad, como construcción sólida que propone una poética dentro de los asedios de una vida: vívida y vivida. Un edifico poético ensamblado con una estructura de emociones: fracasos, gritos de impotencia, éxito y tristeza.
Con este motivo quisiera revisar brevemente esta propuesta desde cinco categorías: manía, norma, carmen, poiésis, el ritmo. Pues Lima, de Harold Alva, no es un poemario, es un libro lleno de matices que hacen posible un vistazo por el origen de las palabras y el mandato rector de nuestros clásicos.

Manía

La manía para los griegos fue la posesión. La poesía es una manía divina, decía Platón. No es el concepto equivocado que tenemos de esa palabra. Pues el poeta entra en estados de posesión divina cuando revela, desvela, enuncia, codifica, sufre diciendo, revuelve y pone en símbolos lingüísticos lo que palpa y siente la realidad que lo oprime. Por lo tanto, la manía es un estado de conciencia superior ajeno a la pobreza de espíritu en que los seres humanos solemos quedarnos en la rutina. Esta poética de Lima, de Harold Alva, son manías puras, posesiones terrestres y divinas de luces y oscuridad. Pero esta manía que nos revela la dureza de estos tiempos, los días de caos en el transporte y las noticias de muertes y otros males que atacan a la ciudad, son puestos en el filtro de la trascendencia, porque ella dialoga con lo divino, con lo que hay que salvar en esta épica del desastre.


En el primer poema ya está enunciado lo que venimos afirmando: “El lenguaje de estos dedos se escribe sin motivo” Está entonces, la posesión de el verbum, concentrado como logos hecho lenguaje. La posesión del verbo sin control en lo que se dice y enuncia: “Aquí mi voz ya no radica en los dedos o en las plumas de mis alas / Solo está la duda / este silencio / La oscura sensación de un reptil que trepa en lo que escribo.” Esta posesión del verbo se manifiesta en múltiples imágenes, a veces surrealistas, o en determinadas circunstancias se apela al simbolismo, donde no se dice ni se describe, tan solo lo sugiere: “La misma canción que inventamos / para ocultar los cortes / mi estructura de hombre que exige este poema / la muerte como una muchacha fresca” (Pág. 23).


Norma

Es la poesía en griego, se refiere a la creación poética. No es el sentido significativo que le hemos dado en el idioma español, incluso apela a un nombre propio femenino. Tampoco la palabra norma acude a las reglas, a reglamentos que rijan los procesos. Desde el punto de vista de los orígenes de esta palabra la empleamos como una categoría constante en Lima. Los actos creativos, desde y con el logos, permanecen en actitud de rebelar y develar la realidad: “Los habitantes muerden el tráfico Los habitantes patean un cuajo de su sangre como si la noche no importara Como si un cuerpo en el asfalto no importara (…) Aquí el horizonte se quiebra Los postes apagan la luz artificial de sus osamentas pero nadie se da cuenta Nadie observa el movimiento de sus callejones Las súplicas celestes Nadie la cifra mortal de sus nacimientos” (Pág. 25).


Es cierto, Lima es una ciudad de tensiones, como cualquier gran metrópoli donde los problemas sociales coronan sus desgracias. Por eso esta norma-poesía, contiene esa dureza, los conflictos hechos versos que se desangran, no son himnos o loas pacíficas y de veneración a la ciudad, sino conmovedoras imágenes en ásperos versos. La ciudad es un bosque de peligros que no entran en la ficción, son más fuertes que ella.
Este libro es eso: un bosque de imágenes donde los alaridos de las palabras son animales sonoros hambrientos de trascendencia. Pero es una poética distinta a las anteriores que han cantado a Lima, tanto los poetas de la promoción de 60, como en los años 70. Es una norma distinta, una creación que tiene que ver con la orfebrería del lenguaje: “Lima debe ser la persecución de la lluvia Ese ritmo raro El propio vapor impregnado en las ventanas Su olor de alcantarilla clavándose como sonda en tus narices En tu mirada de náufrago absorto entre sus calles Inmóvil ante la vulva gigante de sus calles” (Pág. 39).
La movilidad textual en cada poema va abriendo nuevos espacios, sobresalen los lugares porque se persigue una geografía verbal. Calles que responden a viejos y nuevos movimientos, avenidas, parques y distritos que configuran varias ciudades en una sola. Lima es muchas ciudades y alberga a tantos peruanos de regiones distantes como de culturas distintas. Los textos de este libro tratan de dar estos significados.

Carmen

El significado de esta palabra en latín es poesía, pero es el producto, el contenido y los sentidos de significación de los textos poéticos. Es la misma escritura poética que fija a la poesía. Con esta categoría designamos a toda la unidad temática que abraza Lima de Harold Alva. Un libro unitario, perseguidor de lugares y personajes que reposan en un producto poético, en su carmen, cuyos epicentros tienen su sintonía verbal en lo que pasa y acontece en esta gran metrópoli. No hay otros escenarios discursivos, en su temática, mas que el que concierne a Lima.
La construcción textual, como producto, está inmejorablemente diseñada como textos en prosa que sugieren ser pequeños monólogos. Además, cada poema está antecedido por una antesala, por su carmen, por su producto poético. Entonces, como carmen se ha conseguido un producto distinto a los anteriores libros que han sido dedicados a Lima, temas frescos y recientes son presentados en este campo de referencia que tiene cada poema.
Se sienten instancias épicas, luego alientos líricos, todo en una intimidad pasional de amores y desamores. Sensibilidades que llegan a bordes extremos, pero no extremistas. Se siente el rubor y el rumor de la noche, los silencios y los laberintos de una ciudad que no duerme.
Por supuesto, el lenguaje es el gran protagonista, como debe ser en la poesía. “Ese rumor de sílaba que increpa a mi lengua por un verso Ese paisaje que incendia el prado Que tímidamente intenta distraerte para que sigas allí Para que leas el agua de esta sombra que aparece en tu pantalla Esa luz que acecha como una nube que se posa en la fuente intacta de tus dientes Tus ojos que todavía me sorprenden Que aún permiten este sobresalto de formas y de aire Nadie está aquí y sin embargo es como si todos me rodearan para dictarme estas palabras” (Pág. 71). Lineamientos de cofradía y veneración por los actos de buscar un nuevo lenguaje, una poesía con otra forma de decir las cosas. Preocupación que asedia a los poetas modernos después de la explosión vanguardista.  

Poiésis

Esta palabra o categoría siempre ha estado ligada a la poesía, ha sido traducida como creación poética. Viene del latín que significa actividad que hace la norma, es decir, la creación poética. Entonces, la poiésis es la misma acción del verbo hecho poesía. Una actividad que fluye como identidad y presencia del logos hecho lenguaje. Entonces, Lima, de Harold Alva, ya es una poiésis, esta Lima es una propuesta verbal, una ciudad de palabras donde los que habitamos en esta gran capital nos reconocemos, nos encontramos, palpamos y sentimos sus gritos, su angustia, su caos, sus tensiones sociales, sus huelgas, su fetidez y su extremismo. Pero la amamos, somos ella y parte de las tradiciones y costumbres que asumirán nuestros hijos.
Cada poema es una calle, un lugar neurálgico y conflictivo. Pero allí pululan no solo los sinsabores, sino las felicidades, los reencuentros, con lenguaje propio y original. Este libro es un confesionario de lo que duele esta ciudad, de lo que se ama en esa intimidad llamada mujer: “Soy quien siempre se equivoca El mismo lobo La máquina de aniquilamiento El de los acertijos El de las inútiles coincidencias La máscara de tierra sobre la que germinan simulacros El coyote de la Aviación El sujeto que escribe mientras Lima duerme y la tristeza regresa como el roedor que nos escupe y rasga nuestras osamentas Soy quien siempre se equivoca La bestia nocturna El pájaro que agita las alas para confirmar que el aire apesta Que la ciudad hiede y su veneno  aún nos alimenta ¿Duermes? Soy quien siempre se equivoca El tipo con requisitorias La pésima influencia” (Pág. 81).  

El Ritmo

Es lo que hace referencia continua a la norma, es decir, a la misma creación poética. La vieja poesía, la poesía popular y culta, ha estado, tiene y debe tener siempre como ingrediente el ritmo. Es una música que en el plano de la expresión han impuesto los poetas parnasianos franceses y el Modernismo americano, con mayor explicites y maestría. Mientras que la música de las ideas también ha estado presente en la poesía, con los Simbolistas franceses y en el mundo hispánico con nuestro pionero José María Eguren.
En este libro de Harold Alva encontramos un ritmo de acuerdo a las necesidades del texto. La exigencia de la música es necesaria en la poesía.
Lima, de Harold Alva es una ciudad sonora verbal, pero también hay música en los silencios de las calles que no menciona. Un libro que no está al servicio caprichoso de cantar a una ciudad por compromiso, sino es un canto necesario de identificación donde la ciudad sencillamente son los hombres que la habitan. Un ser humano habla y al cantar humaniza a la ciudad.


La rabia se inocula
                        Como el grito suspendido de una cobra
Lima de noche con mis manos en su espalda
Y un extraño rumor de vidrios destrozados contra el ojo
Contra mi frente de cíclope
                        Extraviado entre los autos
Su inconsistencia para sostener
El incendio de otras cicatrices
En los muros donde gárgolas invaden
El cementerio de mis pájaros
O la hacinada cueva donde habita el roedor de la nostalgia
Su trompa de metal
            Que se abre como la puerta del metropolitano
Cuando cruza Lampa
                        Voltea por Emancipación
Y la ciudad se eriza
Y la ciudad se levanta
Y Lima tartamudea un himno que la proyecta
                        Sobre un muro de quejas
Y la rabia crece
Y nadie tiene el poder para difuminar la espuma de mi boca
Su antídoto de historia
La frente sin laureles
                        De las estatuas posmodernas
Sé que hay una ventana:
Un vitral en el que otros ojos se inyectan contra el cielo de otra tribu
De otra civilización que nada tiene que ver
Con las marcas putrefactas de estos muertos
Otra lengua
Otro código que interpreta
                        Las flechas de mis manos
Sus líneas como quipus
O la rabia:
Su nieve en la cresta de mis puños
Los pilares del tren
                        La bestia que cruza sus entrañas
Los corredores viales que unifican su tragedia
El color seco de su sangre
Mis brazos clavados como huesos
Agitándose como una bandera
Que nada tiene que ver con la historia de su patria
La voz despedazándose
Y el cráneo sembrado sobre un poste
A la merced de un cóndor
Que sabe que sólo habitan tinieblas en mis ojos
Lima es una hiedra
Su trompa se abre como el insomnio de un loco
Que intercede por sus fantasmas
                        Y no hay lugar
No hay casa
            No hay espacio inhabitado
Sólo la lluvia
                     Quebrándome 
                                              Luciferina
                                              Vertical 
                                                    Solitaria.